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jueves, 6 de febrero de 2020

Don Francisco de Sandoval, el rey sin corona

Llevo un rato sentado en las primeras filas de la capilla, abstraído, en silencio, admirando las soberbias esculturas de bronce sobredorado cuando una voz joven de mujer me devuelve a la realidad. Entra acompañada de  su familia, un padre pendiente en aquel momento de atender algo en su teléfono, y dos pequeños cuyas edades calculo entre los ocho y los diez años. La madre se dirige a ellos para recordarles en voz baja, firme pero cansada, con ese cansancio de quien ha repetido esa letanía una y mil veces: “ya os lo he dicho, no toquéis nada, no corráis”. No parece, sin embargo, muy convencida. Al fondo de la sala deja de oírse repentinamente el susurro de la conversación de las dos vigilantes, sospecho que alertadas por las palabras de la madre.

De repente el niño se para y, señalando con el dedo hacia la figura orante, dice: “¡mamá, mamá, un rey!”. Su hermana se acerca hacia la estatua y le corrige, con ese tono inconfundible de hermana mayor, arrastrando las sílabas: «¡no, no es un rey! ¡no ves que no lleva corona!, ¡y ella tampoco!», añade girándose hacia la escultura de la dama en idéntica postura. La madre se acerca hacia uno de los rótulos de la pared, casi ocultos, y sentencia: «tiene razón tu hermana, no es un rey, son los Duques de Lerma». La niña sonríe satisfecha y el chaval, contrariado, insiste: «¡pues parece un rey!». El resto de la sala no parece despertar su interés y salen enseguida. El padre ni se inmuta, sigue a lo suyo.

POMPEO LEONI. D. Francisco de Sandoval, I Duque de Lerma. Detalle del monumento funerario de los Duques de Lerma, 1601-1608. Museo Nacional de Escultura, Valladolid. Fot. Gonzalo Durán

Sigo toda la escena desde mi lugar, y no puedo evitar dejar escapar una sonrisa al escuchar las últimas palabras. Estoy seguro que D. Francisco de Sandoval y Rojas, I Duque de Lerma, valido del rey Felipe III, al que llamaban el Piadoso, se sentirá orgulloso allí donde esté que como buen creyente que era seguramente será en los infiernos donde arden los pecadores, al comprobar que su monumento funerario causa el efecto deseado. Quizá algún día alguien podrá explicar a estos niños que aquel Duque persiguió dos objetivos a lo largo de su vida, el poder y el enriquecimiento personal y familiar, y que consiguió ambas cosas. Se convirtió en el hombre más poderoso en la España de su tiempo, el auténtico rey aunque sin corona, «segundo sol que alumbra España», llegaron a decir de él; también en uno de los más ricos, y a sus numerosos títulos aristocráticos bien hubiera podido añadir otro, el de Príncipe de la Corrupción, probablemente el más merecido.  Pero bueno, vayamos por partes.

De la incapacidad para el gobierno de Felipe III ya era consciente su padre Felipe II, el Rey Prudente, quien llegó a decir: «Dios, que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos». Y así fue, y de aquello supo aprovecharse el ambicioso D. Francisco de Sandoval y Rojas, que creció en la corte junto al joven príncipe cuando aún se le conocía por el Marqués de Denia, y se ganó su confianza y amistad hasta convertirse en su valido cuando llegó al trono. No fue el primero, pero nunca antes ningún otro había reunido tanto poder. Los historiadores han sido implacables a la hora de juzgar el reinado y los protagonistas. Domínguez Ortiz, por ejemplo, generalmente contenido, no duda en calificar a Felipe III de «soberano inepto»,  para añadir que «debe ser contado como el más inútil y nefasto de los monarcas austríacos». Aficionado al juego y a la caza, para J. Lynch Felipe III es «el rey más vago de la historia de España». Lo mismo puede decirse de Lerma, escribe Tomás y Valiente, ya que si el monarca carecía de ideas, tampoco las tenía el Duque, y si el monarca se había dedicado a la búsqueda de los placeres, nada indicaba que Lerma no hubiese hecho lo mismo. La gravedad de estos juicios no se quedan sólo ahí, en el plano personal, porque aquel comportamiento favoreció y alentó la corrupción hasta niveles inasumibles incluso para los cargos públicos del Antiguo Régimen, que se «aproximaban mucho a esos políticos que en la actualidad no dudaríamos en calificar de “chorizos”», como escribe A. Feros.

POMPEO LEONI. Doña Catalina de la Cerda, I Duquesa de Lerma. Detalle del monumento funerario de los Duques de Lerma, 1601-1608. Museo Nacional de Escultura, Valladolid. Fot. Gonzalo Durán

Estaba tan extendida la corrupción que dio para escribir un libro elocuentemente titulado El arte de furtar, escrito en 1652 por Manuel da Costa, un jesuita portugués, que no se atrevió a publicarlo entonces y hubo de esperarse hasta 1743. Allí hace un repaso de todas las formas de furtar, término que hace extensivo a cualquier comportamiento que moralmente pueda parecerle censurable. Aunque, sin duda, la obra más completa sobre la corrupción y los abusos de poder del Duque de Lerma y el círculo de sus allegados, son las Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España desde 1599 hasta 1614, del cronista Luis Cabrera de Córdoba.

Los beneficios y cargos que obtuvieron Lerma y sus amigos del ejercicio corrupto  del poder darían para llenar varias páginas, apunta Domínguez Ortiz. No disponemos de tanto espacio aquí, así que vamos a referirnos al escándalo más sonado, cuando consiguió convencer al rey en 1601 para que trasladara la corte de Madrid a Valladolid, un auténtico pelotazo especulativo, utilizando un lenguaje actual, hábilmente preparado por el valido. Desde un año antes había empezado a acumular propiedades en la ciudad castellana, a veces forzando a vender a sus propietarios, como pudo ser el caso del palacio del Marqués de Camarasa. Después, con el pretexto de alejar a Felipe III de la influencia de su tía y abuela la emperatriz María de Austria, le convenció para trasladar la capital a Valladolid. El traslado provocó el efecto deseado por el Duque, los precios de solares y viviendas subieron desorbitada y repentinamente, lo que le proporcionó pingües beneficios. Al propio rey le vendió por 186.393 ducados el palacio Camarasa, por el que un año antes había pagado el duque tan sólo 80.000 ducados. Pero la jugada todavía no estaba completa. En Madrid ocurrió todo lo contrario, la salida de la corte supuso una depreciación de la vivienda, y ¿qué hizo el Duque? Exacto, aprovechó para comprar propiedades a precio de saldo; luego negoció con las autoridades madrileñas el retorno de la Corte a la ciudad en 1606, previo pago de 250.000 ducados para la Corona y la correspondiente mordida del Duque; los precios en Madrid volvieron a subir, y el Duque ganó una fortuna. Fue así como se convirtió en el hombre más rico del reino.

A la vez que labraba su fortuna, el Duque construye una imagen iconográfica de exaltación de su persona cada vez más ambiciosa y descarada, apropiándose de la iconografía tradicionalmente reservada a los monarcas hasta conseguir parecer él mismo uno de ellos. Para conseguirlo se valió de los artistas más brillantes del momento. Coincidiendo con la llegada de la corte a Valladolid, convence a Pompeo Leoni para que se traslade allí para labrar las estatuas de su monumento funerario y el de su esposa en la iglesia de San Pablo. El Duque, que no daba puntada sin hilo, no eligió a Leoni únicamente por su extraordinaria capacidad artística, sino porque unos años antes había sido el artífice de las suntuosas efigies de la familia del emperador Carlos para el panteón de El Escorial, cuyo modelo le sirvió de inspiración para hacer ahora estas otras. No pareció importarle los problemas que el milanés había tenido anteriormente con el Santo Oficio, que le encerró un año en un monasterio acusado de ideas luteranas. Claro, que tampoco lo fue para el propio inquisidor general que le encausó, Fernando de Valdés, que terminaría encargándole su propio sepulcro.

PEDRO PABLO RUBENS. Retrato ecuestre del Duque de Lerma, 1603.
Museo del Prado, Madrid. Fot. wikipedia

El resultado es soberbio. Las esculturas están realizadas en bronce sobredorado, lo que ya  constituye en sí mismo una excepcionalidad en la escultura española. Las figuras, de tamaño natural, aparecen devotamente arrodilladas, en actitud orante y grave, confrontadas una a la otra. El trabajo de Leoni y sus colaboradores, entre los que estaba el orfebre Juan de Arfe, es realmente primoroso, resulta admirable el tratamiento de las cabezas, no exentas de idealización, evidente en el caso del Duque ya que evita recordarnos su estrabismo, del que existe constancia documental. Destaca igualmente el tratamiento preciosista de las ricas vestiduras y joyas que portan, elementos que se configuran determinantes para subrayar la importancia de sus personas. El Duque, viste armadura de gala cubierta por el manto ducal forrado de armiños. Dª Catalina de la Cerda, conforme al ilustre abolengo que le correspondía como hija del Duque de Medinaceli no le iba a la zaga y luce igualmente joyas, manto con colas de armiño y un elegante tocado. Son exactamente imágenes a imitación del rey.

Ese mismo año, el Duque se hace retratar por Pantoja de la Cruz, y nuevamente opta por una representación propia de un rey. En esta ocasión el modelo a imitar será el retrato de Felipe II por Tiziano, en el que el italiano se había esforzado especialmente en exaltar la dignidad del aún príncipe, hasta tal punto que se convirtió en el modelo de representación áulica durante el siglo siguiente. En esta ocasión, sin embargo, sí que se aprecia el estrabismo del Duque.

Seguro y confiado de su poder, Lerma da un paso más, y encarga el retrato por el que más se le recuerda. Será también su apuesta más arriesgada, porque hasta entonces el retrato ecuestre, con su capacidad evocadora de la Antigüedad clásica, era un género tradicionalmente reservado para la realeza. En 1603 llega a Madrid Rubens, encabezando una delegación diplomática del Duque de Mantua, a cuyo servicio como pintor de corte se encontraba entonces el pintor flamenco. Su trabajo aún no era muy conocido en España, pero tras ver el retrato que pinta de Felipe III, el Duque de Lerma le encarga el soberbio retrato ecuestre que hoy puede admirarse en El Prado. Las enormes dimensiones del óleo y el punto de vista bajo le hacen parecer, con su armadura de guerrero, un auténtico gigante a lomos de un formidable corcel napolitano. La posición en escorzo es todo un acierto, intensifica la sensación de movimiento. El resultado es espectacular, aunque el pintor se lamentara años después del abuso cromático de azules y platas, y de su pincelada, aún muy dibujada.

Lerma se mantuvo en el poder hasta 1618, cuando los escándalos propios y los de su círculo más cercano, unido a las ambiciones políticas de sus rivales su propio hijo el Duque de Uceda entre ellos, le hicieron caer. Su mano derecha, D. Rodrigo de Calderón terminó ajusticiado en la horca en Madrid, y Lerma evitó su procesamiento cuando consiguió que le hicieran cardenal, beneficiándose así de la inmunidad eclesiástica. Con razón se cantaba por Madrid: «Por no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado». Terminó sus días alejado de la corte, sus rentas y bienes embargadas por orden del Conde-Duque de Olivares, y recluido en sus posesiones de Valladolid y de la villa de Lerma.


Este artículo se publicó en CaoCultura el 25 de mayo de 2018

martes, 4 de noviembre de 2014

Peter Paul Rubens, arquitecto (y 5ª parte): La entrada triunfal en Amberes del Cardenal Infante don Fernando

P.P. RUBENS. Cardenal Infante don Fernando de Austria
en la batalla de Nordlingen
(1634-35).
Madrid, Museo de El Prado
          Tras la muerte de la infanta Isabel Clara Eugenia sin herederos, el 1 de diciembre de 1633, en el palacio real de Coudenberg, en Bruselas, el gobierno del territorio revirtió nuevamente en la corona española. Felipe IV nombró como gobernador a su hermano, el Cardenal-Infante don Fernando. Su llegada a los Países Bajos vino precedido por su triunfo en la batalla de Nordlingen, y se vio acompañada por una serie de entradas públicas de carácter triunfal en algunas ciudades flamencas, entre las que destacan las de Gante y Amberes.

Los orígenes de estas ceremonias en los que un personaje de gran importancia, no necesariamente un rey, ingresa en una ciudad, hay que buscarlos en las ceremonias romanas del triumphus. Se hicieron muy frecuentes durante el Renacimiento, aunque las cotas más altas de espectacularidad se alcanzaron durante el Barroco. Cuando se consolida el discurso del origen divino del poder real, la fiesta se pondrá al servicio de esta idea, haciéndose más efectista, apoteósica y sorprendente.

Las ciudades construían numerosos arcos de triunfo, arquitecturas y esculturas efímeras, condenadas a desaparecer después del desfile, aunque llegaron a influir en las transformaciones de las ciudades, porque a veces ese espacio urbano creado para una entrada triunfal se consolida como espacio de poder durante siglos. Es lo que ocurrió por ejemplo en lo que hoy es el Paseo del Prado, en Madrid, que tiene su origen en la entrada triunfal que se preparó para recibir en 1570 a la reina Ana de Austria. Como escribe Cámara: “Vista, oído y olfato fueron los sentidos que más apreciarían los espacios imaginarios creados por los artistas en las Fiestas. En ellas los tejidos, las pinturas, las luces o las arquitecturas efímeras entraban por los ojos, los oídos percibían la música, las flores y las hierbas olorosas perfumaban los recorridos…, todo se conjugaba para convertir la ciudad en un espacio de maravilla”.

P.P. RUBENS. Arco de triunfo de Fernando (reverso).
San Petersburgo, Museo del Hermitage
De la importancia concedida a este tipo de ceremonias y aparatos efímeros, nos pueden dar una idea los nombres de los artistas que se encargaron de algunas de ellas. En Venecia, en 1574, Tintoretto y Veronés colaboraron para decorar el arco y la logia diseñados por Palladio para la entrada de Enrique III; en Inglaterra, en 1533, Holbein preparó la entrada en Londres de Ana Bolena para su coronación; Leonardo da Vinci en Milán y luego en la corte francesa; Alberto Durero y Albrecht Aldorfer en Alemania, para el emperador Maximiliano I; el arquitecto Iñigo Jones en Inglaterra, en varias ceremonias de los reyes Estuardo; y una lista interminable.

En el caso de la entrada triunfal en Amberes del Cardenal Infante, la ciudad hizo construir las decoraciones más importantes de su tiempo. La dirección del proyecto recayó en el burgomaestre Rockox, en el secretario municipal Jan Caspar Gevaerts y en Rubens. Los dos primeros se encargaron del programa de festejos y Rubens de la decoración artística. A pesar de su carácter efímero, conocemos cómo fueron los diseños de los cinco arcos triunfales de más de veintidos metros de altura que realizó, los cuatro escenarios y un pórtico. Además de algunos de los bocetos del propio Rubens que se conservan en diferentes museos, han llegado hasta nosotros porque se encargó a varios artistas encabezados por Theodor van Thulden, que pasaran a grabado los diseños de Rubens, y posteriormente fueron impresos en un libro conmemorativo bajo el título de Pompa Introitus Ferdinandi.

P.P. RUBENS. Arco de triunfo de Fernando (anverso).
Amberes, Rubenshuis
 
El programa desarrollado por Rubens, y en el que contó con colaboradores como Jordaens, Jan Van der Hoecke y Theodoor van Thulden,  fue el habitual en estos casos. Por una parte, contribuye a la exaltación dinástica de la Casa de Austria, representando a todos los monarcas de la familia, desde Rodolfo I. La legitimidad de la continuidad dinástica se refleja en un arco donde puede verse a su antecesora, la Infanta Isabel Clara Eugenia, contemplando desde el cielo como el rey nombra gobernador a su hermano. Se exalta igualmente la figura del propio gobernador, al relatar su historia personal destacando como punto culminante la victoria de Nordlingen. También nos ofrece un modelo de conducta personal, por ejemplo, destacando su sabiduría al  situar la figura de Fernando bajo la de Hércules, resistiendo las tentaciones de Venus y Baco para ejercer la virtud bajo el dictado de Minerva. Por último, aprovecha para recordar la situación de la ciudad, empobrecida por las guerras, que la habían sumido en la decadencia comercial y económica, de la que esperaba resurgir bajo el gobierno de Fernando, aunque finalmente no ocurrió. En este sentido, Strong considera la Pompa Introitus de Rubens como “el triste final de una vigorosa tradición, el último vestigio de la creencia que una entrada era un diálogo entre gobernante y gobernados, entre el príncipe y las clases burguesas. En la era del absolutismo que había surgido en otros lugares de Europa, el diálogo se había desvanecido”.

Desde el punto de vista del tratamiento artístico, Blunt descubre en los diseños de Rubens las influencias italianas ya mencionadas anteriormente, es decir, el radicalismo manierista del último Miguel Ángel, pero con una audacia mayor que le acerca a un barroquismo pleno, sin parangón en la arquitectura de esos años, y mucho menos en el momento en que Rubens estuvo en Roma. La profunda curvatura del Pórtico de los Emperadores, señala Blunt como ejemplo, es muy avanzada para su tiempo, y viene a realizarla justo en el momento en que se están introduciendo esos planos en algunas iglesias romanas, como  hace Borromini en San Carlos de las Cuatro Fuentes y Pietro da Cortona en la de San Lucas y Santa Martina. De todo ello cabe deducir cómo Rubens se mantuvo pendiente y atento al devenir de la arquitectura de su tiempo.

Bibliografía
  • BELLORI, G.P. (2005): Vidas de pintores. [Ed., intr. y notas MORÁN TURINA, M.]. Madrid: Ed. Akal
  • BLUNT, A. (1997): «Rubens and Architecture»The Burlington Magazine, pp. 609-621
  • CALOSSE, J.A. (2011): Rubens. Parkstone International
  • CÁMARA MUÑOZ, A.; GARCÍA MELERO, J.E.; URQUÍZAR HERRERA, A. (2010): Arte y poder en la Edad Moderna. Madrid: Ed. Universitaria Ramón Areces
  • CHECA, F.; MORÁN TURINA, M. (2001): El Barroco. Madrid: Ed. Istmo
  • CHIVA BELTRÁN, J. (2001): «Triunfos de la Casa de Austria: entradas reales en la Corte de Madrid». Potestas. Grupo Europeo de Investigación Histórica, 4, pp. 211-228
  • DÍAZ PADRÓN, M. (2010): «Religión y devoción de Van Dyck en el coleccionismo español del siglo XVII». Anales de Historia del Arte, 20, pp. 125-144
  • ECHEVARRÍA, M.A. (1998): Flandes y la monarquía hispánica, 1500-1713. Madrid: Ed. Sílex
  • O'MALLEY, J.W. y OTROS (2006): The Jesuits II: cultures, sciences and the arts, 1540-1773. Toronto: University of Toronto Press
  • STRONG, R. (1984): Art and Power: Renaissance Festivals, 1450-1650. Berkeley: University of California Press
  • VAN BENEDEN (2010): Maison Rubens. Les temps forts. Amberes: Rubenshuis
  • VARSHAVSKAYA, M.; EGOROVA, X. (2013): Peter Paul Rubens. Londres: Ed. Siroco
  • VLIEGHE, H. (1998): Flemish Art and Architecture 1585-1700. Yale University Press

martes, 14 de octubre de 2014

Peter Paul Rubens, arquitecto (4ª parte): la iglesia de los jesuitas en Amberes


PIETER HUYSSENS. Iglesia de San Carlos Borromeo
(antes San Ignacio) (1615-21), Amberes.
Blunt y Ottenheym piensan que la mayor parte de las
propuestas de esta fachada son de Rubens
              En 1598 Felipe II transfirió el gobierno de los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia y su esposo el archiduque Alberto de Austria. De este modo pretendía resolver la insurrección del territorio contra la monarquía española. Las condiciones más sustanciales del acta de cesión tocaban a la sucesión: los hijos que tuviese la pareja heredarían el territorio, pero no podrían casarse sin el consentimiento de España, y en caso de no haber descendencia, Flandes y Borgoña revertirían a la corona. Jurídicamente los Países Bajos serán un estado unido a España por unión personal pero conservando una existencia propia. Bajo el gobierno de los nuevos soberanos Flandes se convirtió en uno de los baluartes más sólidos en la lucha que mantuvo la monarquía española a lo largo de todo el siglo XVII contra el protestantismo. Para ello contaron con el apoyo inestimable de los jesuitas, a quienes confiaron la defensa del catolicismo y la propagación de los principios del Concilio de Trento.

                Cuando la Compañía de Jesús proyectó en 1615 la construcción en Amberes de una iglesia consagrada al fundador de la orden,  Ignacio  de Loyola, este aún era un beato, por lo que se escoge a Nuestra Señora como patrona del templo. Al año siguiente se produjo la canonización del santo español, y la iglesia pasó a conocerse como San Ignacio. En aquel tiempo Rubens se encontraba en la cima de su proyección artística, y además mantenía una estrecha amistad con François d’Aguilon, el superior de la orden, por lo que resultó casi natural que los jesuitas pensaran en él para la decoración de la iglesia. Le encargaron la pintura de treinta y nueve lienzos que se colocarían en los techos de las naves laterales, que lamentablemente se perdieron el 18 de julio de 1718, cuando la iglesia sufrió un incendio por la caída de un rayo. En aquel trabajo Rubens hizo participar a su discípulo más aventajado, Anton van Dyck. Juntos desarrollaron un programa que confrontaba el Viejo y el Nuevo Testamento con la defensa de los sacramentos, haciendo gala de un sentido desbordante de la decoración, que contrastaba de manera notable con la austeridad de las iglesias protestantes. La suntuosidad del templo era tan grande que incluso desde Roma se consideró excesivo.

P. P. RUBENS y J. BRUEGHEL EL VIEJO. La Infanta Isabel Clara Eugenia (1615). Madrid, M. del Prado

                Por todo ello, la iglesia de San Ignacio (o San Carlos Borromeo que es como se conoce actualmente), está considerada como una de las obras más importantes del arte de la Contrarreforma en el norte de Europa. Aparte de introducir un nuevo vocabulario artístico y arquitectónico, la iglesia también presenta una concepción novedosa del espacio sagrado que refleja las actividades pastorales y litúrgicas de los jesuitas. Como señala O’Malley, mientras que los párrocos católicos ejercían su ministerio entre sus congregaciones, los jesuitas salían fuera de ellas, convirtiendo a los herejes y concienciando a los católicos no practicantes.

                No parece haber duda en que el diseño general de la iglesia es obra del jesuita Pieter Huyssens, uno de los arquitectos barrocos más importantes de Flandes, a quien se designa como arquitectus en la documentación histórica. Sin embargo, Blunt, uno de los historiadores que más ha profundizado en los trabajos arquitectónicos de Rubens, sostiene que, dado que el pintor era el responsable de toda la decoración y conociendo la íntima amistad que mantenía con el superior, resulta difícil imaginar que no estuviera involucrado igualmente en la decoración arquitectónica. Así que no duda en calificar a la iglesia de los jesuitas en Amberes como el proyecto arquitectónico más importante con el que estuvo Rubens relacionado, y añade que “muchos dibujos de los detalles del edificio son parcial o completamente de su mano, y las principales características del edificio se ajustan más a su estilo arquitectónico que al de Huyssens”.

PIETER HUYSSENS. Iglesia de San Carlos Borromeo
(antes San Ignacio) (1615-21), Amberes.
Nave central. Para Blunt, las arcadas y las bóvedas
son idea de Rubens
                El interior de la iglesia, refleja el espíritu singular de la orden al que nos referíamos hace un momento.  Una amplia y espaciosa nave concebida para recibir una muchedumbre de fieles y la ausencia de coro, para que no haya distancia entre estos y los sacerdotes. Arquitectónicamente destaca por las arcadas superpuestas y el audaz diseño de las bóvedas de cañón, dos rasgos que proceden de Italia, donde nunca había estado antes Huyssens, ya que no viajó allí hasta 1626, cinco años después de haberse concluido San Carlos. Estos dos elementos supusieron una solución novedosa que no volvió a repetirse en Flandes. Respecto a las arcadas, para Blunt no hay dudas, son de Rubens. El mismo sistema aparece en uno de los grabados de Palazzi di Genova, y seguro que tuvo ocasión de ver él mismo un magnífico ejemplo de su empleo en Génova, en el patio del Palacio Doria-Tursi, actualmente ayuntamiento de la ciudad. En cuanto a las bóvedas, el único dibujo completo que se conoce es de Huyssens, aunque Blunt considera bastante probable que fuera Rubens quien lo sugirió, ya que los motivos decorativos están tomados de San Pedro en Roma.

                También parece segura la autoría de Rubens de la decoración de la capilla de la Virgen, ya que se conserva un dibujo de su propia mano de la bóveda de piedra, y su participación en el altar mayor, del que hay también otro dibujo.

PIETER HUYSSENS. Iglesia de San Carlos Borromeo
(antes San Ignacio) (1615-21), Amberes. Det. fachada
El frontón curvo sobre la puerta está tomado de la
Chiesa Nuova de Roma, para la que Rubens trabajó
durante su estancia en Italia
El modelo de la fachada, con algunas diferencias, se inspira directamente en el primer diseño que hizo Jacopo Vignola para la iglesia del Gesú, en Roma, la iglesia matriz de la orden, que como es sabido fue modificado en su ejecución final por Giacomo della Porta. Las principales diferencias entre una y otra podemos resumirlas en dos. La primera está en las proporciones, más anchas y pesadas en San Carlos, un efecto que se potencia con la adición de las torres. La segunda, en la rica decoración escultórica que la cubre, ajena a los constructores romanos. Para Blunt, las numerosas influencias italianas de su diseño arquitectónico apuntan directamente a Rubens, por lo que sugiere que su trabajo no debió limitarse únicamente a la decoración escultórica sino al propio diseño arquitectónico. De la misma opinión es Ottenheym, uno de los grandes estudiosos de la obra de Huyssens, quien piensa que fue Rubens quien proveyó al arquitecto de la mayor parte de las ideas modernas para aplicar las reglas de la antigüedad clásica. En este sentido recuerda los profundos conocimientos de arquitectura que demuestra Rubens cuando en 1639 Constantijn Huygens, secretario del Príncipe de Orange, recaba su opinión sobre su nueva casa en La Haya. Rubens le hace notar que la fachada es demasiado simple y que el añadido de semipilastras y una cornisa más marcada le  habrían dado mayor dignidad y relieve a toda la fachada, llamando justamente la atención sobre los elementos que dan fuerza y profundidad a la fachada de San Carlos, y que Rubens asociaba con el ideal de dignidad que debían tener una iglesia.


Entre los elementos que llaman la atención del templo destaca el frontón curvo que se coloca sobre la puerta principal. El uso de este elemento sobre ventanas era habitual, pero no en esta posición y en esta escala. Esa idea había sido empleado unos años antes en Roma por Fausto Rughesi, para la fachada de la Chiesa Nuova (Santa María in Vallicella). Rubens conocía perfectamente esta iglesia, ya que justamente cuando se estaba construyendo su fachada, en 1605, él mismo estaba trabajando en ella realizando las pinturas que pueden verse alrededor del altar, y que constituyen uno de los trabajos más importantes de sus inicios.

(CONTINUARÁ)

lunes, 29 de septiembre de 2014

Peter Paul Rubens, arquitecto (3ª parte): Rubenshuis, la casa de Rubens en Amberes

P.P. RUBENS. Autorretrato con Isabella Brant (1609-10)
Alte Pinakothek, Munich
Rubens vuelve a Amberes a finales de 1608, al tener conocimiento de la enfermedad de su madre, que fallece antes de la llegada del pintor. Su regreso coincide con la firma de la Tregua de los Doce Años unos meses después, y el inicio de un período de paz para la monarquía española en sus territorios de los Países Bajos. Este acontecimiento inesperado hizo variar sus planes iniciales de regresar a Italia, ya que la firma del tratado permitió abrir en la región un proyecto de reconstrucción del que Rubens supo sacar provecho, recibiendo numerosos encargos para la decoración de iglesias, casas y palacios de la burguesía. Su vínculo con la ciudad se consolida todavía más cuando el 3 de octubre de 1609 contrae matrimonio con Isabella Brant, una joven de dieciocho años hija de Jan Brant, uno de los hombres más ricos y cultos de la ciudad. Para celebrarlo, el propio Rubens pintó un retrato de ambos en el que se muestran elegantemente vestidos, cogidos de la mano. Una enorme madreselva, símbolo del amor eterno,  sirve de fondo y complementa la estampa de una pareja feliz y enamorada.

Su ascenso social y su carrera artística se muestran imparables, cobrando por sus pinturas unas cifras inalcanzables para el resto de pintores. En 1610 la pareja compra una casa con terreno en el Wapper, una de las zonas más elegantes de la ciudad. Entre 1616 y 1621, Rubens transformó aquella vivienda en un palacio italiano, diseñando él mismo los planos y poniendo en práctica todo lo aprendido de la arquitectura italiana. A la vivienda original, añade una galería semicircular de estatuas, un estudio, un pórtico inspirado en los arcos de triunfo, una hermosa fachada en el patio, una logia y un bello jardín. Además, la vivienda disponía de un espacioso taller donde trabajaba el maestro con sus ayudantes, una amplia biblioteca y una sala donde guardaba sus colecciones de arte. La Rubenshuis encarna sus ideales artísticos, que podemos resumir en el amor por la antigüedad clásica y el renacimiento italiano. La casa, que no se parece a ninguna de la ciudad, “suscita la atención de los extranjeros y la admiración de los viajeros”, escribe el secretario municipal de Amberes en 1620.

P.P. RUBENS. Rubenshuis (1616-21). Amberes
Fachada de la vivienda al jardín
Las columnas rústicas y la logia que construyó en el jardín de su casa en Amberes, sugieren el conocimiento por parte de Rubens tanto de las construcciones de Vignola, como las puertas del Palazzo Bocchi, en Bolonia, y la Villa Giulia, en Roma. Estas ideas, es verdad, también pudo haberlas tomado perfectamente del tratado de Serlio, de hecho la logia de la Rubenhuis está basada sobre la serliana, el célebre motivo popularizado por el arquitecto romano, sin embargo, Blunt opina que el diseño de Rubens está más próximo al de Vignola que al de Serlio.

                Para el magnífico pórtico Rubens tomó como referencia un arco de triunfo romano, aunque la idea del vano central, con sus esquinas recortadas, de inspiración manierista, está tomado de la Porta Pía de Miguel Ángel, en Roma. En su decoración, incluyó toda suerte de motivos clásicos, así como citas de autores como Juvenal sobre la vanidad de las aspiraciones humanas, que muestran su concepción neoestóica de la vida, en línea con buena parte de los humanistas flamencos con los que se relacionaba Rubens, como Justo Lipsio, Ludovicus Nonnius o Gaspar Gevaerts. Bajo el pórtico colocó dos dioses del Olimpo, Mercurio, el dios de los pintores, a la izquierda, y a la derecha, Minerva, la diosa de la sabiduría, que parecen transmitirnos el mensaje de que la casa es un templo del conocimiento, dedicado al arte de la pintura.

P.P. RUBENS. Rubenshuis (1616-21). Pórtico
                La muerte de Isabella en 1626 dejó a Rubens destrozado, como pone de manifiesto en una carta escrita a Peirese, uno de sus íntimos amigos. Para superar la pérdida se dedica a viajar y ejerce funciones diplomáticas. Es precisamente ahora cuando visita España y conoce a Velázquez. Cuatro años más tarde, en 1630, Rubens, de cincuenta y tres años vuelve a casarse. La elegida es Hélène Fourment,  una hermosa y jovencísima muchacha de tan sólo dieciséis años, hija de un próspero comerciante de arte. En las pinturas de Rubens hay numerosos testimonios de la opulencia y sensualidad de Hélène, ya que son sus rasgos los que le sirven de inspiración para construir su ideal de belleza femenina en la mayor parte de sus obras de esta época. Precisamente, en una de ellas, El jardín del amor, aparece representada como la joven que Cupido empuja a los brazos de un caballero, venciendo su resistencia a sumarse a la sensual historia que se describe. Pero lo más interesante es que la idílica escena aparece enmarcada arquitectónicamente en la propia casa y jardín del pintor, donde ambos se habían instalado tras el matrimonio.

P.P. RUBENS. El jardín del amor (1630-35). Museo del Prado, Madrid


                A la muerte de Rubens, en 1640, su viuda siguió ocupándola durante varios años con los cinco hijos del matrimonio, y continuaría haciéndolo después de volverse a casar con un rico aristócrata. Más tarde la familia se trasladó a Bruselas y,  en 1648, se la alquiló a William y Margaret Cavendish, futuros duques de Newcastle, que se habían refugiado en Flandes durante la guerra civil inglesa. Cuando estos abandonaron la casa, en 1660, los herederos de Rubens la vendieron, y permaneció sin grandes alteraciones  hasta la segunda mitad del siglo XVIII en que fue muy transformada, como evidencian dos grabados de Jacob Harrewjin de 1684 y 1692, las ilustraciones más antiguas que poseemos de la Rubenshuis. 

(CONTINUARÁ)

lunes, 15 de septiembre de 2014

Peter Paul Rubens, arquitecto (2ª parte): Rubens y la arquitectura italiana

P.P. RUBENS. Retrato de Maria Serra Pallavicino (1606)
Kingston Lacey, Dorset
                Cuando en 1600 Rubens viaja a Italia era un joven de veintitrés años, con la intención de completar su formación de pintor y conocer de primera mano las grandezas artísticas no sólo de la antigüedad romana y los tesoros del Renacimiento, sino también el estudio de sus contemporáneos italianos.  El contacto con la opulencia colorista de los maestros venecianos, Tiziano sobre todo, pero también Tintoretto y Veronés; la fuerza de Miguel Ángel y de los escultores clásicos; el sentido de la composición de Rafael; la exuberancia de los brillantes murales de Anibal Carracci, en la cima de su carrera; e incluso el enfoque innovador de Caravaggio, supusieron una experiencia inolvidable para Rubens, decisiva para terminar de aprender el oficio de pintor y ayudarle a encontrar un lenguaje propio con el que fascinó a sus contemporáneos.

                En Italia pasó ocho años al servicio de Vincenzo Gonzaga, Duque de Mantua, quien le concedió una gran libertad que le permitió recorrer la península italiana, pasando entre otras ciudades por Roma, Florencia, Venecia y Génova. En esta última pasó bastante tiempo durante el año 1606, pintando los suntuosos retratos de algunos de los miembros de las familias más distinguidas de la ciudad, como los de la marquesa Brígida Spínola-Doria y el de María Serra Pallavicino, auténticas obras maestras del género. Pero Rubens se mostró sumamente interesado por la arquitectura y aprovechó su tiempo en la ciudad también para dibujar y tomar apuntes de algunos de sus palacios, villas e iglesias, con los que años más tarde, ya en Amberes, publicaría un libro en dos volúmenes que tituló Palazzi di Genova (1622) en el que se incluyen 139 dibujos de alzados, secciones y plantas. La obra ejerció una gran influencia, no sólo en Flandes, sino también en otros países como Inglaterra, Alemania y, en general, en todo el norte de Europa, ayudando a popularizar este tipo de arquitectura.

Fachada del Palacio del Sr. Enrico Salvago.
Fig. 33 Palazzi di Genova
Este libro  constituye una de las primeras pruebas del interés de Rubens hacia la arquitectura y, concretamente hacia la italiana. En la introducción el propio autor explica la intención que persigue, que no es otra que contribuir a la erradicación de la arquitectura gótica, que al igual que Vasari califica como bárbara, e impulsar el retorno de la arquitectura clásica. En el último cuarto del siglo XVI, los disturbios religiosos y civiles que asolaron Flandes interrumpieron prácticamente toda actividad constructiva, así que, cuando Rubens parte hacia Italia en 1600, el renacimiento, en lo que a arquitectura se refiere, puede decirse que apenas si había rozado a los Países Bajos. Las únicas obras notables que se habían construido hasta entonces siguiendo el estilo habían sido  el Ayuntamiento de Amberes, con diseño de Cornelis Floris de Vriendt, y el palacio levantado por Sebastian van Noyen para el Cardenal Granvelle, en Bruselas. El primero mezclaba elementos flamencos e italianos, mientras que el diseño del segundo era una adaptación de los cuerpos inferiores del patio del Palacio Farnese de Antonio da Sangallo.

De la arquitectura genovesa le llamaron la atención especialmente dos cosas. La primera, que a diferencia de los palacios venecianos que desplegaban toda su grandeza en espléndidas fachadas, los genoveses la reservaban para el interior. La segunda, que los interiores estaban pensados no sólo con un sentido ornamental, sino que tenían muy en cuenta las necesidades de quienes los habitaban, y por tanto eran más cómodos y atractivos, ya que proporcionaban a sus moradores una forma de vida más razonable y civilizada, otro rasgo más de modernidad que no escapa a su observación. Todas estas consideraciones  las tendrá muy presentes cuando diseñe su propia mansión en el lujoso barrio del Wapper, en Amberes.

Pero la influencia de la arquitectura italiana en Rubens va más allá de la arquitectura genovesa, ya que fue sobre todo de lo que vio en Roma de donde tomaría su inspiración, de los edificios de la antigüedad clásica y, sobre todo, de la arquitectura de su propia época, como pueden verse en los edificios que incluye en muchas de sus pinturas. De los arquitectos modernos, dice Blunt, no parece  muy interesado ni en Bramante ni en Palladio, cuya obra debió haber visto en Roma, Vicenza o Venecia. Sus preferencias parecen inclinarse, en cambio, por Vignola,  Miguel Ángel y Maderno, plenamente activo este último durante la estancia romana de Rubens.

Fachada del Palacio del Sr. G. B. Balbi. Fig. 21 de Palazzi di Genova
De la arquitectura de Miguel Ángel lo que más le atrajo fueron sus últimas obras, las más manieristas y revolucionarias, como la Porta Pía de Roma, con las esquinas superiores cortadas, que reproduciría tantas veces en muchas de sus pinturas, en algunos de los diseños de la Pompa Introitus, y  en la puerta entre el patio y el jardín de su casa de Amberes. La huella del genio florentino no se limita únicamente a estos préstamos directos, dice Blunt, sino que lo más interesante es que Rubens con frecuencia inventa combinaciones de formas arquitectónicas que no copian, sino que recogen íntegramente el espíritu de las últimas obras de Miguel Ángel, desarrollándolas muy imaginativamente e incorporándoles una vivacidad que le acerca mucho a la arquitectura plenamente barroca de Borromini y Pietro da Cortona

(CONTINUARÁ).


lunes, 1 de septiembre de 2014

Peter Paul Rubens, arquitecto (1ª parte)

GUILLAUME WILLIAM GEEFS
Monumento a Rubens (1840), Amberes
Evocar el nombre de Rubens es trasladar a nuestra memoria el de uno de los más grandes maestros de su tiempo y protagonista indiscutible de la pintura europea del siglo XVII. La importancia de su obra y su influencia en la evolución de la pintura es universalmente reconocida. Tras él dejó una legión de seguidores. En su formación como pintor resultó decisivo su paso por Italia, donde llega en 1600. Allí su pintura se impregna por completo de la luz y el color de los maestros venecianos, con Tiziano a la cabeza, pero también de la sensualidad y exaltación pasional de la alegría de vivir que irradian los frescos de los Carracci. Sus cuadros desprenden un optimismo, una felicidad, un sentido de la composición y una fuerza que parecen naturales, como su propia forma de pintar, sin esfuerzo aparente. No hay que llamarse a engaños porque tan sólo es eso, aparente, ya que tras ellos se esconde el trabajo exhaustivo y metódico de un trabajador incansable. Dedicaba diariamente horas y horas a la pintura al frente de un taller del que formaron parte pintores de la talla de Anton van Dyck, Jacob Jordaens, Brueghel de Velours, Frans Snyders, y un largo etcétera.

La pintura, sin embargo, no fue el único arte por el que se interesó el artista flamenco. También se movió en otros terrenos, como el diseño de estampas, los tapices, objetos decorativos e, incluso, arquitecturas. Este último es uno de los aspectos menos difundidos de su talento, y encuentra su justificación en el escaso número de obras que realizó. En realidad, sólo se conserva la Rubenshuis, su propia casa en Amberes, ya que muchos de sus diseños arquitectónicos pertenecen a lo que llamamos arquitecturas efímeras, construcciones erigidas con motivo de alguna ceremonia o entrada triunfal de los gobernantes, cuyos dibujos se encargó de recoger en la edición de un libro titulado Pompa Introitus.  Se especula también sobre cuál fue exactamente el alcance de su participación en San Carlos Borromeo, la iglesia de los jesuitas en Amberes. Por último, publicó un libro de grabados de palacios genoveses titulado Palazzi di Genova. En la introducción de esta obra él mismo se presentaba como pintor y arquitecto, una definición que llamaba la atención por su modernidad y, al mismo tiempo, una evidencia notable del interés que sentía por la arquitectura. Ese interés no pasó desapercibido, y Teodoro Ardemans (1661-1726), por ejemplo, escribe junto al nombre de Rubens, “grandísimo pintor fresquista y arquitecto”[1], en una lista de artistas españoles y extranjeros. De ese Rubens menos conocido, el arquitecto, es del que hoy queremos hablar.

                Los que conocieron y trataron a Rubens coinciden en afirmar de su enorme erudición en literatura y arte, no sólo de la pintura del Renacimiento y de su época, sino también de la escultura y la arquitectura. Estos saberes los completaba con amplios conocimientos de filosofía, teología y emblemática, es decir, del estudio y significado simbólico de diferentes obras de arte, que ponía en práctica a la hora de ejecutar sus pinturas.

PETER PAUL RUBENS. Rubens, su esposa Helena
Fourment y su hijo Peter Paul
(h. 1639)
Metropolitan Museum of Art, New York
Su padre, Jan Rubens, un abogado formado en Roma y Padua,  procuró dar a sus hijos una esmerada y exquisita formación de carácter humanista, inusual para un artista de la época. Peter Paul y su hermano Philip, que llegó a ser un destacado humanista, tuvieron como primer maestro a Rombout Vedonk,  un latinista en cuya escuela de Amberes ingresaron en 1589. Allí aprendieron retórica, gramática, latín y griego, conocimientos que amplió luego con los de historia y poesía, así como el dominio del italiano y del francés. La correspondencia que se conserva demuestra el buen manejo de estos idiomas por parte de Rubens, pero también su  excelente educación y formación, de sesgo clasicista y católica. De su elegancia y aspiraciones sociales encontramos muestras abundantes tanto en su biografía como en su propia pintura. Bellori cuenta de él “que solía llevar cadenas de oro al cuello y cabalgar por la ciudad como el resto de los caballeros y las personas con título”. Gozó de la amistad y los reconocimientos de los reyes más poderosos de su tiempo. Actuó como embajador de España en la corte de Carlos I de Inglaterra, y consiguió que ambos reinos firmasen la paz en 1630. El monarca inglés le concedió el título y el escudo de caballero ese mismo año, y un año después hizo lo propio el rey Felipe IV, a petición de la archiduquesa y gobernadora de Flandes, la Infanta Isabel Clara Eugenia, que recordó a su tío el precedente de Carlos I con Tiziano. También su pintura nos deja ver esta faceta social de Rubens, especialmente en sus retratos familiares, con sus esposas e hijos, en los que traslada la imagen de una familia que había adoptado por completo las costumbres y vestimentas de las clases más privilegiadas.

Tanto su educación, como el ambiente cultural y social en el que se mueve Rubens,  ofrecen pistas sólidas para entender sus gustos arquitectónicos, que deben mucho al estilo manierista de la arquitectura italiana de las últimas décadas del siglo XVI, aunque su tratamiento de los elementos arquitectónicos, recuerda Blunt, muestra mayor originalidad, sofistificación y eclecticismo.

(CONTINUARÁ)



[1] Teodoro Ardemans. Declaración y extensión, sobre las Ordenanzas, que escrivió Juan de Torija, Aparejador de obras reales, y de las que se practican en las ciudades de Toledo y Sevilla, con algunas advertencias a los Alarifes, y Particulares, y otros capítulos añadidos a la perfecta inteligencia de la materia; que todo se cifra en el govierno político de las fabricas. En Madrid, por Francisco del Hierro, 1719.

lunes, 25 de mayo de 2009

Rubens visto por Van Gogh

PETER PAUL RUBENS. Elevación de la Cruz (1610). Catedral de Amberes.



En noviembre de 1885 el pintor Vincent Van Gogh se encontraba en Amberes. Allí tuvo ocasión de estudiar de cerca dos cuadros de Rubens que se encuentran en la catedral de la ciudad: Elevación de la Cruz y Descendimiento de la Cruz. El efecto que le causan es contradictorio, no le gustan sus composiciones y expresiones afectadas, pero, sin embargo, le causa un profundo impacto el uso y el sentido del color, que ejercerá en la pintura del holandés una fuerte influencia a partir de aquel momento. He aquí cómo recoge él mismo sus impresiones en una carta dirigida a su hermano Theo escrita en Amberes en enero del año 1886 y en la que se expresa con una gran sinceridad, y demuestra su pasión por la pintura.

"El domingo pasado, he visto por primera vez los dos grandes cuadros de Rubens, y, a causa de que había examinado los del museo en diversas visitas y cómodamente, estos dos cuadros, el Descendimiento de la Cruz y la Elevación, me resultaron aún más interesantes. La Elevación tiene una característica que se me apareció de inmediato, especialmente que no tiene ninguna figura de mujer. A no ser en los paneles laterales del tríptico.

En consecuencia, no es el que está mejor. Permíteme que te diga que el Descendimiento de la Cruz me sumerge en la exaltación. No a causa de la profundidad de los sentimientos que se encontrarían en un Rembrandt, o en un cuadro de Delacroix o en un dibujo de Millet. Nada me emociona menos que Rubens desde el punto de vista de la expresión del dolor del ser humano.

Porque te digo de entrada, para explicar mejor mi pensamiento, que las más bellas cabezas de Magdalena o de Mater Dolorosa llorando me hacen pensar siempre en las lágrimas de una hermosa muchacha que tuviera, por ejemplo, una úlcera o cualquier otra "pequeña miseria de la vida humana".

Como tales estos cuadros son magistrales, pero no conviene atribuirles algo más.

Rubens es asombroso en la pintura de hermosas mujeres ordinarias. Pero en la expresión no es dramático. Compáralo, por ejemplo, a la cabeza de Rembrandt en la colección Lacaze, a la figura de hombre en la Novia judía y comprenderás lo que quiero decir, especialmente que sus ocho figuras fornidas que realizan un esfuerzo con la pesada cruz de madera en la Elevación me parecen absurdas desde el momento en que me coloco en el punto de vista del análisis moderno de las pasiones y de los sentimientos humanos. Sobre todo en sus expresiones de hombres (con excepción siempre de los retratos propiamente dichos), Rubens es superficial, hueco, hinchado, o sea, totalmente convencional y semejante a Jules Romain y a otros pintores aún peores de la decadencia.

Sin embargo, Rubens me lleva a la exaltación, porque es precisamente él quien busca expresar y representar realmente -a pesar de que sus figuras sean a veces huecas- una atmósfera de júbilo, de serenidad, de dolor, por la combinación de los colores.

Así, hasta en la misma Elevación de la Cruz, la mancha blanca -el cadáver, con una fuerte intensidad de luz- es dramática en su relación de contraste con el resto, tratado en tintas oscuras.


PETER PAUL RUBENS. Descendimiento de la Cruz (1612). Catedral de Amberes.


De la misma naturaleza, pero a mi modo de ver más bello, es el encanto del Descendimiento de la Cruz, donde la mancha blanca es recordada por los cabellos rubios, el rostro y el cuello blancos de las figuras de mujer, mientras que el ambiente oscuro que las rodea es asombrosamente rico por las diferentes masas de rojo, verde oscuro, negro, gris, violeta, tratadas en poca cantidad y relacionadas con los otros por el tono.

Delacroix ha intentado restituir la fe en la sinfonía de los colores. Y se diría que fue en vano cuando se observa que casi todo el mundo considera que una cosa está bien en cuanto al color, cuando se encuentra en ella la exactitud del color local; una mezquina precisión.

Ni Rembrandt, ni Millet, ni Delacroix, ni ningún otro, ni aun Manet o Courbet han apuntado jamás a ese objetivo, lo mismo que Rubens o el Veronés.

He visto todavía otros cuadros de Rubens en distintas iglesias. Es muy interesante estudiar a Rubens, precisamente porque su técnica es, o parece ser, la simplicidad misma. Porque le es necesario tan poca cosa, que la hace con una mano tan lenta, y que pinta y sobre todo dibuja sin ninguna vacilación. Pero su fuerte son los retratos y las cabezas o figuras de mujeres. Entonces aparece profundo y también íntimo. Y estos cuadros siempre conservaron una fuerza, precisamente por la simplicidad de la técnica".

Vincent Van Gogh , Cartas a Theo (Alianza Editorial, Madrid 2008)


miércoles, 20 de mayo de 2009

Peter Paul Rubens, la quintaesencia de la pintura barroca

PETER PAUL RUBENS. Las Tres Gracias (1636-38). Museo del Prado, Madrid


Si pienso en la pintura barroca, casi siempre pienso en Caravaggio y Rubens, que es como pensar en la noche y el día. Tan distintos, en los aspectos artísticos y biográficos, probablemente representan las dos caras más genuinas y extremas de la pintura europea del Barroco.

Rubens fue el más importante pintor flamenco del siglo XVII y uno de los más importantes de su tiempo. Su influencia por toda Europa traspasó ampliamente los límites de su época. Los que lo conocieron, nos trasladaron la imagen de un hombre culto, refinado, elegante, políglota (hablaba seis lenguas además del latín), seductor, buen conversador y de una gran inteligencia.

Su producción es titánica, de una gran fecundidad, ya que los expertos le adjudican hoy más de tres mil cuadros, muchos de ellos de gran formato. Para eso se necesita una gran capacidad de trabajo como la que tenía el pintor flamenco, que se levantaba habitualmente a las cuatro de la mañana y trabajaba unas doce horas. Sin embargo, eso no es suficiente, y Rubens contaba con un formidable equipo de colaboradores, del que durante un tiempo formaron parte importantes pintores como Anton van Dyck y Jacob Jordaens. Ordinariamente Rubens dibujaba las composiciones y preparaba los bocetos coloreados, con las líneas maestras, que luego eran ejecutados por su taller, siguiendo las indicaciones y bajo su supervisión. En el taller había un trabajo altamente especializado, unos se encargaban de las flores, otros de las arquitecturas, animales, etc. Finalmente Rubens retocaba el cuadro y le daba el aspecto final. Lo admirable es el sentido de unidad de todas estas obras. En otras ocasiones, no dudaba en realizar obras en colaboración con otros artistas, con los que compartía la autoría.


PETER PAUL RUBENS. Ana de Austria (1620). Museo del Louvre, París.


Una producción tan amplia le permitió tocar prácticamente todos los géneros de la pintura, y podemos decir que todos de forma admirable. Sus retratos cortesanos, inspirados en los venecianos, saben traducir muy bien la importancia de los personajes, pero sin renunciar a mostrarnos los rasgos psicológicos de los mismos, como el que vemos junto a estas líneas de Ana de Austria, o los de María de Médicis, Cardenal Infante don Fernando y el Duque de Lerma.

Aunque probablemente su aspecto más conocido para el gran público es el de pintor de temas mitológicos, donde hace alarde de toda su maestría y sensualidad. Entre los más destacados están Las tres Gracias y El Juicio de Paris, para los que emplea como modelo a Elena Fourment, su segunda esposa; pero también El jardín del amor, El rapto de las hijas de Leucipo y un larguísimo etc. También cabe relacionar con la mitología algunas series histórico-alegóricas, como la pintada por encargo de María de Medicis, reina de Francia, y destinada a crear un modelo a seguir en el país galo, según el cual dioses y personajes históricos se entremezclan.


PETER PAUL RUBENS. Encuentro entre Enrique IV y María de Medicis (1622-25) Museo del Louvre, París.


En sus pinturas mitológicas a Rubens le gusta utilizar un gran número de personajes y es probablemente en ellas, donde el pintor muestra los mejores y más luminosos coloridos, acompañándolos de un movimiento que anima casi todas las composiciones, y en los que expresa un optimismo vital, propio de quien se abandona al placer del amor y de la belleza.

Finalmente, como pintor religioso crea una serie de grandes composiciones, que llaman la atención por su espectacularidad, lo que sin duda sería del agrado de sus clientes, por la imagen propagandística que en ella manifiesta de la Iglesia. Entre ellas se incluyen escenas de martirios, apoteosis de santos y alegorías de la Iglesia y la Eucaristía, en forma de carro triunfante, que también ejercieron una gran influencia. Entre las muchas obras religiosas podemos citar la Adoración de los Reyes, Erección de la Cruz, Descendimiento y el Juicio Final.


PETER PAUL RUBENS. Descendimiento de la Cruz (1610). Catedral de Amberes

Basta con examinar las obras aquí expuestas y compararlas con el conjunto de su producción, para apreciar que la paleta de Rubens se distinguió por un colorido fogoso, caliente, muy veneciano, al que no debió ser ajena su estancia en Italia, entre 1604 y 1609, en los que trabajó para el Duque de Mantua. Sus composiciones suelen tener un ritmo curvo constante, que les presta esa inconfundible sensación de movimiento, subrayado por su preferencia por la distribución de lineas diagonales. Finalmente, su gusto por el desnudo, que abunda en sus pinturas, tanto el masculino como el femenino, y ambos de formas contundentes y rotundas.

PETER PAUL RUBENS. El jardín del amor (1633). Museo del Prado, Madrid

La web Peter Paul Rubens Virtual Gallery (en inglés) ofrece una biografía del pintor flamenco y una extensa galería con 290 de sus pinturas, que además pueden mostrarse como un pase de diapositivas. A todo ello añade diferentes links para profundizar en los trabajos de Rubens. Por supuesto, nuestra siempre recomendada Web Gallery of Art, proporciona una magnífica colección de fotografías de sus pinturas e información sobre muchas de ellas.

Con esta colección de videos, podeis haceros una imagen bastante completa de la obra de Rubens en su conjunto. Que los disfruteis.


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