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miércoles, 9 de enero de 2013

JUAN DE VILLANUEVA, "Oratorio del Caballero de Gracia"

CUSTODIO TEODORO MORENO
Oratorio del Caballero de Gracia, Madrid
Fachada principal (1829-31)
"El moro Almudena, Mordejai, que parte tan principal tiene en la acción de Misericordia, fue arrancado del natural por una feliz coincidencia. Un amigo, que como yo acostumbraba a flanear de calle en calle observando escenas y tipos, díjome que en el Oratorio del Caballero de Gracia pedía limosna un ciego andrajoso [...]. Acudí a verle y quedé maravillado de la salvaje rudeza de aquel infeliz [...]. De este modo adquirí ese tipo interesantísimo, que los lectores de Misericordia han encontrado tan real"

BENITO PÉREZ GALDÓS, prefacio para una edición francesa de 1813 de Misericordia 


Hubo un tiempo en que Madrid soñó con ser Nueva York, eso escuché decir a alguien en una ocasión -o quizá lo leí, no lo recuerdo bien-, refiriéndose a la construcción de la Gran Vía madrileña, esa gran arteria que permite estudiar, y sobre todo contemplar, como pocos lugares, la evolución de la arquitectura española durante los primeros cincuenta años del siglo XX. A lo largo de ella dejaron su huella en forma de edificios, Modesto López Otero, Teodoro Anasagasti, Pedro Muguruza, Antonio Palacios, Vicente Eced, Secundino Zuazo, ... y así podríamos ir desgranando, uno tras otro, los nombres de los más ilustres arquitectos españoles de aquel período. En sus tres tramos, la Gran Vía muestra el discurrir de la arquitectura por los regionalismos, historicismos, eclecticismos, hasta llegar al racionalismo y los incipientes rascacielos, formulados en las nuevas tipologías arquitectónicas que requieren los nuevos tiempos: cines, grandes almacenes, edificios de telecomunicaciones, hoteles, bares, etc. Prácticamente todas las tendencias arquitectónicas de la primera mitad del XX están presentes en la Gran Vía. Por eso sorprende encontrar en este casi santuario de la modernidad, como una rara avis de otros tiempos, un magnífico ejemplo de la arquitectura neoclásica de Juan de Villanueva, el Oratorio del Caballero de Gracia, uno de los pocos edificios que logró esquivar la piqueta con la que Alfonso XIII puso en marcha, en 1910, las obras de la Gran Vía.

JUAN DE VILLANUEVA
Oratorio del Caballero de Gracia (1789-1795). Cúpula
Pinturas de Zacarías González Velázquez (1792)
Madrid
Para rastrear los orígenes de este templo hay que remontarse hasta 1609, cuando el sacerdote italiano Jacobo de Gratti (de donde procede el nombre de Caballero de Gracia), natural de Módena, fundó, a sus 92 años, una congregación religiosa que llamó Congregación de Esclavos del Santísimo. Antes de profesar los votos, este noble italiano había ejercido como diplomático y consejero pontificio, y destacó como intérprete en el Concilio de Trento. La leyenda sobre su vida quiere hacernos creer que llevó durante mucho tiempo una vida de auténtico libertino, y que, arrepentido de sus pecados, se refugió en brazos de la religión.

En 1789 el gran arquitecto Juan de Villanueva, el mejor representante del neoclasicismo español, recibió el encargo de proyectar la reforma del antiguo oratorio, erigido en 1654. Villanueva aprovechó la ocasión para proponer a la Congregación dos proyectos, uno de reforma y otro para levantar un templo de nueva planta, que fue lo que finalmente decidió hacerse, a pesar de la cuantiosa suma que habría que desembolsar para ello. Los problemas presupuestarios fueron una de las razones fundamentales por las que las obras se demoraron hasta 1795.

JUAN DE VILLANUEVA
Oratorio del Caballero de Gracia (1789-1795). Madrid

Este pequeño templo nos proporciona la oportunidad de admirar la única basílica construida de las cinco que Villanueva proyectó a lo largo de su carrera, por lo que también en este sentido, constituye una rareza. La gran dificultad a la que hubo de enfrentarse fue la estrechez de la parcela, que imponía unas fuertes limitaciones a un proyecto de tipo basilical como el que pretendía realizar. Sin embargo, con su inteligencia habitual, Villanueva sorteó todos los obstáculos, jugando para ello con los efectos de perspectiva. La solución le vino dada por una de sus grandes pasiones, el uso de las columnas, que en el Oratorio alcanzan un protagonismo como en ninguno de sus otros edificios. Resulta admirable el conjunto logrado por las catorce grandes columnas corintias, con fustes de granito de una sola pieza, que delimitan el espacio de la nave central. Jugando con la distancia entre unas y otras, y aproximándolas a los muros laterales hasta límites insospechados, reduciendo las naves laterales hasta convertirlas en estrechos pasillos, consigue crear la ilusión de un espacio mucho más amplio y grandioso de lo que es en realidad. Es probable que Villanueva se inspirase para lograr esta solución, en la Scala Regia de Bernini, que tuvo ocasión de conocer durante su estancia en Roma becado por la Academia de Bellas Artes.

JUAN DE VILLANUEVA
Oratorio del Caballero de Gracia (1789-1795)
Crucero
Pero Villanueva no sólo fue capaz de crear una basílica de tres naves, sino además dotarla de un aparente crucero con cúpula sobre pechinas, lo que, aunque no encajaba bien dentro del espíritu purista del clasicismo del arquitecto, se convirtió en un acierto. En este último punto había insistido mucho la Congregación, que deseaba una iglesia con cúpula, como la de tantas iglesias madrileñas de la época. Para conseguirlo, Villanueva interrumpió la bóveda de cañón con casetones de la nave central antes del ábside, y adelgaza ligeramente los muros laterales en ese tramo retranqueándolos. El resultado es un crucero más simulado que real, pero que gracias a la cúpula, permite subrayar ese efecto, al tiempo que proyectar una luz que amplía el espacio interior, y provoca la impresión, en un primer golpe de vista, de estar en una basílica cristiana de la época romana.

La obra del Oratorio estuvo salpicado de numerosos desencuentros entre la Congregación y Villanueva, la mayoría de ellos  por las demoras en la construcción. El asunto alcanzó su máxima tensión en 1794, cuando una modificación en unas cornisas y el encarecimiento por la decoración de unos capiteles, la  intransigencia de Villanueva y el cansancio de los religiosos, llevó al despido del arquitecto, cuando aún quedaban por realizar parte de la decoración interior, la zona del coro y la fachada a la calle del Caballero de Gracia. Las obras del interior fueron continuadas por Pedro Arnal, que introdujo algunas pequeñas modificaciones que no alteran la obra de Villanueva; en cuanto a la fachada, que no pudo concluirse por motivos económicos hasta 1831, es obra de Custodio Teodoro Moreno, que siguió un esquema bastante parecido, aunque no exactamente igual, al que había proyectado originalmente Villanueva. Hoy, como en tiempos de Galdós, se sigue pidiendo limosna a los pies de su escalera.

Como decíamos al principio, el templo se salvó milagrosamente de los derribos para la construcción  de la Gran Vía, aunque sufrió la mutilación en su cabecera, desapareciendo la sacristía, la sala de juntas y las viviendas de los sacerdotes, que daban a la entonces calle de San Miguel. Esta fachada que es la que da a la Gran Vía, se rehízo recientemente por el arquitecto Javier Feduchi Benlliure entre 1989 y 1990, levantando un arco sobre el ábside, dejando éste y la cúpula al descubierto, y mejorando sensiblemente su integración con el entorno actual de la calle.

Una información detallada de todos los detalles relativos a este interesantísimo edificio, la podeis encontrar en este trabajo de Carlos Montes Serrano.

Fotografías: Gonzalo Durán

lunes, 31 de diciembre de 2012

La arquitectura de Juan de Villanueva

JOSÉ GRAGERA Y HERBOSO
Juan de Villanueva (1877-78)
Museo del Prado, Madrid.
"Muy pocos arquitectos así antiguos como modernos se igualaron a D. Juan de Villanueva en genio artístico, inteligencia de su arte, y en el delicado gusto en el ornato"
E. LLAGUNO Y AMIROLA, Noticias de los arquitectos y arquitectura de España desde su Restauración (1829)


A lo largo de la historia de nuestra arquitectura (dejo al margen lo realizado en los últimos cien años), sólo pueden equipararse a Juan de Villanueva los nombres de otros dos ilustres arquitectos españoles: Juan de Herrera y Antonio Gaudí; así que, aunque escritas hace casi doscientos años, estas palabras siguen siendo hoy tan acertadas como entonces. Sin embargo, e injustamente, el nombre de Villanueva es mucho menos conocido para el gran público que el de estos dos genios.

Juan de Villanueva (Madrid 1739 - 1811) nació en Madrid en el seno de una familia de artistas. Su padre, Juan de Villanueva y Barbales, fue un importante escultor y uno de los primeros directores de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, y su hermano, Diego de Villanueva, veintiséis años mayor que Juan, también fue arquitecto y profesor en la misma institución. Crece pues en un ambiente artístico y culto que le permitirán asimilar, como ningún otro, el lenguaje artístico de la Ilustración hasta convertirle en el mejor exponente de la arquitectura neoclásica en España y creador de un estilo propio, con un punto de vista sobre la arquitectura clásica más personal y libre que el de otros arquitectos europeos de su generación. Esa forma de entender la arquitectura del pasado es lo que nos hace reconciliarnos con la arquitectura neoclásica ya que, si en la mayoría de los casos podemos calificarla de fría, monótona y repetitiva (aburrida incluso), la obra de Villanueva no lo es en absoluto. Al contrario, se muestra menos pendiente de sujetarse a las proporciones matemáticas y prefiere dejarse llevar de la evocación nostálgica de la antigüedad, mostrándonos de este modo el camino de la creación artística, y no el de la mera copia del pasado, que es lo que hicieron muchos de sus contemporáneos. En este sentido, la obra de Villanueva en arquitectura, bien puede compararse con la de Antonio Canova en la escultura.


JUAN DE VILLANUEVA
Casita de Abajo (1771-73), El Escorial.
En su formación se reconocen dos grandes influencias, la primera la de su hermano Diego, que desde su posición como profesor en la Academia se mostró como un ilustrado racionalista, sumamente crítico del barroco, del churrigueresco y del rococó; la segunda, su estancia en Roma, donde estuvo becado entre 1759 y 1764, lo que le dio la oportunidad de conocer de primera mano las ruinas de la antigua Roma, y de las ciudades de Pompeya y Herculano, que fue lo que casi con toda seguridad dio a su arquitectura ese punto de evocación romántica que contrasta fuertemente con la tradicional frialdad del lenguaje neoclásico, del que hablábamos antes. Pero de Italia llegará cautivado no sólo por sus ruinas, sino también por la arquitectura de Andrea Palladio, arquitecto que junto con el español Juan de Herrera, ejercerán en los años siguientes una poderosa atracción sobre el madrileño.


JUAN DE VILLANUEVA
 Casita de Arriba (1771-73). El Escorial
Los primeros trabajos de importancia los realizará Villanueva, precisamente, en El Escorial, donde los reyes tenían un coto de caza y lugar de acampada, pero que deseaban convertir en una pequeña ciudad. En 1769 recibe el encargo de construir la llamada Casa de los Infantes, para albergar la servidumbre de los hijos de Carlos III, donde resuelve de manera magistral el difícil encargo de integrar el edificio en el entorno herreriano del monasterio, logrando mimetizarlo al punto de hacerlo pasar casi desapercibido. A esta obra le siguieron los dos palacetes construidos para los  hijos de Carlos III, la llamada Casita de Arriba, para el infante don Gabriel, y la llamada Casita de Abajo o del Príncipe, para el futuro Carlos IV. En esta última emplea un pórtico adelantado tetrástilo de orden toscano, mientras que en el piso superior coloca dos columnas jónicas, situadas en la línea de la fachada, destacándolas como elementos con personalidad propia, al tiempo que contribuyen a introducir una nota ornamental en la sobriedad del edificio. Esta solución la formuló de un modo más completo en la Casita de Arriba, donde esta disposición de las columnas jónicas in antis se integran en un pórtico adelantado y cerrado. En ambos edificios se rastrea la influencia de la Villa Rotonda de Palladio, no sólo en los aspectos exteriores sino, sobre todo, en la disposición interior de la planta centralizada.


JUAN DE VILLANUEVA.
Oratorio del Caballero de Gracia (1782). Madrid
La fama y el prestigio de Villanueva irán en aumento durante estos años, en los que realiza la capilla Palafox y la sacristía de la catedral, en El Burgo de Osma (Soria); la Casita del Príncipe, en El Pardo; el Oratorio del Caballero de Gracia, en Madrid (una de sus escasas obras religiosas); el edificio de la actual Academia de la Historia; el Pabellón de invernáculos del Jardín Botánico; y algunos trabajos más.


Esta labor no pasó desapercibida al Conde de Floridablanca, el gran artífice de la política reformista de Carlos III, que tras su llegada al gobierno utilizó los servicios del arquitecto. El ministro supo ver en él al hombre capaz de planear, continuar y desarrollar en la capital del reino las reformas urbanísticas que Carlos III y él mismo ansiaban para hacer de Madrid una ciudad acorde con los nuevos tiempos y las nuevas necesidades. Esas grandes transformaciones urbanas han hecho que popularmente se conozca a este rey como el mejor alcalde de Madrid, sin embargo, gran parte de ese mérito corresponde a Francisco Sabatini y a Juan de Villanueva, los arquitectos que la hicieron posible, el primero iniciándolas y el segundo culminándolas.


JUAN DE VILLANUEVA. Museo del Prado (1785), Madrid

Será precisamente en el marco de estas reformas urbanísticas y de corte ilustrado en el que Villanueva va a realizar sus obras más importantes. La mayoría de los historiadores coinciden en señalar el Museo del Prado, de Madrid, como la obra más completa de Villanueva y la mejor del neoclasicismo español. En principio recibió el encargo de proyectarlo como Gabinete de Historia Natural en 1785, y un año después el rey Carlos III ya decidió convertirlo en una pinacoteca, aunque no se hizo efectivo hasta el infausto reinado de Fernando VII, en 1818. El edificio se articula de una manera simple, racional y funcional, en cinco cuerpos diferentes. El central incluye el pórtico y un salón posterior de estructura basilical cerrado en semicírculo; en los laterales, dos grandes cuerpos cuadrados (un nuevo recuerdo palladiano), con rotondas en su interior que favorecen la visita, se unen al central por medio de dos grandes y anchos corredores que se anuncian al exterior, en la fachada que sale al Paseo del Prado, por una columnata de orden jónico en el piso superior. En el exterior, el juego de volúmenes, con cuerpos adelantados y retrasados, permitió a Villanueva lograr efectos lumínicos de luces y sombras que confieren al edificio ese aspecto romántico que caracteriza su estilo, y que llevó a Chueca Goitia a considerarle como el creador de la arquitectura de sombras.

Para su construcción Villanueva hubo de tener en cuenta la pendiente del terreno, más elevada en su fachada norte (puerta de Goya) que en la fachada sur (puerta de Murillo). En lugar de igualar el terreno decidió mantener la diferencia de altura optando por una inteligente solución con dos entradas, una en cada extremo, que permitía acceder al edificio a dos alturas diferentes y recorrerlo en direcciones opuestas, en sentido longitudinal, según cual fuese el acceso. A estas dos entradas, añadió una tercera, la principal (puerta de Velázquez), en sentido transversal, con un imponente pórtico adelantado que recuerda al de la Casita de Abajo de El Escorial, con potentes columnas de orden toscano que remata, en lugar de frontón, con un relieve rectangular, que evoca "un ático de un arco de triunfo romano" (Martín González). Pero  no fue esta la única solución que ya había ensayado anteriormente Villanueva, como demuestra el uso combinado del granito y el ladrillo, que unos años antes empleó en la Casita del Príncipe en El Pardo. Por último, el uso de un orden distinto para cada fachada y las transiciones de uno a otro evidencian la sutileza de Villanueva en el manejo del lenguaje clásico.


JUAN DE VILLANUEVA
Pabellón de invernáculos del Jardín Botánico (1781)

 Madrid
El Gabinete de Historia Natural (hoy Museo del Prado) formaba parte de un ambicioso programa científico, típicamente ilustrado, que se completaba con otros dos edificios levantados por Villanueva en las proximidades del mismo: el Real Jardín Botánico y el Observatorio Astronómico. En el Jardín Botánico (realizado con anterioridad al Prado), modificó el diseño inicial que había hecho Sabatini, permitiendo adaptarlo al sistema de clasificación ideado por Linneo; proyectó una de sus entradas, frente a la puerta de Murillo del Museo del Prado, que es por donde se accede actualmente al Jardín; y, por último, realizó el llamado Pabellón de invernáculos o Pabellón Villanueva , compuesto por dos alas de orden toscano unidas por un cuerpo central, en un esquema muy parecido al empleado en El Prado.


JUAN DE VILLANUEVA
Real Observatorio Astronómico (1790), Madrid
La otra gran obra de Villanueva es el Real Observatorio Astronómico (1790), que ordenó crear el rey Carlos III por sugerencia de Jorge Juan. Sus obras se prolongaron mucho en el tiempo y Villanueva no pudo verlo concluido. Nuevamente está presente en él la evocación de la arquitectura de Palladio, con el pórtico central hexástilo de columnas corintias en el cuerpo inferior, en el que, como es habitual en él, prescinde del frontón. La imagen exterior es de una clara ascensionalidad, sobre todo, por el templo rotondo (tholos) de columnillas jónicas, coronado por una cúpula, que coloca en el cuerpo superior. Cuando se construyó, ese carácter ascensional era aún más evidente que en la actualidad, ya que se elevaba sobre una plataforma a la que se accedía por unas escaleras integradas en el pronunciado terraplén que producía el fuerte desnivel del terreno en el cerro de San Blas, en el que se ubica el edificio. Por otra parte, la planta del Observatorio resume los ideales de sencillez y perfección geométrica del neoclasicismo. Tiene planta cruciforme que se obtiene a partir de una cuerpo central ocupado por la rotonda, en torno a la cual se ordenan e integran todas las dependencias. De este modo, el cuadrado y el círculo forman la geometría esencial del edificio y dominan su composición, hasta el punto que toda la planta se inscribe en una circunferencia.

Con la caída de Floridablanca, en 1792, también declina la influencia y el protagonismo de Villanueva en la arquitectura. La mayoría de sus proyectos posteriores a esta fecha, como el Lazareto de curación, el Cementerio General del Norte y otros, o no llegaron a construirse o no queda casi nada de ellos.

Bibliografía:
.- MONLEÓN GAVILANES, PEDRO. Juan de Villanueva. Madrid, 1998.
.- GARCÍA MELERO, JOSÉ ENRIQUE. Arte español de la Ilustración y del siglo XIX: En torno a la imagen del pasado. Madrid, 1998.
.- ARIAS ANGLÉS y OTROS. Del Neoclasicismo al Impresionismo. Madrid, 1999.
.- MARTÍN GONZÁLEZ, J.J. Historia del Arte. vol. 2. Madrid, 1978.

Fotografías: Museo del Prado; wikipedia; Gonzalo Durán

viernes, 29 de octubre de 2010

Un paseo por Lovaina (y 3)

Groot Beginjhof, Lovaina.


Muy cerca de la Iglesia de San Quintín, donde dejamos nuestro paseo, aparece ante nosotros el Groot Beginjhof (Beaterio Mayor), uno de los lugares más encantadores de Lovaina. Fundado hacia 1230, llegó a ser uno de los mayores beguinajes de Bélgica.

El acceso al mismo se produce por un portal de estilo neoclásico que nos conduce a un auténtico remanso de paz y tranquilidad. Las aproximadamente sesenta o setenta casas de ladrillo rojo que componen este conjunto, fueron levantadas durante los siglos XVII y XVIII y muestran un aspecto muy sobrio, propio de la Contrarreforma católica. Allí donde antiguamente hacían su vida retirada y pidadosa las beguinas o beatas, hoy hacen la suya los estudiantes (no cuesta mucho imaginar que bien distinta), ya que la Universidad adquirió el conjunto en el año 1961 y lo convirtió en viviendas para ellos.


Groot Beginjhof, Lovaina.


Sus calles adoquinadas, el césped de sus pequeñas plazas y jardines, el rumor de las aguas del río Dilje que transita entre ellos, ... hacen del Groot Beginjhof, declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad, un auténtico regalo para cualquiera que, con un mínimo de sensibilidad, visite Lovaina, por eso, después de disfrutar del silencio y del frescor de este mágico lugar, cuesta abandonarlo para ir retornando sobre nuestros pasos.


Si ascendemos por la empinada calle Ramberg pasaremos por delante de la Capilla de San Antonio y alcanzaremos nuevamente, una vez más, Naamsestraat, para encontrarnos casi de frente con el Colegio del Rey, fundado por Felipe II en 1579, por la insistencia de Guillaume Lindanus, obispo de Ruremonde, durante su estancia en la corte madrileña.


J. GHENNE. Colegio del Rey (1776 - 1779). Lovaina


El actual edificio se construyó en estilo neoclásico entre los años 1776 y 1779 siguiendo los planos de J. Ghenne. Sobre un cuadrado levantó un edificio de dos plantas, salpicando sus fachadas de ventanas rectangulares enmarcadas en piedra, con una perfecta simetría. El resultado es un conjunto armonioso y equilibrado.

En el centro de la fachada principal se distinguen cuatro pilastras planas de orden jónico cubiertas por un frontón triangular. En el cuerpo inferior, en el espacio entre las pilastras, se abren a cada lado de la puerta dos nichos vacíos, con arcos de medio punto, al igual que la puerta principal.

La fachada lateral del Colegio del Rey mira de frente a la formidable Iglesia de San Miguel, probablemente la mejor de Lovaina. Levantada por los jesuitas en el siglo XVIII, es una joya del barroco flamenco. La obra fue encargada por la Compañía de Jesús a uno de sus propios hermanos, el padre Guillaume Hesius, que además de religioso, era arquitecto, poeta y amigo de Rubens, a quien esta fachada debe algunas cosas. En 1635 el infante Fernando de Austria visitó Amberes, y la ciudad encargó a Rubens el diseño de las arquitecturas efímeras habituales en estos fastos. Tuvieron una gran acogida, y llegaron a publicarse los dibujos en un libro en 1641. De allí tomó Hesius no pocos detalles para la iglesia de San Miguel. Su estructura, en cambio, deriva de modelos romanos como la iglesia de Santa Susana, de Carlo Maderno.



GUILLAUME HESIUS. Iglesia de San Miguel (1650 - 1666). Lovaina


La iglesia fue construída a mitad del siglo XVII. Presenta planta de cruz latina y ábside semicircular. Su fachada es un auténtico altar barroco, grandioso, pleno de dinamismo y con una exultante decoración en sus pilastras y columnas, en los frontones rotos, en las volutas y frisos, donde se repiten motivos naturalistas como racimos de uvas, palmas, angelotes o los dos grandes ángeles haciendo sonar sus trompetas del cuerpo superior. Lamentablemente mi visita a Lovaina coincidió con uno de los días que el templo permanecía cerrado y no pude admirar su interior, que por las fotografías y las referencias, puede calificarse de soberbio.

Oude Markt, Lovaina
A un paso de San Miguel está la populosa Oude Markt. Esta plaza adoquinada cuenta con un elevado número de edificios de ladrillo rojo adornados con los típicos gabletes de la arquitectura popular del norte de Europa. Algunos de ellos son del siglo XVIII, aunque la mayoría son modernos. Los bajos de todos ellos están ocupados por bares y terrazas, prácticamente llenos a cualquier hora del día por los estudiantes, universitarios y constituye un magnífico lugar para disfrutar de un café, una cerveza o una copa, según el momento del día.




 ALPHONSE VAN HOUCKE. Edificio de Correos (1893 - 1895). Lovaina


Llegados a este punto hemos terminado prácticamente nuestro paseo, ya que al salir de la Oude Markt entramos en la Groot Markt y emprenderemos el camino de regreso a la estación, dejando de visitar algunos otros lugares de interés. Si bordeamos San Pedro por su fachada principal tendremos ocasión aún de admirar en uno de los ángulos de la Smordesplein el pintoresco edificio de la Oficina de Correos, construída a finales del siglo XIX en estilo ecléctico por el arquitecto e ingeniero Alphonse Van Houcke. Los distintos tipos de materiales empleados le dan un aire muy colorista, con el negro de las pizarras, el rojo y el blanco de las piedras de la fachada. En el ángulo posee una curiosa de formas bulbosas y rematada por una aguja. La organización de la fachada presenta claras disimetrías que, sin embargo, no perjudican el conjunto.

Si pensais visitar Lovaina o teneis interés en alguna de las obras que hemos mencionado en este paseo, os recomiendo la obra de Edward van Even, Louvain dans le passé & le present, un clásico de 1895 con una importante cantidad de datos e información sobre las maravillas de la ciudad.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Un paseo por Lovaina (2)

CLAUDE FISCO. Colegio de Valk [puerta de acceso](1783). Lovaina


En la primera parte de nuestro paseo habíamos hecho un alto en el camino a la salida del Colegio del Papa. Proseguimos nuestro itinerario bajando hacia la izquierda del mismo, al final de la calle tomamos la estrecha y animada Munststraat a la derecha, para alcanzar Tiensestraat y subir ligeramente la calle. Pocos metros más adelante nos situamos delante de la hermosa portada neoclásica del Colegio de Valk, antigua Escuela de Pedagogía del Halcón, como nos recuerda la inscripción situada sobre el arco. Es una de las escuelas más antiguas de la Universidad de Lovaina.

El edificio actual, en su mayor parte, fue construído en 1783 por Claude Fisco, el mismo arquitecto que diseñó la señorial Plaza de los Mártires, en Bruselas. A él corresponden la sencilla pero elegante fachada, el ala izquierda y el edificio principal, al fondo del patio que articula el conjunto.

La portada está formada por un solo arco de medio punto enmarcado por el dibujo de dos pilastras, meramente decorativas, y rematada por un frontón triangular. Sobre el arco puede leerse la inscripción "PEDAGOGIUM FALCONIS REAEDIFICAT MDCCLXXXIII". Ni en la fachada, ni en el resto del edificio empleó Fisco columnas o pilastras, consiguiendo sin embargo un conjunto majestuoso gracias a la perfecta coordinación de todos los elementos. En algunos aspectos, como el sistema de decoración y la organización de las fachadas, el edificio recuerda al Palacio de Luxemburgo, en París, en el que probablemente se inspiró su autor. 



CLAUDE FISCO. Colegio de Valk [patio interior](1783). Lovaina


Tras contemplar el hermoso patio del Colegio podemos continuar ascendiendo por Tiensestraat y, en pocos minutos, alcanzamos el Parque de San Donato, donde pueden apreciarse los restos de una antigua muralla del siglo XII que rodeaba la ciudad medieval. La sombra de sus árboles ofrece cobijo en las calurosas tardes de agosto y sentado en uno de sus bancos puede contemplarse el ir y venir de sus gentes, mientras se saborea alguno de los exquisitos dulces de las pastelerías próximas al parque.


CONSTANTIN MEUNIER. Anteproyecto de los relieves del Monumento al trabajo. Instituto Superior de Filosofía, Lovaina.


Al comienzo de Vlamingestraat, la calle que rodea el parque, se encuentra el Instituto Superior de Filosofía. El portal da acceso a un patio con edificios neogóticos muy transformados. El punto de mayor interés lo encontramos a la entrada del portal, a la derecha, donde está colocado el anteproyecto original de los relieves que componen el Monumento al trabajo, de Constantin Meunier, uno de los grandes artistas plásticos del realismo social en Bélgica. Meunier vivió en la ciudad en 1887, cuando fue nombrado profesor en la Academia de Lovaina, y allí inició la realización de un grupo de relieves que dignificaban el trabajo de la clase obrera. Aunque la obra quedó inacabada, años después se instalarían en el Monumento al trabajo de la Plaza de Trooz, en Bruselas.


Capilla de Nuestra Señora de la Fiebre (2ª mitad del siglo XVII), Lovaina.


En esa misma calle, poco más adelante, podemos admirar la fachada barroca de la Capilla de Nuestra Señora de la Fiebre, actualmente convertida en un centro de documentación católico. El maltrecho estado de piedras y ladrillos no resta un ápice de belleza a esta hermosísima obra.

En aquel lugar se veneraba una imagen de la Virgen que adquirió una  gran reputación en la ciudad por los milagros que hacía, especialmente cuando las enfermedades hacían estragos entre la población. Ese fervor hizo que el templo fuera engrandeciéndose con el paso del tiempo.

La iglesia que hoy puede admirarse se comenzó a construir hacia 1641 y se terminó hacia 1705 y pronto se convirtió en una de las favoritas de la aristocracia y la alta burguesía de Lovaina, que acudían allí durante el siglo XVIII a la misa diaria de once, ataviados con sus riquísimos trajes y, sobre todo, en sus llamativos carruajes, en un espectáculo que hoy causaría gran admiración.

La puerta de acceso, en piedra, dispone sobre ella una ventana, a una altura ligeramente superior que la de los nichos que la flanquean en las calles laterales, formando un agradable conjunto en el que contrasta el gris de la piedra con el rojo del ladrillo. La sencillez del cuerpo inferior contrasta con el barroquismo del cuerpo superior de la iglesia, que se manifiesta tanto en las formas curvas y caprichosas de los elementos arquitectónicos, en los frontones rotos y superpuestos, como en la densidad decorativa que rodea la imagen de la Piedad que preside el nicho que corona la fachada.


Iglesia de San Quintín (siglo XV). Lovaina


Dejamos atrás la exaltación barroca de Nuestra Señora de la Fiebre, encaminamos nuestros pasos por Parkstraat y alcanzamos Naamsestraat, para llegar al punto más alejado de nuestro recorrido, la iglesia de San Quintín.

Esta iglesia de estilo gótico se piensa que pudo haber sido erigida a lo largo del siglo XV, y quizá interviniese en ella Matheus de Layens, a quien ya hemos mencionado al hablar de San Pedro y el formidable Ayuntamiento de Lovaina.

San Quintín es un edificio de proporciones reducidas, una iglesia de tres naves con planta de cruz latina muy regular. Justo Lisipo, el filólogo y humanista que ejerció como profesor de Latín en la Universidad a finales del siglo XVI, la consideraba como la iglesia más bella de Lovaina.

sábado, 16 de octubre de 2010

Un paseo por Lovaina (1)



Ayuntamiento de Lovaina. Detalle de la fachada.


Lovaina es una ciudad pequeña, situada a unos 30 kilómetros al este de Bruselas y con una población que ronda los noventa mil habitantes, muchos de ellos estudiantes. Ese trayecto se recorre en apenas veinte minutos en tren desde la Estación Central de Bruselas, con una puntualidad realmente envidiable, como pude comprobar en este y otros trayectos realizados durante este último verano. 

Aunque los orígenes de la ciudad se remontan a un campamento levantado por Julio César, no fue hasta la Edad Media, gracias al boyante y próspero comercio de las telas, que la ciudad alcanzó una cierta notoriedad que se tradujo en la construcción de importantes edificios. Sin embargo, el nombre de Lovaina se convirtió en universal cuando el Papa Martín V y el Conde Juan de Bravante decidieron fundar en 1425 una universidad en aquel lugar, lo que la convierte en la universidad más antigua de los Países Bajos y la universidad católica más antigua del mundo.

En el siglo XVI  se convirtió en uno de los centros intelectuales más prestigiosos de Europa, y por sus aulas pasaron eminencias de la talla de Erasmo de Rotterdam  que ayudó a fundar el Collegium Trilingüe con la intención de promover el estudio del hebreo, del latín y del griego; Andreas Vesalio que se se graduó en Medicina en la Universidad de Lovaina; Gemma Frisius matemático, astrónomo y físico, que resolvió el problema del cálculo de las longitudes geográficas, el problema que durante siglos había inquietado a los navegantes; Gerard Mercator, el gran cosmógrafo del siglo XVI, estudió Matemáticas en sus aulas, precisamente con Gemma Frisius, de quien aprendió el movimiento de los planetas y la geometría clásica que luego le serían de tanta ayuda en la elaboración de su famoso mapa; o Adriano de Utrecht, que fue profesor de Filosofía, Teología y Ley Canónica, antes de ser proclamado Papa con el nombre de Adriano VI. Y así podríamos seguir con una larga lista.

La Universidad de Lovaina se convirtió, además, en uno de los bastiones intelectuales de la lucha contra la reforma protestante. Carlos V encomendó a su Facultad de Teología la tarea de inspeccionar todos los libros que se imprimían, y censurar aquellos contrarios a la doctrina oficial de Roma.

La influencia que la Universidad ejerce en la ciudad se percibe en cada paso que se da en ella, y le imprime un carácter que, salvando las lógicas diferencias, te recuerda a otras pequeñas ciudades universitarias como Santiago de Compostela o Salamanca.

En las guías de turismo de Bélgica ocupa un lugar importante, pero no tanto como otras ciudades más conocidas y promocionadas como Brujas, Gante o Amberes, pongo por caso. Es cierto que, si exceptuamos el soberbio Ayuntamiento, carece de las catedrales, grandes iglesias o museos de aquellas ciudades. Sin embargo, dispone de un magnífico conjunto urbano salpicado de pequeñas joyas arquitectónicas que van apareciendo ante tí, sorprendiéndote, a cada paso. Un tanto alejada de la mirada curiosa de las multitudes de turistas, el visitante puede deleitarse con un plácido paseo por sus calles, animadas por la presencia constante de estudiantes, incluso en agosto, pero que no restan ni la tranquilidad ni el sosiego necesario para apreciar la belleza de Lovaina, y ahí radica precisamente su encanto, haciendo de ella, como reza un folleto que recogí en la Oficina de Turismo, un tesoro de ciudad.

WHITNEY WARREN. Biblioteca de la Universidad Central (1921 - 1928), Lovaina.


Si como fue mi caso, llegamos a la ciudad en tren, podemos iniciar nuestro paseo desde la propia estación. Frente a ella se encuentra Bondgenotenlann, una importante calle comercial que nos conduce directamente al centro de la ciudad, a menos de 700 metros. A mitad de esta vía, si giramos por Koning Leopoldstraat, llegamos a Monseigneur Ladeuzeplein, donde podemos hacer nuestro primer alto en el camino para admirar la Biblioteca de la Universidad Central, visible desde lejos por la enorme torre que contrasta con la horizontalidad del edificio. La primera biblioteca había sido construída en estilo barroco en 1725 pero se destruyó durante un incendio en la Primera Guerra Mundial. Tras el fin del conflicto, se confió al arquitecto norteamericano Whitney Warren el nuevo edificio, quien adoptó los cánones historicistas y erigió un buen ejemplo de neorrenacimiento flamenco. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1940, la Biblioteca volvió a sufrir daños muy importantes que obligaron a su reconstrucción en 1947, siguiendo los planes y diseños de Warren.



Iglesia de San Pedro (siglo XV). Lovaina. A la izquierda vista de la cabecera, a la derecha, fachada principal.



Si reemprendemos nuestro camino por Leopold Vandekelerstraat, pasamos por delante del Colegio de San Ivo, y pocos metros más adelante llegamos a Fochplein, junto a la Grote Markt. Desde allí podemos admirar la cabecera de la Iglesia Colegial de San Pedro, sin duda su mejor perspectiva. El templo es una de las mejores muestras del gótico de Bravante. Se empezó a construir en el primer tercio del siglo XV, aunque tardaron más de doscientos años en concluirla. Unas excavaciones recientes han permitido descubrir una cripta románica correspondiente a una iglesia anterior levantada en el mismo lugar.

La fachada principal, con sus torres truncadas, dan la imagen de iglesia inacabada y su aspecto no se corresponde con la verticalidad propia del gótico. Al parecer, cuando se empezaron a levantar las torres se produjo un derrumbamiento al no soportar su peso los cimientos del templo. Luego, problemas económicos impidieron reemprender la obra, de ahí el aspecto que presenta, muy poco atractivo.


Ig. San Pedro (Lovaina). Púlpito barroco y reja gótica


Merece la pena pasar a su interior y apreciar la altura de las bóvedas de sus tres naves. En el centro de la nave central se alza un espectacular púlpito barroco en madera, en el que se cuenta la historia de la conversión de San Norberto, un noble alemán poco inclinado al fervor religioso, que vio su vida transformada al caer de su caballo fulminado por un rayo de luz, en una visión celestial que parece evocar la propia historia de San Pablo.

Otra de las joyas del interior la apreciamos en la reja gótica de finales del siglo XV. Sus recargados arcos conopiales, y su abundancia decorativa, nos sitúan en el gótico flamígero, y ponen un punto de contraste con la sencillez y limpieza de las bóvedas y muros. La reja es de proporciones considerables,  corta la nave central y la separa de la magnífica sillería del coro, obra de N. de Bruye. El coro y las capillas, transformadas en un museo de arte religioso, conservan obras de la importancia de La Última Cena, de Dirk Bouts.

Ayuntamiento de Lovaina (siglo XV)


La entrada sur de San Pedro se sitúa en la Grote Markt, frente al Ayuntamiento,  auténtica joya del gótico civil flamenco, una de las mejores muestras del estilo junto con los de Bruselas, Brujas o Gante. En su construcción intervinieron tres arquitectos, que se fueron sucediendo en el tiempo. El primero de ellos fue Sulpicius Van der Vort, a quien sucedieron, primero Jan Keldermans y luego Matheus de Layens, quien pasa normalmente como ejecutor del proyecto.

Es un edificio de tres plantas, con una profusa decoración escultórica propia del gótico flamígero, que ocultan casi por entero las líneas constructivas del edificio. Las esculturas que tapizan los muros, a ambos lados de los estrechos ventanales que los recorren de arriba a abajo, son de dos épocas diferentes. Las más antiguas son góticas y corresponden a escenas bíblicas. Las más recientes, en cambio, representan a dignatarios locales, políticos e intelectuales vinculados a Lovaina, como Erasmo o Luis Vives, y se añadieron en el siglo XIX.

 La verticalidad del conjunto se subraya por las cuatro torres situadas en cada uno de sus ángulos a las que hay que añadir otras dos en el tejado. Sin duda, el de Lovaina, es uno de los ayuntamientos más bellos del mundo.


Tafelrond (1927). Lovaina



Antes de abandonar la Grote Markt podemos sentarnos en algunos de los agradables cafés situados en los edificios barrocos y neoclásicos que la componen. Desde sus terrazas se puede admirar la belleza del conjunto y contemplar al fondo el edificio que llaman Tafelrond (La Mesa Redonda). El edificio original era gótico, obra de Matheus de Layens, uno de los arquitectos que intervino en el Ayuntamiento. El edificio actual se trata de una reconstrucción en estilo neogótico, del año 1927.


Aula Universitaria (Lovaina)

Continuamos con nuestro paseo por Naameestraat y nos topamos de inmediato, a nuestra derecha, con el Aula Universitaria. El edificio original estaba dedicado al comercio de paños, actividad que supuso la prosperidad de la ciudad en la Edad Media. Entonces sólo tenía una planta, la que podemos ver en estilo gótico (1317). En el siglo XVII se añadieron otras plantas para adecuarlo a las nuevas funciones cuando la Universidad adquirió el edificio. En la actualidad constituye la sede de la administración central de la Universidad Católica de Lovaina y está profundamente reformado aunque conserva algunos de sus hermosos arcos.

Si giramos a la izquierda en Standonckstraat, llegamos a Hogeschoolplein, una tranquila y recogida plaza en la que nos topamos de frente con el Colegio del Papa, uno de los más antiguos de la Universidad de Lovaina y que cuenta con una agitada historia a sus espaldas. En 1502, cuando Adriano de Utrecht ejercía de profesor en Lovaina, adquirió una casa propiedad de Gautier Van den Tymple que reformó en profundidad para convertirla en su residencia. Allí vivió hasta su marcha a España como consejero del emperador Carlos V. Años más tarde, y convertido ya en Papa con el nombre de Adriano VI, pocos días antes de su muerte en 1523, otorgó su testamento, en el que ordenaba que aquel edificio se convirtiera en un colegio para estudiantes de teología, lo que obligó a otra profunda reforma del edificio.


LOUIS MONTOYER. Colegio del Papa [cuerpo central de la fachada] (1776-1778). Lovaina


En 1775 el edificio sufrió un derrumbe parcial que afectó gravemente a sus instalaciones y se decidió practicar otra reforma, que se encargó a un arquitecto de prestigio, Louis Montoyer. La primera piedra del mismo la colocó el entonces presidente del Colegio, el doctor Thomas Lambert Ghenne el 18 de mayo de 1776. Dos años después se daban por finalizadas las obras de este precioso ejemplo de neoclasicismo.

El edificio forma un rectángulo que ocupa una superficie de unos siete mil metros cuadrados aproximadamente, que se articulan en torno a un patio interior que sorprende por su silencio y la serenidad que emanan sus proporciones.

La fachada exterior se articula en tres cuerpos. El central dispone de seis pilastras de orden colosal en estilo compuesto. El conjunto se remata con un frontón triangular. Los cuerpos laterales, en cambio, se cubren con frontones semicirculares y las pilastras, del mismo orden que las anteriores, se organizan en dos cuerpos en altura, el primero de los cuales descansa sobre un basamento rústico.


LOUIS MONTOYER. Colegio del Papa [patio interior] (1776-1778). Lovaina


En el año 1786 el emperador José II decidió destinar las instalaciones para Seminario General de la Universidad; más tarde, en los revolucionarios años que se sucedieron con la ocupación napoleónica, llegó a ser una sucursal del Hospital de los Inválidos de París. Durante la ocupación holandesa, el rey Guillermo I estableció allí el Colegio de Filosofía; y desde 1835 sirve de escuela de pedagogía para los estudiantes de Filosofía y Letras.

Hacemos aquí un alto en nuestro camino para retomar la ruta en unos días.

lunes, 29 de septiembre de 2008

J-A DOMINIQUE INGRES, "La gran odalisca"

Hace unos días Andrea, en un comentario, me preguntaba por la imagen que ilustra la cabecera de este blog. Le respondía entonces que era un cuadro del pintor francés Jean-Auguste Dominique Ingres, titulado "La gran odalisca", y que forma parte de los fondos del museo parisino del Louvre. Su interés me empuja a añadir algo más sobre uno de esos cuadros que no pasa inadvertido.

El cuadro lo pintó Ingres en 1814, durante su estancia en Italia. Fue un encargo de la reina de Nápoles, Carolina Bonaparte, la hermana de Napoleón, y constituye uno de los desnudos más atractivos de la historia del arte. Picasso, sobre quien influyó mucho la obra de Ingres, se sentía fascinado por él, y a su lado colgó Manet su "Olimpia".

Una cuestión recurrente en Ingres es si debe considerársele un pintor neoclásico o no. Aunque fue discípulo de David, y parte de su obra se entiende dentro del neoclasicismo, la complejidad y variedad de la misma no se ajusta en absoluto a los parámetros de aquel estilo. No hay más que ver desnudos como "La gran odalisca" o "La bañista de Valpinçon", para advertir en ellos un erotismo, una sensualidad y una calidez, ajenas por completo al sentido de la virtud y la frialdad de la pintura neoclásica. En sus desnudos hizo gala de una libertad formal, tan ajena al gusto académico imperante, que le acarreó numerosas críticas de los salones académicos donde exponía sus pinturas. Ingres, muy sensible ante cualquier contratiempo, derivó hacia otros temas más del gusto de la época con los que alcanzaría el éxito que buscaba. Sin embargo, ninguno de ellos transmiten la emoción de aquellos, que constituyen lo mejor de su obra, y en los que anticipa el romanticismo.

Ingres nos presenta a una odalisca en el ambiente voluptuoso y sensual de un harén o serrallo oriental. Todo el conjunto, minuciosamente estudiado y equilibrado, potencia el erotismo de la composición. La figura, fuertemente encajada en la línea, marca de la casa, se nos muestra sugerente, de espaldas, destapando su cuerpo entre ricos almohadones, delicadas sábanas y lujosos cortinajes. El rostro, levemente girado hacia nosotros, no muestra sorpresa pero sorprende nuestra mirada y nos hace sentir como un voyeur. El perfil imposible, con medio rostro oculto entre las sombras, subraya la sensación de misterio. La cuidada iluminación dorada unifica todo el conjunto.

Ingres era un declarado admirador de Rafael, de quien dijo:"Rafael no es solamente el más grande de los pintores: era el más bello, era bueno, ¡lo era todo!". Incluso en esta ocasión, en que su pintura se acerca intensamente a la erótica preciosista del manierismo, encuentra un hueco para evocar a su maestro, a través del turbante a modo de pañuelo, similar al que Rafael colocó en el retrato de su amante, "La Fornarina".

En la página del Louvre, podeis leer un buen artículo sobre esta obra de Ingres, en francés e inglés, y apreciar los detalles del cuadro en imágenes de alta resolución, que realmente merece la pena.


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