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jueves, 14 de febrero de 2019

Desnudos, Trento resucitado

PRAXÍTELES. Afrodita Altemps,
copia romana de la Afrodita de Cnido

Aprovecha uno estos primeros días de verano para hacer algunas de las cosas que ha ido aparcando durante el curso, así que comencé  hace unos días a ver una serie sobre Picasso que emitieron meses atrás en un canal de televisión. Al comienzo de cada capítulo aparece uno de esos rótulos que advierten que el contenido de algunas imágenes puede herir determinadas sensibilidades. Lo chocante en este caso es lo que dice la advertencia, y cito literalmente: “En esta serie aparecen obras de arte que pueden contener desnudos. Podrían herir la sensibilidad del espectador”. Así, tal cual. De cosas como esta se escandalizaban algunos, ni siquiera todos, en otros tiempos, pero ahora es sencillamente ridículo.

En Grecia, por ejemplo, los griegos veían con naturalidad la exhibición del cuerpo desnudo masculino en estatuas y relieves, sin embargo no ocurría lo mismo cuando se trataba de la mujer, de hecho, no encontramos un desnudo femenino integral en el arte griego hasta la fascinante Afrodita de Cnido (s. IV aC). La obra fue un encargo que hicieron a Praxíteles los ciudadanos de la isla de Cos. Según cuenta Plinio, el artista no sabía qué imagen de la diosa querían exactamente, así que hizo dos esculturas, una en la que mostraba el lado más sensual de la diosa y otra en la que aparecía cubierta por un velo, al modo tradicional. La gente de Cos se decantó por la segunda, ya que la primera le resultó demasiado escandalosa, sobre todo si tenemos en cuenta que sus mujeres tenían fama de vestir con túnicas muy ligeras y transparentes, por lo que los sacerdotes se mostraban preocupados y deseaban fomentar el decoro y la modestia entre sus conciudadanos. Así que fueron los habitantes de Cnido, una ciudad situada en la costa de Asia Menor en la que había tres santuarios dedicados a Afrodita, los que se quedaron con la atrevida y escandalosa obra de Praxíteles, sin saber entonces que gracias a ella el nombre de la ciudad se haría universal y eterno. La fama de la escultura se extendió por toda Grecia y a su santuario acudían peregrinos de todos las polis. Su popularidad hizo de ella la escultura más copiada y reproducida del mundo clásico, en multitud de versiones y variaciones.

También es harto conocido lo que ocurrió con los frescos del Juicio Final pintados por Miguel Ángel para la Capilla Sixtina. Aquella catarata de desnudos en el templo más emblemático del catolicismo no dejó de levantar una oleada de protestas y el genio florentino llegó incluso a ser acusado de herejía. Uno de los más ofendidos fue Biagio de Cesena, el maestro de ceremonias del Papa Pablo III,  del que dice Vasari que durante la visita del Papa a las pinturas “mantenía una actitud presuntuosa, lo acompañó y criticó la obra por los muchos desnudos que contenía; Miguel Ángel se quiso vengar de él retratándolo en el infierno, en la figura de Minos, entre una montaña de demonios”. Pero ahí se mantuvieron, impertérritos, hasta que llegó el Concilio de Trento y la ola de rigor y moralidad que impuso en la Europa católica, limitando los desnudos en el arte al ámbito mitológico. En la pintura religiosa se impuso la más estricta observancia de las Sagradas Escrituras, encargando al clero que vigilase con celo entiéndase censura su cumplimiento. La Contrarreforma, pues, trajo consecuencias para las pinturas de Miguel Ángel, de modo que Pablo IV encargó en 1559 al pintor Daniele da Volterra cubrir con unos paños los genitales de las celestiales figuras, lo que así hizo. Desde entonces se le conoce, con razón, como Il Braghettone (“el Calzones”). Incluso hubo quien quiso ir más allá, como el Papa Clemente VIII, que pretendió eliminar por completo los frescos, cosa que finalmente no se hizo por la firme oposición de la Academia de San Lucas, que logró disuadirle de semejante barbaridad. “Así pues, los Papas condenaban lo que otro Papa, apenas un siglo antes, había juzgado digno de la Capilla Sixtina”, sentencia E. Mâle.

MIGUEL ÁNGEL. Juicio Final (det.) (1537-1541), Capilla Sixtina, Roma

Inocencio X obligó a Pietro de Cortona a cubrir con unas telas el cuerpo desnudo de un Niño Jesús que pintara años antes el Guercino. Habrá que suponer quizás que la mirada torva y siniestra que inmortalizó Velázquez en uno de los mejores retratos de la historia, era también algo sucia. Inocencio XI, otro Papa, hizo lo propio con el pecho de una Virgen que Carlo Moratta debió cubrir algo más de lo que había hecho Guido Reni cuando la pintó.

Esta ola de ridículo pudor que invade el arte europeo después del Concilio, alcanzó también a los propios artistas, no sabemos si por temor a la poderosa iglesia católica o porque repentinamente, donde antes sólo veían la belleza del cuerpo humano, descubrieran ahora que en aquellos cuerpos desnudos se escondía una naturaleza pecadora. Así, por ejemplo, al final de su vida el escultor Bartolomeo Ammannati reniega de los espléndidos desnudos de algunas de sus obras de juventud en una carta dirigida a la Academia de Florencia, al tiempo que aconseja a los jóvenes artistas se abstengan de este tipo de representaciones; y el francés Philippe de Champagne, excelente pintor por otra parte, se negaba a pintar ningún desnudo. Pintura que por otro lado era demandada por las élites, como el rey Felipe II, que encargó a Tiziano las famosas poesías, en las que Venus se nos muestra en diferentes posturas y que hicieron las delicias de su nieto Felipe IV, muy aficionado a su contemplación.

TIZIANO. Venus recreándose en la música (h. 1550), Museo del Prado, Madrid

Y es que, en general, el desnudo ha sido objeto frecuentemente de escándalo. Hace poco recordaba una noticia sobre “La maja desnuda” que llamó mi atención cuando era un niño. En Cáceres, un cabo de la Policía Municipal pasó por delante de una librería donde se mostraba en el escaparate una reproducción del célebre cuadro de Goya. Indignado ordenó a la librera que lo retirara por obsceno y pornográfico. El suceso inspiró incluso una obra de café-teatro que se llamó "La Maja desnuda de Cáceres" y que se estrenó con gran éxito en Madrid. En ella la Maja se escapa del Prado con Velázquez y se dedica a recorrer la noche madrileña. La noticia se publicó el 4 de febrero de 1975. Franco aún vivía. Incluso en los estertores de la dictadura se consideraba absolutamente ridículo que un desnudo en una obra de arte fuera motivo de escándalo.

La Maja desnuda perteneció a Manuel Godoy, el Príncipe de la Paz, protegido de la reina María Luisa de Parma, muy protegido al decir de algunos. Según los testimonios de la época, delante de la Maja colgaba su pareja, La Maja vestida, y cuando el ministro quería sorprender y divertir a sus visitas, accionaba un mecanismo que la elevaba para mostrar la Venus desnuda que se escondía tras ella. La pintura, considerada escandalosa por la Inquisición, pasó a la Academia de Bellas Artes de San Fernando quien la mantuvo muchos años en una sala privada junto a otras, no accesible al público, hasta que en 1901 pasó a la colección del Museo del Prado.

F. GOYA, Maja desnuda (1795-1800). Museo del Prado, Madrid

En aquella época era habitual que los grandes museos europeos como El Prado, el Louvre, el Museo Británico y otros muchos, contasen con unas salas especiales, denominadas gabinetes secretos. Era allí donde encontraban asilo, escondidas y ocultas, las obras más incómodas o indecentes, a ojos de la moral de la época, entre las que ocupaban un lugar importante pinturas y esculturas desnudas como la Maja, además de otros turbadores objetos antiguos. El acceso sólo se permitía a personas con cierto conocimiento y dotados del permiso pertinente, como relata el escritor Merimée, que tuvo ocasión de visitarla. En el caso del museo madrileño, esta sala se ubicaba en el espacio que corresponde actualmente a las salas 64-67, y allí estuvieron reunidos mucho tiempo Rubens, Tiziano, Durero, Tintoretto y otros muchos. Algunos de estos gabinetes se hicieron muy famosos, como el del Museo de Nápoles, que tras diversas peripecias continúa existiendo actualmente, con la única restricción de que no se permite la entrada de menores de catorce años si no están acompañados de sus tutores o profesores.

Por cierto, la serie de Picasso de la que hablaba antes, me parece a mí que va a dejar bastante que desear. Ya veremos.


Publicado en CaoCultura el 11 de julio de 2018.

jueves, 12 de agosto de 2010

Goya en Cádiz

FRANCISCO DE GOYA. Autorretrato en el taller (1790). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid (Fot. Web Gallery of Art)


Durante el siglo XVIII, Cádiz terminó por convertirse en una de las ciudades más importantes y prósperas, no sólo de España sino también de Europa. El origen de esta riqueza hay que buscarlo en el tráfico comercial marítimo con las tierras del Nuevo Mundo, del que Cádiz participó desde el primer momento. De su puerto salió Colón en su segundo viaje, y en el cuarto también tocaría la flota las aguas de Cádiz. Desde entonces, los contactos entre ambas orillas del Atlántico serán constantes y profundos a lo largo de los siglos, definiendo su personalidad y su historia, hasta hoy.

Aunque la exclusividad del comercio indiano la tenía Sevilla, el protagonismo de Cádiz creció de modo imparable durante los siglos de la Edad Moderna, y culminó con el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz en el año 1717, una medida que venía a dar carácter de oficialidad a lo que de hecho venía ocurriendo desde hacía bastante tiempo.

Es ahora cuando la ciudad adquiere ante el resto de España y de Europa la imagen que la identifica como bulliciosa, alegre, plena de vida y movimiento. Su población alcanza los setenta mil habitantes, muchos de ellos españoles de diferentes regiones, además de una nutrida e importante colonia de extranjeros, integrada por franceses en su mayoría, pero también genoveses, irlandeses, flamencos, alemanes, suecos, ... Son estos los que conforman el grupo más genuino de su variopinta sociedad, la burguesía de negocios, tan escasa en España y tan abundante en Cádiz.

Los visitantes que llegan a la bahía, sobre todo los extranjeros, se sorprenden con una ciudad cosmopolita y culta, que a finales del siglo tenía más de veinte librerías, las mejor surtidas de España en libros extranjeros. Su caserío muestra magníficos edificios como la Aduana (hoy sede de la Diputación Provincial), el Hospicio, el Hospital de Mujeres, la Casa de las Viudas, la Casa de las Cuatro Torres, los cuarteles de San Carlos y la Bomba, la propia catedral y esa pequeña joya que es el Oratorio de la Santa Cueva.

Ningún edificio, probablemente, refleje mejor el esplendor de la ciudad que ese Oratorio, capaz de reunir en torno a él a dos de los genios más deslumbrantes de la época, el compositor Joseph Hadyn, que compuso por encargo de la Hermandad de la Santa Cueva "Las Siete Últimas Palabras de Cristo en la Cruz", y el pintor Francisco de Goya, a quien se encargó la decoración pictórica del templo.

Esta es la ciudad que encuentra Goya cuando recala en Cádiz por primera vez a finales de 1792. Aquel año, siendo ya miembro de la Academia, Goya sale precipitadamente de Madrid para Sevilla, sin desvelar sus motivos ni comunicar sus intenciones a la Academia, como era preceptivo en estos casos. Resulta cuanto menos sugerente pensar que su salida estuvo directamente relacionado con los sucesos políticos acaecidos en la corte y la relación del pintor con los círculos ilustrados.

Los sucesos revolucionarios de Francia unos años antes causaron el pánico en Carlos IV, que puso de inmediato freno a las reformas ilustradas llevadas a cabo por su padre Carlos III. La segunda consecuencia fue el alejamiento de Madrid de los políticos que las habían impulsado: Jovellanos es confinado en Gijón, Cabarrús en Valencia, los condes de Gálvez en Zaragoza, Ceán Bermúdez en Sevilla, ... Goya se ha quedado sin sus poderosos protectores en la corte. Para Jeannine Baticle no hay duda, no es que el pintor se vaya, sino que afirma que "en noviembre de 1792 Goya huye a Andalucía" y advierte que aunque no hay pruebas, si indicios suficientes para sospechar que Goya estaba mezclado en la intentona de salvar a Luis XVI de la guillotina en esa misma fecha, en la que participaron sus buenos amigos Cabarrús y la marquesa de Santa Cruz.


FRANCISCO DE GOYA. Retrato de Sebastián Martínez (1792). Metropolitan Museum of Art, Nueva York. (Fot. de Web Gallery of Art)


Tras encontrarse en Sevilla con su amigo Ceán Bermúdez, Goya cae enfermo de gravedad. Aunque se barajan una larga lista de diagnósticos como la intoxicación por el plomo de las pinturas (encefalopatía saturnina), sífilis, esquizofrenia, trombosis, síndrome de Vogt-Koyanagi-Harada, síndrome de Menière, malaria, etc., desconocemos qué padeció realmente.

Alarmado por el estado de salud de su amigo, Ceán toma la decisión de enviarlo a Cádiz, donde unos años antes se había creado el primer Colegio de Medicina y Cirugía de España, y donde impartían sus conocimientos algunas de las eminencias de la época, como el catalán Francisco Canivell y el italiano José Salvarezza. Aunque lograron salvarle la vida, no pudieron, sin embargo, evitar la sordera que ya le acompañaría de por vida.

En esta primera visita a Cádiz Goya se instaló en la casa de su amigo Sebastián Martínez, un comerciante riojano afincado en la ciudad que vivía en el número 69 de la calle de don Carlos (hoy Sacramento). En el espléndido retrato que Goya hizo de él le representa como lo que era, el prototipo de burgués culto e ilustrado. Aficionado al arte y a la literatura, poseía una importante biblioteca y una colección de más de trescientos cuadros, con obras de Tiziano, Guido Reni, Zurbarán, Murillo y Alonso Cano, entre otros, además de un importante número de estampas y grabados.

Poco a poco Goya mejora de sus dolencias, y en marzo de 1793 Martínez escribe a Zapater, el más íntimo amigo de Goya, que "los ruidos en la cabeza y la sordera no han mejorado, pero su vista está mucho mejor y no sufre los desórdenes que le hacían perder el equilibrio". El pintor regresará a la Corte en breve.

FRANCISCO DE GOYA. La Duquesa de Alba peinándose (1796). Álbum A o Cuaderno pequeño de Sanlúcar, Biblioteca Nacional de Madrid. (Fot. de wikipedia)


La segunda visita de Goya a Cádiz tendrá lugar en 1796 y hay que enmarcarlo en los tan comentados amoríos entre el pintor y María del Pilar Teresa Cayetana de Silva, 13ª duquesa de Alba. La fama del pintor entre los círculos aristocráticos madrileños llamó la atención de los duques de Alba y contrataron un encargo. La duquesa, según los testimonios de la época, era una mujer divertida, poco amante de las convenciones, bella y atractiva. Jean-Marie-Jerôme Fleuriot de Langle, un viajero francés de paso por España, fascinado por la duquesa escribe que "no tiene un sólo cabello que no inspire deseo". Goya la pintaría de cuerpo entero en dos ocasiones, el primer retrato es de 1795 y está en la colección de la Casa de Alba en el Palacio de Liria en Madrid, el segundo es de 1797 y se conserva en la Hispanic Society de Nueva York.



Cuando en junio de 1796 fallece José Alvarez de Toledo, duque de Alba, Goya se encuentra en Sevilla. Cayetana se refugia a pasar el luto por su marido en una de sus propiedades en Sanlúcar de Barrameda, y allí la visitará Goya, quien dibuja por esas fechas el llamado Álbum de Sanlúcar, en el que aparecen diferentes dibujos de la duquesa  en ambientes relajados y de cierta intimidad. 

Son esa visita y estos dibujos sobre todo, los que sustentan las especulaciones sobre una relación amorosa entre Goya y Cayetana, que no hacen sino aumentar con el tiempo a lo largo de todo el siglo XIX y después en el XX. Tampoco son ajenas a su difusión la literatura y el cine, siempre en busca de una buena historia romántica. En la mayor parte de los libros y biografías que pueden leerse de Goya, se dan como cosa segura y apenas se cuestiona. Recientemente, Manuela Marqués y G. Mühle-Maurer han cuestionado seriamente la naturaleza de esa relación, calificando el supuesto amorío como una vulgar leyenda y afirmando que "no existe indicio alguno contemporáneo de esa relación, sino por el contrario, testimonios seguros del amor de la dama a su marido" (M. Mena, Catálogo de la exposición Colección Casa de Alba, 2009)


Es probable que tengan razón pero no tendría nada de particular tampoco que Goya, que rozaba la cincuentena, se sintiera fuertemente atraído por la joven aristócrata de treinta y tres años y terminara enamorándose de ella. Es significativo que el segundo retrato de Cayetana, hoy en la Hispanic Society de Nueva York, estuviera en poder del pintor hasta su muerte, y que nunca quisiera desprenderse de él.


 TORCUATO BENJUMEDA. Capilla alta del Oratorio de la Santa Cueva, Cádiz (1796). (Fot. de Dick and Jane Travel)


Durante la estancia en Sanlúcar, según nos cuenta Moratín, Goya vuelve a enfermar y decide acercarse a Cádiz para ser atendido por los mismos médicos que ya lo habían hecho unos años antes. Probablemente fue ahora cuando el Marqués de Valdeiñigo, a través de Sebastián Martínez, hizo a Goya el encargo de unas pinturas para la Santa Cueva que había hecho construir a los arquitectos Torcuato Cayón y Torcuato Benjumeda.


Las pinturas de Goya para la Santa Cueva de Cádiz vienen a sumarse a las escasas aportaciones del aragonés al arte religioso, y menos conocidas que otras intervenciones suyas en espacios religiosos San Antonio de la Florida, la Cartuja del Aula Dei, el Convento de Santa Ana de Valladolid, la iglesia de San Francisco el Grande o la capilla de San Francisco de Borja en Valencia. De hecho, en algunas publicaciones importantes sobre el pintor como la cronología elaborada por Gary Tinterow para la exposición "Goya y el espíritu de la Ilustración" de 1988, ni siquiera se las menciona. 


El traslado de las pinturas a Madrid en 1999, con motivo de su restauración por los especialistas del Museo del Prado, fue una extraordinaria oportunidad para dar a conocer fuera de Cádiz estos magníficos lienzos y una ocasión única para ver de cerca las pinturas, que permitieron a muchos disfrutar de unas "obras mayores de Goya, de factura maravillosamente suelta, bellas centímetro a centímetro, y exponentes de su versatilidad y genio artístico", como recogía Elena Vozmediano en su crónica para El Cultural, en abril de 2000.

FRANCISCO DE GOYA. La Santa Cena (1796) Santa Cueva, Cádiz (Fot. de albTotxo)


El conjunto está formado por cinco óleos sobre lienzo con forma de semicírculo, cuatro de ellos encajados bajo los arcos, y uno sobre la sobrepuerta. En ellos se desarrolla un programa iconográfico centrado en la Eucaristía que complementa el resto del templo. Tres de esas pinturas: La Santa Cena, La multiplicación de los panes y los peces y La parábola de la boda del hijo del rey, son obras de Goya. Las otras dos, La recogida del maná y Las bodas de Caná, las pintaron respectivamente José Camarón y Zacarías Velázquez, dos de los discípulos del maestro.

Los hermanos Juan y Alonso de la Sierra encuentran en estas pinturas la pervivencia de las formas rococó y neoclásicas por lo que se refiere al colorido, pero la composición y la técnica abocetada, ponen ya de manifiesto la modernidad de Goya. Hay quien habla incluso de técnica impresionista, como Isabel Claver Cabrero (Goya en la Santa Cueva, en Goya y la Santa Cueva. 250 aniversario del nacimiento de Goya, 200 aniversario de la inauguración de la Santa Cueva. Cádiz 1997)

En La Santa Cena Goya dispone a los apóstoles sentados unos y semitendidos otros, en torno a una mesa baja, que por momentos parece recordar a un triclinium romano. Para esta composición poco habitual, debió inspirarse en Poussin o quizá en grabados antiguos españoles de Prado y Villalpando, o quizá flamencos .

FRANCISCO DE GOYA. La multiplicación de los panes y los peces (1796) Santa Cueva, Cádiz (Fot. de albTotxo)


En la escena que narra el milagro bíblico de la multiplicación de los panes y los peces, escribe Isabel Claver:

"Goya humaniza y actualiza la escena, mezclando indumentarias reales y convencionales. Cristo ocupa el centro del cuadro, marcando una línea vertical que se conjuga en una acertada composición con líneas horizontales,señaladas por los panes apoyadas en el lienzo blanco, brazos que muestran la bandeja de los peces, otras manos que cruzan, el brazo de Cristo ...


Las figuras, muy realistas, están ejecutadas con pincelada vigorosa, algo más ajustada en los protagonistas del milagro, más libre en las figuras de la muchedumbre tumultuosa al fondo del cuadro. Esta "multitud sin rostro" tan goyesca nos recuerda otras multitudes en El motín de Esquilache de 1770, en la maravillosa Pradera de San Isidro de 1778, las masas de espectadores de algunas de sus escenas taurinas, etc. En la pintura de Cádiz la multitud está magistralmente trazada a base de manchas de todos los colores entre las que destaca con radiantes pinceladas el color blanco. Son manchas que se superponen, se unen, se separan y consiguen crear esa sensación indudable de multitud viva y humana".

FRANCISCO DE GOYA. La parábola de la boda del hijo del rey (1796) Santa Cueva, Cádiz (Fot. de albTotxo)


En La Parábola de la boda del hijo del rey, se inspira en un pasaje del evangelio de Mateo, en el que se expulsa a un comensal del banquete por no ir vestido de manera apropiada. Goya se vale de una gran teatralidad para representar el episodio. Probablemente es el que tiene un mayor eco del romanticismo y debió ser el último de los tres en pintarse, considerando la soltura de la pincelada.

Sin duda, estos meses de verano son una buena oportunidad para acercarse a Cádiz y conocer, los que todavía no han tenido la oportunidad de hacerlo, este magnífico edificio y las pinturas de Goya.

viernes, 4 de julio de 2008

"El Coloso", ¿de Goya o de Asensio Juliá?

Recientemente el mundo del arte se ha visto sacudido por una noticia inesperada, sorprendente y no demasiado habitual: el Museo del Prado ya no cree que "El Coloso" sea obra de Francisco de Goya, sino de Asensio Juliá. Otros expertos, en cambio, como Nigel Glendinning, mantienen lo contrario. Con esta noticia, la pintura se añade a una lista en la que figuran las "Pinturas negras" y "La lechera de Burdeos", sobre las que también planean dudas si son o no obra del aragonés.
Al hilo de ello, se me plantean dos cuestiones. La primera, ¿cómo afecta esto a la consideración de Goya como pintor?. El asunto tiene una importancia que va más allá de las propias obras en sí. Uno de los rasgos que siempre se ha destacado en la obra de Goya es su carácter de genio precursor, de pintor moderno, de artista que se anticipa no sólo a su tiempo, sino a muchas de las corrientes que renovaron el arte a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. De las "Pinturas Negras" se dice que anticipan el expresionismo, y de "La lechera de Burdeos" que hace lo propio con el impresionismo. En mi opinión, si finalmente las dudas se confirmasen, y se concluyese que alguna o todas estas obras no salieron de los pinceles de Goya, no por ello dejará de ser el extraordinario pintor que es, pero sí que habría que revisar ese carácter de precursor, y su figura, probablemente, quedaría algo disminuída.
La segunda, ¿dejarán de ser las grandes obras que los expertos han proclamado siempre si ya no son de Goya?, es decir, ¿se trata de una cuestión de marca, de nombre? El hecho de que sean o no de Goya, no debería condicionar su indiscutible calidad artística. La propia Manuela Mena, responsable de la colección Goya del Museo del Prado, y una de las expertas que ahora dudan de la autoría de "El Coloso", se refiere a ella, en el Catálogo de la exposición "Goya y el espíritu de la Ilustración" (1988), como una de las imágenes más dramáticas, poéticas y misteriosas del período de madurez de Goya; destaca su belleza pictórica y su fuerza enigmática; y concluye calificándola de obra maestra y añadiendo: "el lienzo es admirable por la extraordinaria seguridad de su toque, a golpes de espátula o de pincel, rápidos y nerviosos, de una precisión y energía singulares". A la vista de lo que entonces escribía, sorprende ahora el calificativo que aplica a la pintura de "pastiche", término que en arte se entiende como imitación desprovista de gracia, o bien, obra en la que se mezclan diversos estilos y cánones componiendo un todo poco airoso (FATÁS, G. y BORRÁS, G., Diccionario de términos de arte y arqueología).
Si estas pinturas eran entonces extraordinarias, no van a dejar de serlo ahora porque las firmen otros pintores. En cualquier caso, será a sus autores a quienes habrá que empezar a valorar de otra forma y a nuestra propia pintura del siglo XIX.

Para leer algo más sobre la noticia, podeis acudir a los siguientes enlaces, en uno aparecen desgranados los argumentos de los expertos del Prado en contra de la autoría de Goya, y en el segundo es Nigel Glendinning quien afirma lo contrario.
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