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jueves, 13 de febrero de 2020

"La balsa de la Medusa", la tragedia convertida en arte

THÉODORE GERICAULT, La balsa de La Medusa, 1819. Museo del Louvre, París. Fot. wikipedia

El 17 de junio de 1816, a las siete de la mañana, cuatro veleros se hicieron a la mar desde la rada del puerto de la Isla d’Aix, frente a las costas de Rochefort, en la desembocadura del Charente. En pocos minutos, empujados por una alegre brisa del norte, doblaron la isla de Oléron y dejaron de verse sus velas desplegadas al adentrarse en las aguas del Atlántico. Un año antes, la pequeña isla había acogido los últimos días en Francia de Napoleón antes de partir para el exilio. Precisamente la derrota del emperador en Waterloo estaba en el origen de esta flotilla con destino a Senegal. El territorio pasaba de nuevo de manos británicas a francesas como parte de los acuerdos del Congreso de Viena y a las autoridades le urgía hacer efectiva su presencia en aquellas latitudes. Los 365 pasajeros que iban a bordo eran pues, autoridades, mandos militares  y tropas que iban a tomar posesión de la colonia, y un pequeño grupo de civiles. Al mando de la escuadrilla iba Hugues Duroy de Chaumareys, un inexperto oficial monárquico de la marina, que llevaba veinticinco años sin navegar, cuyo principal mérito había sido huir de Francia al estallar la Revolución y regresar tras la Restauración borbónica para recuperar el grado de capitán de fragata y obtener el mando de La Méduse.

La travesía transcurría sin grandes sobresaltos para cada uno de los barcos, que navegaban ya separados unos de otros. A primeros de julio, cruzaban el Trópico de Cáncer y poco tiempo después avistaban las costas de lo que hoy es Mauritania.  La Méduse se adentró entonces en las aguas del banco de Arguin sin tomar las suficientes precauciones para navegar sobre los peligrosos fondos rocosos y arenosos de aquellas aguas y, desatendiendo las advertencias de los marinos más experimentados, terminó encallando. A pesar de los intentos por reflotar la fragata, la dificultad de la maniobra, el mal tiempo y los vientos, hicieron inútil cualquier esfuerzo. A partir de ese momento empezó a gestarse la tragedia.

T. GERICAULT, Estudio para "La balsa de la Medusa", Museo del Louvre, París
Fot. wikipedia

A bordo de La Méduse viajaban 240 personas, un número considerablemente superior a la capacidad de los seis botes salvavidas de los que disponía por lo que, después de sopesar la situación, y advirtiendo que la fragata empezaba a hundirse, se decidió llevar a cabo un plan propuesto por el gobernador de Senegal, impaciente por llegar a la colonia, y que pasaba por construir una balsa con los mástiles y las vergas del buque naufragado, para llegar a la costa y formar una caravana que llegase por tierra a Saint-Louis, en Senegal.

La evacuación de la fragata fue un auténtico caos. A los botes subieron las autoridades y sus familias, los privilegiados podríamos decir. Se impidió además, fusil en mano, que nadie más lo hiciera, aunque los botes estaban por debajo de su capacidad. Un grupo de personas incluso se negó a abandonar la fragata. A la balsa, por el contrario, subieron 150 pasajeros, apretados,  sin espacio para moverse, ni apenas víveres para no ocupar sitio. La plataforma se hundía por el peso, y en la parte delantera y trasera el agua les llegaba hasta la cintura. Se trató de remolcar la balsa desde los botes con unos cabos, pero el avance era extraordinariamente lento, casi no se movían. Finalmente, las cuerdas se soltaron, probablemente de manera intencionada como sostuvieron los supervivientes, y los náufragos, incrédulos, se vieron abandonados a su suerte en medio del océano.

La Balsa de La Medusa expuesta en el Museo del Louvre. Fot. wikipedia

Todo lo que sigue a partir de ahora es una sucesión de episodios de una violencia, de una crueldad y barbarie que sólo alcanza a comprenderse en situaciones al límite de la supervivencia. Pronto estalló un motín a bordo, y  hubo numerosos muertos, heridos y hombres caídos o arrojados al mar.  Sedientos, hambrientos, arrastrados por  la fuerza del mar, la desesperación se apoderó de los supervivientes y algunos empezaron a comer la carne de los cadáveres que quedaban en la balsa. Después de trece días navegando a la deriva en estas terribles condiciones, y cuando ya no quedaban esperanzas, uno de los barcos de la flotilla, el Argus, encontró la balsa con quince supervivientes, cinco de los cuales murieron poco después, ya en tierra. Sólo diez llegaron a Francia.

Los detalles de la historia se conocieron al filtrarse a la prensa el informe de uno de los supervivientes, el joven cirujano Jean-Baptiste Sevigny. El gobierno le responsabilizó de la filtración y hubo de abandonar la Marina. Otro de los supervivientes fue el ingeniero Alexandre Corréard, que quedó con graves secuelas físicas y mentales tras el rescate y muy molesto con el gobierno que le compensó con una cantidad irrisoria el  costoso material perdido en el naufragio. Furiosos, decidieron publicar en forma de libro el informe publicado en el Journal des débats. En él hacen un relato de las miserias y calamidades padecidas, de una crudeza descarnada en algunos pasajes, justificada por sus autores por la necesidad de aportar un relato veraz de lo sucedido, por encima del estilo o la calidad literaria del mismo. Quizá en eso mismo radique el éxito de la obra, cuyas ediciones se suceden y le convierten en un best-seller de la época. Pero también en un escándalo político de grandes dimensiones en el que el gobierno de la Restauración borbónica era señalado como responsable directo al haber purgado de la Marina a los expertos oficiales napoléonicos y sustituirlos por inexpertos e incapaces oficiales aristócratas.

T. GERICAULT, Estudio para La balsa de La Medusa. Museo del Louvre, París. Fot. wikipedia
Por aquel tiempo Gericault frecuentaba el estudio de su amigo el pintor Horace Vernet, conocido como un conspicuo centro social en el que se daban cita un variado grupo de personajes unidos por su desafecto a la Restauración monárquica. En ese ambiente alumbra en 1818 la idea de componer un cuadro en el que dar a conocer la historia del naufragio.

Para pintarlo Gericault se documentó “con la severidad, la persistencia y la minuciosidad que encontraríamos en un juez de instrucción”, como escribió Clement (1872): encontró al carpintero de La Méduse para que le construyese una maqueta de la balsa para poder reproducir los detalles, viajó hasta Le Havre para estudiar los cielos marinos y el movimiento de las olas, se mantuvo en contacto directo con Sevigny y Corréard que posaron además como modelos Sevigny es el náufrago que figura al pie del mástil, y Corréard el que tiende sus brazos hacia el Argus, por cierto, también posó como modelo su amigo Delacroix—, además de los innumerables estudios y bocetos que preparó antes de abordar la obra.  Las grandes dimensiones del cuadro, más de siete metros, le obligaron también a cambiar su taller en la rue des Martyrs por otro estudio más grande, próximo al hospital Beaujon que empezó a frecuentar para familiarizarse y conocer de primera mano las fases del sufrimiento y sus efectos sobre el cuerpo humano.

Todos estos esfuerzos, sin embargo, iban a resultar frustrantes para Gericault, no por el resultado del lienzo, considerado luego como una de las obras cumbres del movimiento romántico, sino por la mala acogida que tuvo en el Salón de París de 1819, que como es sabido, era la medida del éxito para los artistas de la época. La mayoría de los críticos fueron despiadados en su apreciación de la obra, como lo fueron también con otra de las obras presentadas aquel mismo año, La Gran Odalisca, la maravillosa pintura de Ingres. Cabe deducir sin mucho esfuerzo, que los críticos, sometidos todavía a la tiranía impuesta por David en los años precedentes, no estaban preparados aún para la irrupción de los jóvenes pintores del romanticismo y la rebeldía innata de sus pinceles. Acostumbrados a los cuadros de historia con pocos personajes, ordenados y con un mensaje claro de virtud, no podían más que ver en la balsa de Gericault un revoltijo de cuerpos desordenados, mal iluminados y carentes de cualquier actitud heroica, incapaces de comprender el profundo clasicismo que lo inspira.

En realidad, los ataques recibidos por Gericault en el Salón no eran sólo artísticos, sino también políticos. Para empezar, el cuadro se exhibió bajo el título “Escena de un naufragio”, sin mención alguna a La Méduse para evitar cualquier polémica, lo que fue inútil, porque todo el mundo conocía perfectamente y daba por sentado cuál era la historia que se contaba. Las críticas eran un fiel reflejo de la ideología de cada uno de los periódicos en las que se publicaban, de modo que, mientras los ultras veían la pintura como un ataque directo al gobierno y a la monarquía y por tanto la rechazaban, los liberales, en cambio, la elogiaban por lo mismo, como Michelet, y veían en la balsa a la propia Francia, mal gobernada y en riesgo de naufragio.
THÉODORE GERICAULT, La balsa de La Medusa, 1819. Detalle
Museo del Louvre, París. Fot. wikipedia

El propio Gericault lo explica amargamente en una carta a su amigo Mussigny: “En fin, he sido acusado por cierto Drapeau Blanc de haber calumniado a todo el Ministerio de Marina. Los miserables que escriben semejantes tonterías no saben sin duda lo que es ayunar catorce días, porque sabrían entonces que ni la poesía ni la pintura son capaces de devolver suficientemente el horror de todas las angustias en las que se vieron hundidas las personas de la balsa”. Gericault no sólo no obtuvo ningún premio en el concurso, sino que su obra ni siquiera figuró entre las muchas que el estado solía comprar en aquellas ocasiones, a pesar de que el cuadro fue la auténtica estrella del Salón, como se recoge tan gráficamente en la crónica de Le Journal de Paris, “Il frappe et attire tous les regards”.

Desmoralizado, Gericault  llega a plantearse incluso dejar de pintar, abandona Francia y marcha a Inglaterra e Irlanda donde el cuadro alcanza un gran éxito en todas sus exhibiciones. Allí va a protagonizar un intento de suicidio que algunos biógrafos relacionan con el estado de ánimo que le produce el rechazo del cuadro, pero que probablemente están más relacionados con el nacimiento de su hijo Hypolitte Georges, fruto de una relación prohibida con la mujer de su tío, entregado en adopción para evitar el escándalo y del que tardó mucho en conocerse su existencia.

El cuadro figura hoy entre las joyas del Museo del Louvre desde su adquisición en 1824, pero Gericault, muerto prematuramente ese mismo año, no llegaría a verlo. Fue el empeño personal del director del Louvre, Auguste de Forbin, el que logró vencer las resistencias del gobierno para pagar los 6.000 francos que costaba el cuadro que tan duramente le criticaba, convencido como estaba que “ningún pintor desde Miguel Ángel, sin excepción, ha hecho sentir el género terrible de una forma más potente que el difunto Gericault”.

Este articulo se publicó en CaoCultura el 8 de junio de 2018

sábado, 2 de junio de 2018

Delacroix en Cádiz

En su incansable labor investigadora, el profesor D. Juan Antonio Vila Martínez ha identificado correctamente como un patio gaditano, una acuarela que el pintor francés Eugène Delacroix pintó durante su estancia en Cádiz en 1832, y que hasta el momento se tenía catalogada erróneamente como un patio marroquí.  Aprovechamos para darle las gracias por haber elegido Línea Serpentinata para dar a conocer esta investigación.


DELACROIX EN CÁDIZ


Juan Antonio Vila Martínez
Dr. en Historia por la UCA

Uno de los elementos urbanísticos más definitorio del paisaje urbano de  la ciudad de Cádiz son las torres miradores. Parece que comenzaron a construirse en el siglo XVII como complemento tolerado en las azoteas de las casas burguesas gaditanas para servir de vigía del trasiego de barcos en el amplio horizonte atlántico. Su máximo crecimiento coincidió con el amplio avance de edificaciones que provoca el monopolio comercial con América especialmente a partir del paso de la Casa de la Contratación desde Sevilla a Cádiz en 1717. Su final se sitúa en las Ordenanzas Municipales de 1792 que las prohíbe considerándolas "parte inútil de los edificios destinada al entretenimiento y la curiosidad y no a la comodidad y uso de las casas”  y que además “producen varios perjuicios al público, pues quitan la luz y la ventilación; hacen sombrías las calles; maltratan y sobrecargan los edificios y son terribles sus ruinas en los temblores de tierra, y otros tristes acontecimientos a que está expuesta esta ciudad”. 

La maqueta de la ciudad construida pocos años antes de la prohibición nos muestra hasta 160 ejemplares estando censadas en la actualidad todavía 133 en pie. Mayoritariamente se encuentran en la parte norte y oriental de la ciudad. A pesar de su singularidad no disponen de ningún tipo de protección patrimonial específico detectándose muchas en un estado deficiente de conservación. 

En 1832 visitó la ciudad Eugène Delacroix. Después de participar en una legación diplomática con el sultán de Marruecos parte de Tánger el 10 de mayo para realizar una visita al sur de España. El desembarco en el puerto gaditano se dilata hasta el 17 de mayo por encontrarse la ciudad en cuarentena debido a una epidemia de cólera. Por suerte el pintor galo realizaba metódicamente en sus diarios comentarios sobre sus viajes y sabemos que se hospedó en un Albergue Francés situado cerca de la Plaza de San Francisco.  

E. DELACROIX, Una plaza en Cádiz (1832). Acuarela, 20 x 30 cm
Museo de Grenoble

Dos elementos impresionaron al pintor: de una parte la luz y el color del cielo gaditano que completó con la fascinación por las torres miradores. La estancia en la ciudad fue breve pues junto a sus acompañantes partieron hacia Sevilla con el deseo de conocer también la obra de Murillo. En Cádiz pintó al menos dos pequeñas acuarelas de 20 x 30 centímetros aproximadamente que conservó hasta su muerte acaecida en 1863. El destino hizo que ambas quedasen incorporadas en un amplio lote de sus producciones que fueron subastadas en 1864. Los autores del catálogo realizaron en ambas una transgresión geográfica que durante siglo y medio ocultaron su origen gaditano. La primera quedó titulada como "Une rue à Seville" y fue adquirida por el pintor Alfred Bellet du Poisat que en en 1883 la donó al Museo de Grenoble modificando su título por "Place à Seville”. Entre los años 2011 y 2012 estuvo expuesta en Madrid y Barcelona como "Vista de una ciudad". En 2016 los hermanos Alonso de la Sierra en el catálogo de la exposición del Museo de Cádiz "Museo y Convento" que conmemoraba el 450 aniversario de la Cofradía de la Vera Cruz incluyeron la obra que por fin ubicaba correctamente la obra dentro de la Plaza de San Francisco de Cádiz. En la actualidad y hasta mediados de junio de 2018 el Museo de Grenoble incluye la obra en la exposición de "Delacroix a Gauguin" que se abrió en abril pasado ya con el título de " Une Place à Cadix".  


Plaza de San Francisco de Cádiz en la actualidad

Valerie Legier, conservadora Jefe del Museo de Grenoble, en el catálogo de ésta exposición además de certificar que se trata de la plaza gaditana nos señala la utilización de una doble perspectiva que realiza Delacroix para la composición. Como se observa permite cambiar la posición de la pared donde se encuentra la portada barroca de la derecha para poder ubicar en el fondo la silueta de los edificios que se sitúan al fondo de la segunda parte rectangular de la Plaza. 

La curiosa confusión de esta obra me llevó a buscar otras obras realizadas ese mismo año por Delacroix. Además de los cuadernos realizados en su viaje por Marruecos encuentro una imagen que me resulta familiar por la presencia de torres miradores pero que queda titulada como “Intérieur de Cour au Maroc”. Curiosamente también estuvo expuesta en España en el año 2000 en el Museo Thyssen de Madrid. En su ficha histórica aparecía como obra integrante del catálogo arriba mencionado de 1864 bajo el título "Etude d´architecture moresque".  

E. DELACROIX, Interior de un patio en Cádiz (1832). 
[Identificada erróneamente hasta la fecha como Interior de un patio en Marruecos
Acuarela 21,5 x 27,5 cm. Colección particular


La acuarela de tamaño muy semejante a la anterior (21.5 x 27,5 cms.) fue adquirida en las últimas décadas del siglo XX por el galerista judío polaco Jan Krugier que fue liberado por las tropas aliadas del campo de concentración de Auschwitz y que fue marchante artístico de Marina Picasso, la nieta del pintor malagueño. Conocedor del mercado del arte europeo pasó de galerista a coleccionista comprando un conjunto de obras que quedaron custodiadas en una Fundación en la ciudad suiza de Ginebra. La intuición me llevaba claramente a señalar que esta obra también era gaditana. Juan Alonso de la Sierra, recientemente jubilado de la dirección del Museo Provincial de Cádiz, que la había visto en Madrid también era de la misma opinión. ¿Pero dónde?.
    
Vista aérea actual del emplazamiento de la finca en la calle Beato Diego de Cádiz. Google Maps

En un trabajo casi detectivesco, el "Aubergue Française" que mencionaba en su diario debía estar cercano a la Iglesia de San Francisco. Con ayuda de los vecinos de la Plaza de San Francisco, que me permiten subir a sus azoteas, encuentro esa torre de la izquierda de la composición que no se observa desde la calle pero que se alza majestuosa como un minarete en medio de la manzana formada por la Plaza y la calle San Francisco, Beato Diego y Rafael de la Viesca. Como se puede demostrar con la foto que he sacado de Google Maps el patio debe corresponderse con el que se observa en la parte más baja que coincide con San Francisco número 6. Pero ¿dónde está la torre mirador de la derecha?. Por mucho que busco la estructura rectangular blanca con lineas de pintura almagra no aparece. Si encuentro una cubierta rectangular de parecido tamaño cubierto por uralita en la parte superior de la llamada "Casa del Pirata" que también se ve en la foto cenital de arriba en la parte derecha en color gris. 

Aspecto actual de la torre mirador

Buscamos información y efectivamente la "Casa del Pirata" de la calle Beato Diego fue ampliamente transformada varias décadas después de que fuese pintada por Delacroix y parece que la torre garita fue desmochada, como se puede observar en la foto que obtengo desde un punto de vista muy semejante al de la composición del pintor. Con la complicidad de los vecinos de la finca queda confirmada que la obra se realizó desde este lugar.  

Más concretamente desde el segundo piso pero como se puede ver desde esta posición el patio ha sido ampliamente transformado y la elevación del pretil de la azotea nos impide ver las pequeñas ventanas dos en una cara y una en la más frontal a la posición del artista que ahora quedan ocultas por el pretil. Las ventanas como se observan en la parte frontal han sido ampliadas y en la parte derecha se ha ocupado la parte descubierta que aparece en la acuarela con una valla de madera para cubrirse formando una habitación con galería acristalada. También puede observarse en la foto una escalera metálica que permite el acceso a la azotea.  

Aspecto actual de las torres y el patio
Ya que los vecinos me permitieron el paso, subí a la azotea para realizar desde la parte superior del tercer piso unas fotografías de la esbelta torre de la izquierda, por desgracia claramente abandonada, y a la derecha la desmochada torre de la “Casa del Pirata” por lo que conocemos también en un estado de evidente deterioro. Cualquier ciudad del mundo si tuviese estas construcciones probablemente las tendrían en mayor consideración, por ahora nos queda la divulgación para su conocimiento. 

Delacroix nos permite a través de esta obra conocer una de la treintena de torres desaparecidas en la ciudad. Valerie Legier nos señala igualmente que el análisis del cuadro de la Plaza de San Francisco sufrió una exposición elevada al sol que oscureció la pintura que debió tener un colorido muy semejante al observado en la composición del patio. No sería descabellado pedir que algún día ambas acuarelas sean expuestas conjuntamente en el cercano Museo de Cádiz, antes tendríamos que encontrar la del Patio de la Calle San Francisco número 6. Jan Krugier, su antiguo propietario falleció en 2008 y gran parte de su colección fue subastada en 2013. Aunque estamos siguiendo su pista no conocemos quién es su actual propietario. 

BIBLIOGRAFÍA 
  • Delacroix, Eugenè: Viaje a Marruecos y Andalucía, Palma de Mallorca, José J. Olañeta (editor), 2012 
  • De la Sierra Fernández, Juan Alonso: Las Torres Miradores de Cádiz, Cádiz, Caja de Ahorros, 1985. 

Juan Antonio Vila Martínez. Profesor de Historia. Cádiz.

sábado, 1 de septiembre de 2012

JOSÉ CASADO DEL ALISAL. La rendición de Bailén

JOSÉ CASADO DEL ALISAL. La rendición de Bailén (1864). Museo del Prado, Madrid.


A lo largo de los siglos XVIII y XIX se desarrolló en toda Europa, con gran éxito, la pintura de historia, hasta el punto que la representación de los temas del pasado se convirtió en el más importante de los asuntos del arte académico. Gran número de artistas se valieron de ellos para participar en los concursos y exposiciones a través de las cuales se promocionaba su carrera. Así pues, la nómina de obras neoclásicas, románticas y realistas de asunto histórico es muy extensa. Como ocurría con casi todo lo que rodeaba el arte oficial, también la pintura de historia se sujetaba a unas estrictas normas sobre las formas y maneras de representar estos temas, recogidos en los libros que manejaban los aspirantes a artistas en los centros académicos, como fue el caso del "Manual del pintor de historia" de Francisco de Mendoza.

En el caso de España, el género tiene sus antecedentes en el siglo XVIII, en algunas obras de Lucas Jordán, Vicente López y algún otro, pero tendrá su época dorada  durante los escasos treinta años que transcurren entre la segunda mitad de los años cincuenta y finales de los ochenta del siglo XIX. Al éxito contribuyeron de manera destacada, en primer lugar, las exposiciones nacionales, en las que más de las dos terceras partes de las obras premiadas eran cuadros de historia; en segundo lugar, las oposiciones para obtener las ansiadas pensiones en Roma y París, donde los artistas podían completar su formación, y que incluían este género entre los temas a tratar por los aspirantes; y, en tercer lugar, también las becas que otorgaban administraciones como ayuntamientos y diputaciones a los artistas. Sin duda, el Estado se valió de este tipo de obras para exaltar el nacionalismo decimonónico, ya que de hecho se convirtió en prácticamente el único cliente de estas pinturas, generalmente de enormes dimensiones.


JOSÉ CASADO DEL ALISAL. El juramento de las Cortes de Cádiz (1862). Congreso de los Diputados, Madrid.


Uno de los pintores más destacados del género fue el palentino José Casado del Alisal (Villada, 1832 - Madrid, 1886), con obras como "Últimos momentos de Fernando IV el Emplazado", "La campana de Huesca", "El juramento de las Cortes de Cádiz" y "Batalla de Clavijo". Discípulo de Federico Madrazo, fue, en palabras de Benito Pérez Galdós, uno de los artistas más brillantes de su generación. Completó su formación, primero en Roma, donde llegó a ser director de la Academia Española de Bellas Artes, y luego en París, donde pintaría "La rendición de Bailén", su obra más importante. Pero Casado del Alisal no fue sólo un pintor de historia, cultivó también el retrato, género en el que plasmó algunos de los personajes más relevantes del siglo XIX, como Espartero, Isabel II, Alfonso XII, Sagasta o Emilio Castelar; y también el cuadro de género en obras como "Dama con abanico", "Mujer con mantilla blanca" o "Retrato de una dama francesa".

La batalla de Bailén (19 de julio de 1808) constituyó uno de los episodios más destacados de la Guerra  de la  Independencia Española, que enfrentó a los españoles contra los franceses tras la invasión napoleónica. El combate librado en tierras andaluzas por un ejército francés de 21.000 hombres al mando del mariscal Dupont, contra otro español dirigido por el general Francisco Javier Castaños, compuesto por 24.000 soldados, se antojaba decisivo en el transcurso de la guerra, al menos por la parte española. El objetivo de Castaños era cortar las comunicaciones de las tropas francesas que ocupaban Andalucía con el centro de la península. La empresa no era fácil, y el ejército napoleónico, invencible hasta el momento en todos los campos de batalla europeos, sufrió aquí su primera e inesperada derrota en tierra. La victoria española cambió el curso de la guerra. José I Bonaparte, hermano del emperador y coronado rey de España, hubo de abandonar el trono y salir de Madrid. El propio Napoleón al frente de la Grande Armée hubo de tomar el mando de las operaciones, y una ocupación, prevista inicialmente como sencilla, terminó por convertirse en una guerra de seis años en la que empezó a gestarse el fin del imperio napoleónico.


ANTOINE-JEAN GROS. Napoleón en la batalla de Eylau (1808). Museo del Louvre, París.


La pintura de Casado del Alisal constituye un buen ejemplo de realismo retrospectivo, es decir, el intento de recrear de un modo realista hechos ocurridos en el pasado, aunque el artista se permite el uso de alguna licencia. El cuadro fue realizado por el pintor en París, entre 1863 y 1864, más de medio siglo después del hecho que se está contando, y Casado aprovecha la circunstancia para refundir en él dos episodios distintos que, además, tuvieron lugar en días consecutivos: la capitulación de las tropas francesas que tuvo lugar el día 22 de julio, con la presencia de Vedel y Dufour, y la ceremonia de rendición, propiamente dicha, que tuvo lugar al día siguiente, con el desfile de Dupont y sus tropas rendidas ante Castaños. De este modo aparecen reunidos en la obra personajes que no estuvieron presentes en la ceremonia de rendición, como fue el caso del mariscal de campo suizo Teodoro Reding von Biberegg, que mandaba una de las divisiones españolas y que para algunos fue el auténtico artífice de la victoria española. Tampoco estuvieron presentes, aunque aparecen en el cuadro, el marqués de Coupigny, un mariscal de campo francés huido tras la revolución y que combate contra Napoleón al lado de los españoles, ni el general Jacques Nicolas Gobert, herido de muerte en Mengíbar en las escaramuzas previas a la batalla propiamente dicha.

En La rendición de Bailén, el autor hace uso de una amplia y equilibrada gama cromática, de un dibujo firme y seguro y, sobre todo, de un apreciable gusto por el detalle que se manifiesta especialmente en los uniformes franceses, que pudo estudiar con atención durante su estancia en la capital francesa. Los elementos anecdóticos salpican la obra, en pequeños detalles como el garrochista herido, que en medio de la solemne ceremonia aprovecha para vendarse una pierna, el oficial francés que sube a su caballo o el arma rota y abandonada sobre la hierba seca en el ángulo inferior derecho.


DIEGO DE SILVA Y VELÁZQUEZ. La rendición de Breda (1634-35). Museo del Prado, Madrid.


La escena está contada con la teatralidad y gestualidad propia del género y del gusto de la época. En el centro de la pintura, Casado sitúa a los dos personajes centrales, el general Castaños a la izquierda y el mariscal Dupont a la derecha. Tras cada uno de ellos aparecen sus oficiales y ejércitos respectivos. Los españoles aparecen ligeramente representados en un plano superior, mientras que el ejército francés, a la derecha, derrotado, se sitúa empequeñecido en un plano ligeramente inferior. En el lado de los españoles destaca la actitud gentil y caballeresca de Castaños que, inclinándose ligeramente, se levanta el sombrero saludando a Dupont. Otros oficiales, en cambio, como Reding y el teniente general Manuel de la Peña, que aparecen tras Castaños, mantienen una actitud seria y orgullosa, similar a la del propio Dupont que, a pesar de abrir sus brazos en señal de rendición, muestra un semblante altivo y orgulloso, no exento de cierta arrogancia, lo mismo que Gobert, reconocible por su cabeza vendada y brazo en cabestrillo. Sin duda, la introducción de este último personaje por Casado del Alisal es uno de los grandes aciertos de la obra, ya que con su mirada fiera y su aspecto de soldado curtido en mil batallas, atrae nuestra  mirada y se convierte en uno de los protagonistas indiscutibles de la pintura.


VICENTE LÓPEZ PORTAÑA. General Francisco Javier Castaños, I Duque de Bailén (1848). Col. Duque de Bailén, Toledo.


En la obra pueden rastrearse las influencias de François Gerard y de Antoine-Jean Gros, que realizaron numerosas composiciones exaltando las campañas napoleónicas y cuya obra Casado del Alisal tuvo ocasión de conocer durante su estancia en París, cuando pintó este cuadro; aunque, por encima de todas ellas, se ha destacado con frecuencia, y con razón, la enorme deuda que La rendición de Bailén tiene con La rendición de Breda, de Velázquez, tanto en la disposición, como en la vista panorámica, las banderas y la gama de retratos. Sin embargo, mientras en la obra del sevillano, se aprecia con claridad quién es el vencedor y quién es el vencido, en la de Casado del Alisal, puede prestarse a confusión. El gesto caballeroso y, sobre todo, la inclinación de cabeza de Castaños frente a Dupont que se mantiene erguido y recto, pueden llevar a pensar, en una primera impresión, que es el francés el victorioso, y nos obliga a acudir a los pequeños detalles (las manos) para apreciar la realidad de los hechos. Sin embargo, cuando se analiza la obra con más atención, nos damos cuenta que la actitud altiva de Dupont hace todavía más amable y gentil el personaje de Castaños. Quizá de este modo, el pintor quiso saldar una vieja deuda moral contraída por el general español con los franceses rendidos.

Monumento a los soldados franceses, Cabrera
 Las condiciones de la rendición pudieron considerarse suaves, según los términos de la época. Castaños y Dupont acordaron que las tropas francesas habrían de ser embarcadas y repatriadas a Francia, concretamente a Rochefort, sin embargo, la Junta Suprema que gobernaba España, presionada por sus aliados británicos, no quiso ratificar este acuerdo y sólo permitió la liberación y repatriación de Dupont y sus oficiales. Los soldados, en cambio, en un número aproximado de catorce mil, quedaron como prisioneros y fueron conducidos a Cádiz, escoltados por las tropas españolas para protegerlos de las iras del pueblo, conocedor por aquellas fechas del saqueo de Córdoba y los excesos cometidos por las tropas napoleónicas. En Cádiz fueron encerrados en pontones, cinco viejos barcos de guerra a modo de prisión, con capacidad, como mucho, para cinco mil hombres, claramente insuficientes para el número de prisioneros. Pronto, el hacinamiento, la falta de condiciones higiénicas y la mala alimentación provocaron una serie de enfermedades que causó la muerte de unos cuatro mil franceses. Para evitar el contagio, las autoridades ordenaron el traslado de unos diez mil  a la desierta isla de Cabrera, en el archipiélago balear. Allí puede decirse que quedaron prácticamente abandonados a su suerte, los barcos con suministros, que al principio llegaban cada cuatro días, pronto empezaron a dejar de acudir, y el hambre, la sed, la miseria, la desesperación (parece que llegaron a darse casos de antropofagia) y, finalmente, la muerte se apoderó de más de la mitad de aquellos infortunados soldados de Napoleón.

Sobre la batalla de Bailén hay numerosas páginas, y una de las más completas es la que el ayuntamiento de la ciudad abrió con motivo del bicentenario de la batalla. Por lo que respecta a la suerte de los prisioneros franceses en Cabrera, podeis leer este artículo de Francisco Mir.

Todas las fotografías están tomadas de wikipedia, excepto la del monumento a los soldados franceses en Cabrera que está tomada de Fotos Antiguas de Mallorca.

viernes, 24 de abril de 2009

Pintura romántica española (1): la pintura de paisajes

JENARO PÉREZ VILLAAMIL. Manada de toros junto a un río y castillo en lo alto. Museo del Prado, Madrid.




Los orígenes del romanticismo en España lo relacionan los historiadores con el movimiento liberal que se desarrolla tras la muerte de Fernando VII en 1833. El primer foco romántico surgió en Andalucía, como aquel movimiento liberal, teniendo como centro las ciudades de Cádiz y Sevilla. Desde allí, el movimiento irradiaría hacia el resto de la península, formándose otros dos núcleos en torno a las ciudades más importantes del país, Madrid y Barcelona.

Dentro del movimiento, podemos seguir la clasificación que hace Enrique Arias Anglés en "Pintura española del siglo XIX" (Cuadernos de Arte Español, número 41), quien distingue tres grandes tendencias en el romanticismo: la pintura de paisajes, la pintura costumbrista y el romanticismo académico u oficial.

La pintura de paisajes carecía en España de tradición, por lo que los modelos que la inspiraron hubieron de buscarse fuera, en los paisajistas británicos, franceses y holandeses. A esa tradición foránea, los paisajistas románticos españoles añadieron un nuevo ingrediente, lo pintoresco. Eso se traduce en la introducción del elemento humano, de índole popular y costumbrista, pero también la arquitectura y la vista de los interiores, considerados casi como paisajes por sus perspectivas amplias.

JENARO PÉREZ VILLAAMIL (1839) Iglesia de San Juan de los Reyes, Toledo


El pintor más importante del círculo madrileño y de todo el romanticismo español en este género fue Jenaro Pérez Villaamil, pintor gallego, pero formado en Cádiz, y muy influenciado por la escuela británica a través del pintor escocés David Roberts, a cuya influencia añade la de J.F. Lewis y posiblemente también Turner. El influjo es tan grande que, en palabras de Martín González, su pintura representa un arte plenamente extranjero. Enrique Arias, su biógrafo, describe su técnica como muy empastada, nerviosa, de colorido cálido, brillante y con una atmósfera de ensoñación. Es autor de un precioso libro de viajes ilustrado, "España Artística y Monumental". Su producción no se limita a él, ni mucho menos, ya que es autor de una obra ingente, y disfrutó también de un gran prestigio y reconocimiento en España y fuera de ella.


ANDRÉS CORTÉS. La Feria de Sevilla (Museo Bellas Artes, Bilbao)


Otros pintores a destacar en el círculo madrileño, son Antonio de Brugada, que se especializó en marinas, y representa fielmente la imagen arquetípica del artista romántico, de ideas liberales, desterrado de su país, y en lucha contra la tiranía; Fernando Ferrant, cuyos paisajes se inspiran en los románticos alemanes y en el clasicismo francés; José María Avrial y Flores, gran perspectivista y paisajista, que además coloaboró en diferentes publicaciones como ilustrador; Vicente Camarón, cuya pintura está influenciada por los holandeses del XVII y por sus contemporáneos británicos; Francisco de Paula Van Halen, fundamentalmente dedicado a la pintura histórica, pero que con sus colaboraciones gráficas en diferentes publicaciones dio a conocer numerosas vistas y monumentos de España; y algunos otros menos importantes como Juan Pérez Villaamil, hermano de Jenaro, José Brugada, hermano de Antonio, y Antonio Rotondo.

En la segunda mitad del siglo XIX, se incorporan otros artistas a esta corriente. Entre ellos podemos citar al aragonés Pablo Gonzalvo, cuya pintura de grandes formatos recoge numerosas perspectivas de interiores de catedrales españolas; Cecilio Pizarro, toledano, que pinta diferentes vistas de su ciudad natal y fue colaborador de Pérez Villaamil en su España artística y monumental; el gaditano Vicente Poleró, que además de pintor fue restaurador del Museo del Prado; y Pedro Pérez de Castro, que cultivó la litografía y la acuarela, en las que reflejó paisajes de montañas y florestas.


LLUIS RIGALT. Paisaje (1866) Museo Nacional de Arte de Cataluña



En Sevilla, destacan dos nombres. Manuel Barrón y Carrillo, con una concepción muy próxima a la de Pérez Villaamil, introduce el elemento urbano en sus numerosas vistas y monumentos de Sevilla, ciudad de la que nunca se movió; y Andrés Cortés, que recoge un amplio abanico de influencias, desde la británica a la flamenca, además de la tradición murillesca, según apunta Enrique Arias.

En cuanto a Barcelona, sobresalen tres autores importantes: Lluis Rigalt, que realiza tanto vistas de ruinas y monumentos, en la línea de Pérez Villaamil, como puro paisajismo, y a quien se suele considerar como precursor de los paisajistas catalanes de fin de siglo; Francisco Javier Parcerisa, conocido sobre todo por su colección de litografías "Recuerdos y bellezas de España", repartidas en once volúmenes y que suman un total de 588, la mayoría pintadas al natural; y Joaquín Cabanyes, que evolucionará hasta el naturalismo desde sus orígenes románticos.

Para apreciar algo más la pintura de estos paisajistas decimonónicos y románticos, he preparado una pequeña presentación con algunas imágenes de su producción.

domingo, 18 de enero de 2009

Géricault, un secreto guardado durante 150 años

THÉODORE GÉRICAULT. Baronne Alexandrine- Modéste Caruel de Saint Martin a caballo. Colección particular.


El pintor Théodore Géricault fue uno de los primeros y más importantes pintores románticos europeos. Nació en 1791, en el seno de una acomodada y burguesa familia de Rouen, una ciudad de la Alta Normandía, en el noroeste de Francia. Su padre, Georges, era magistrado y un rico terrateniente. Su madre, Louise Caruel, descendía de una rica y respetada familia normanda.

En 1814, Géricault contaba 23 años. Era un prometedor artista que empezaba a ser conocido en los selectos círculos del arte francés, ya que acababa de ganar, en 1812, su primera medalla en el Salón de aquel año con su pintura "Oficial de cazadores de la guardia imperial". Joven, educado, con talento, no debía estar exento de atractivos, y así debió parecérselo a una joven dama tan sólo seis años mayor que él, e infelizmente casada con un hombre veintiocho años mayor que ella y que podía ser su padre .


THÉODORE GÉRICAULT. Retrato de una joven. Col. particular. Probablemente se trate de un retrato de Alexandrine-Modèste Caruel de Saint-Simon.



Sin duda, el matrimonio de Alexandrine-Modèste Caruel era un problema pero no sólo por el mero hecho del matrimonio, sino porque el marido era el propio tío del pintor, el barón Jean-Baptiste Caruel, hermano de la madre de Géricault. No sabemos muy bien cómo ocurrió, pero los jóvenes terminaron manteniendo una tórrida relación que duró varios años, y de la cual, el 21 de agosto de 1818 nacería un hijo, Hyppolite Georges. Por la reacción del marido, negando cualquier posibilidad de que fuera hijo suyo, podemos deducir fácilmente que el matrimonio no vivía como tal. El escándalo estaba servido. Hoy puede parecernos un tema menor, pero quizá convenga no olvidar que, en la legislación francesa de la época, el adulterio podía estar penado hasta con dos años de cárcel, o más según la gravedad, así que no era ninguna broma.

Había que ocultar el escándalo como fuera. Se tomaron decisiones rápidas y drásticas. La joven esposa fue expulsada del seno familiar y confinada en el campo, llevando una vida apartada en un lugar próximo a Versalles. El pintor obligado a alejarse de ella y prohibiéndoles volver a encontrarse. Pero la peor parte, sin duda alguna, fue para el pequeño Hyppolite Georges, entregado en adopción, sin que nadie se opusiera.


THÉODORE GERICAULT. Suzanne (1817). M. Bèziers. Se piensa que también puede ser un retrato de Alexandrine-Modèste Caurel de Saint-Simon


Durante ese tiempo, o poco después, Géricault estuvo trabajando en "La balsa de La Medusa", su obra más importante y famosa. Los historiadores han escrito que en aquellas fechas, el pintor se recluyó durante casi año y medio, y se rapó la cabeza para mantenerse alejado de la sociedad. También que, tras el fracaso de la obra en el Salón de París de 1819, se aleja de Francia, rumbo a Inglaterra, donde permancerá dos años. Quizá también haya que atribuir, sino exclusivamente, al menos en parte, tanto la reclusión como la marcha, a los remordimientos que pudo causarle su conducta, no precisamente valiente, con respecto a su hijo.

Sea como fuere, su vida fue caminando en una espiral autodestructiva. Entre 1822 y 1823, llevó una vida muy desordenada, gastando enormes cantidades de dinero en desafortunadas inversiones en Bolsa, caballos y pintando enfermos mentales. Poco después, en 1824, cuando contaba tan sólo 32 años, murió, unos dicen que por una enfermedad venérea y otros por la caída de un caballo.

Mientras tanto, su hijo Hyppolite Georges, no pudo llevar el apellido Géricault hasta 1840, cuando ya tenía 22 años, y sólo entonces se supo que el pintor había tenido un hijo. Sin embargo, el nombre de la madre, que vivió hasta los noventa años, fue celosamente guardado y no se reveló hasta ciento cincuenta años más tarde.
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