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lunes, 3 de febrero de 2014

Sinan, constructor de mezquitas

Monumento a Sinan, Edirne (Turquía)
Sinan ibn Abdülmennan (1490 - 1588), más conocido como Mimar Sinan (Arquitecto Sinan), es el arquitecto más importante en la historia del arte islámico. A lo largo de su extensa vida construyó una gran cantidad de edificios, cuyo número varía arriba o abajo según la fuente que consultemos, pero que en todo caso superan ampliamente los cuatrocientos. La mayoría de ellos fueron mezquitas, de las cuales ochenta y una eran de grandes dimensiones, para la adoración comunitaria de los viernes, y se le atribuyen con bastante fiabilidad otras cincuenta de menor tamaño, repartidas a lo largo de los vastos dominios del imperio otomano. Pero además, este prolífico arquitecto, construyó también unas cincuenta y cinco escuelas, treinta y tres baños públicos, diecinueve mausoleos, algunos de ellos magníficos, como los de Solimán (1566) y Selim II (1576-77), ambos en Estambul, hospitales, comedores y otras muchas obras públicas. Sin embargo, muchas de estas obras civiles son de un carácter menor, y por lo que realmente se le recuerda es por sus grandes mezquitas en Estambul y Edirne.

Sin embargo, lo sorprendente no es el elevado número de edificaciones. Lo realmente sorprendente es que esta ingente producción arquitectónica no la inició hasta cumplir los cincuenta años, lo que implica que, a pesar de la grandiosidad de muchas de ellas, fue capaz de culminarlas en períodos de tiempo muy cortos, por ejemplo, la mezquita Süleymaniye de Estambul la levantó en siete años, y la Selimiye de Edirne en seis. Para hacernos una idea de lo que esto significa, basta con recordar que otros edificios de dimensiones similares como, por ejemplo, San Pedro de Roma tardó 160 años en completarse desde que la inició Bramante hasta que la culminó Bernini, o que Chritopher Wren trabajó durante más de cuarenta en la construcción de la catedral de San Pablo, en Londres. Pero además, en Sinan se da la circunstancia que no permanece anclado en una solución constructiva, sino que es capaz de evolucionar y perfeccionar su estilo hasta prácticamente la última de sus obras.

Sinan, a la izquierda, preparando la tumba de Solimán
el Magnífico, en un dibujo de 1579
Sinan nació en 1490 en el seno de una familia cristiana griega, en la región de Koyseri, en la Capadocia. Murió ya anciano, en 1588, en Estambul, donde descansan sus restos, en un pequeño mausoleo construido junto a una de sus obras maestras, la mezquita Süleymaniye. Como muchos otros jóvenes de familias cristianas que vivían en los dominios otomanos, Sinan fue reclutado por la devshirme, es decir, la leva o tributo de sangre, una práctica instituida por Murad I a partir de 1348, después de la conquista de Tracia, que consistía en el reclutamiento forzoso de los hijos de familias cristianas para su islamización y entrenamiento como soldados, formando parte de los cuerpos jenízaros. Esta práctica  no perseguía como principal objetivo alimentar de tropas al ejército, sino dotar al sultán de un cuerpo militar compuesto por servidores leales en el que apoyarse, y no sometidos al control de la aristocracia otomana.

En la práctica, formar parte de los jenízaros se convirtió en un sistema eficaz de promoción social que permitía alcanzar los más altos puestos de la administración y del ejército. Su aprendizaje duraba unos catorce años, y recibían una formación variada que comprendía tanto una exigente preparación física como teórica, que incluía, entre otras materias, el estudio del turco, el árabe, el persa, literatura y teología. Al alcanzar los veinte años, normalmente, unos eran destinados al ejército, donde podían convertirse en oficiales; otros,  los más afortunados, permanecían en palacio y hacían carrera en la administración, convirtiéndose no pocos de ellos en gobernadores de las provincias e incluso en visires.

SINAN. Puente Mehmed Pasha Sokolovic (1577), sobre las aguas del río Drina,
a su paso por Visegrad (Bosnia-Herzegovina)
En el caso de Sinan, se dieron las dos circunstancias, ya que antes de convertirse en mimabarsçi (arquitecto jefe de la corte), estuvo en el ejército. Empezó a los veintidós años desde los escalones inferiores del ejército, combatió en Rodas, Belgrado, Bagdad y Moldavia, y terminó convirtiéndose en Comandante de la Guardia Real.  Durante este tiempo, Sinan también trabajó como carpintero y como ingeniero militar, lo que le permitió visitar muchos lugares, reunir abundante información y ampliar sus conocimientos. En 1536 fue nombrado Jefe de Ingenieros. Sus primeros trabajos, por tanto, fueron obras de defensa, caminos y puentes, pero también pudo convertir algunas iglesias en mezquitas.

SINAN. Mezquita Khusruwiyah (1536-37), Aleppo
En estos años, realiza un complejo en Aleppo, bajo el patronazgo de Hüsrev Pasha, el que quizá fue su primer trabajo importante, la Mezquita Khusruwiyah, de una sola cúpula, con un pequeño patio rectangular y dos madrasas situadas en un terreno irregular. Poco después, en 1538, a los cuarenta y siete años, Solimán el Magnífico le designó como arquitecto jefe de Estambul.

Aunque hoy pueda parecernos sorprendente, en tiempos de Sinan en Oriente no había ningún aprendizaje establecido de arquitecto, sino que se aprendía por la práctica, por rutina. Ibn Jaldún, por ejemplo, consideraba al arquitecto más que como artista, como un ingeniero o un contratista, que debía conocer de hidráulica, fontanería o saber cómo usar máquinas para alzar grandes pesos. Estos maestros constructores, a diferencia de sus coetáneos europeos del Renacimiento, están más cerca de ser maestros de obras que propiamente arquitectos. Muchos de ellos, incluso, añade Rodríguez Zahar, permanecían analfabetos, y no trabajaban con planos sino que se ayudaban solamente de maquetas. Esto explicaría la ausencia de obras de teoría en la arquitectura otomana. Incluso el propio Sinan, que escapa en parte a esta generalización, se limitó a dejar sólo algunos comentarios o notas dispersas.

Haciendo uso de gran inteligencia y de su amplia experiencia militar, Sinan se rodeó de un gabinete, una especie de colegio de arquitectos imperiales, al que se accedía por méritos, que tenía como misión fundamental encontrar soluciones a todos los problemas constructivos del imperio, y terminó siendo un maestro en logística, capaz de organizar eficazmente a un gran número de obreros para alcanzar sus fines. Sin duda, fue una pieza clave para entender su extensísima producción arquitectónica.

SINAN. Mezquita de Rustem Pasha (1561-1563), Estambul. Vista del interior con las paredes recubiertas  con el  azul deslumbrante de los azulejos de Iznik

En sus construcciones monumentales, parece como si el arquitecto persiguiese constantemente el sueño de levantar un edificio que superase en proporciones a Santa Sofía. Sin embargo, más allá del orgullo personal por conseguirlo, y más importante si cabe, se vislumbra la preocupación por dominar una técnica, una forma de construir, capaz de resolver cualquier programa, independiente del uso o de las dimensiones. En esa forma de construir se descubre la predilección de Sinan por el baldaquino como estructura básica de todas sus construcciones, lo que hace, escribe Erzen, que tanto la estructura como el resto de elementos formales estén estrechamente relacionados, de modo que la forma de cubrir mediante cúpulas sus mezquitas tiene su reflejo en la articulación de los volúmenes, las fachadas, el orden interior y el ambiente. Esta interdependencia y relación jerárquica es lo que permite establecer con claridad la evolución estilística de las mezquitas de Sinan, que los historiadores dividen en tres períodos, coincidentes cada uno de ellos con sus tres obras más importantes: los primeros años, al que algunos llaman período preclásico (1540-1555) ejemplificado en la Mezquita Sehzadé; el período de madurez o clásico (1555-1570) en la Suleymaniye; y el período final o anticlásico (1570-1585) en la Selimiye, esta última en Edirne. Las dos primeras, dice Erzen, reflejan las aspiraciones de Sinan por alcanzar la perfecta armonía con el lenguaje clasicista, la tercera, en cambio, manifiesta la tensión y la ansiedad que puso fin a la Edad de Oro del Imperio Otomano.

jueves, 30 de enero de 2014

Cuando Constantinopla se convirtió en Estambul

PHILIPPE DE MAZEROLLES. El sitio de Constantinopla (1450-1475)
Miniatura de la Crónica de Carlos VII, de Jean Chartier
El 29 de mayo de 1453 Constantinopla,  el último reducto del otrora poderoso imperio bizantino, cayó en poder musulmán, incapaz de resistir el terrible asedio al que la sometió durante meses el sultán Mehmed II, el Conquistador. La caída de la ciudad fue vista como el fin de una época, el último aliento del mundo clásico. Hubo quien llegó a vaticinar incluso el fin del mundo cristiano. Los responsables de aquel cataclismo fueron los turcos otomanos, una de las diferentes etnias de este pueblo de origen nómada procedente del Asia Central, pertenecientes asimismo a la gran familia altaica. Los otomanos, también llamados osmanlíes, toman su nombre de Osmán, su primer jefe de importancia, que había logrado el control del sultanato de Seljuk, en Anatolia. Constituyen la última de las familias dinásticas que asumen el liderazgo del Islam en el Próximo Oriente. Surgen a la vida política a comienzos del siglo XIII, y tras la caída de Tamerlán, reanudaron la expansión hacia el oeste. En 1334, cruzaron el estrecho de los Dardanelos y pasaron a Europa, tomaron Sofía en 1382, y tras la toma de Constantinopla, se desplazaron con rapidez a la conquista de Grecia, Serbia y Albania. En 1520, el imperio otomano se había extendido también hacia el sur, abarcando Siria y Egipto, y profundizaron en Europa, con la ocupación de Belgrado en 1521, la de Buda en 1526 y el primero de los asedios a Viena en 1529. Los sultanes otomanos gobernaron hasta 1922, la dinastía más larga e intensa en la historia del islam. Junto con los árabes, la colectividad islámica que mantiene con Europa una relación más directa y duradera.

ANTEMIO DE TRALLES e ISIDORO DE MILETO. Santa Sofía (532-537), Estambul,  

Dicen que lo primero que hizo Mehmet II al entrar en Constantinopla fue cabalgar hasta la iglesia de Santa Sofía y reclamarla para el islam. A continuación, saltó sobre el altar y se arrodilló para orar a Alá. La iglesia, levantada nueve siglos atrás por Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto para el emperador Justiniano, fue transformada en mezquita y asistió a la reconstrucción de la ciudad por los turcos en los siglos siguientes, para volver a hacer de ella una nueva y brillante urbe que maravilló a cuantos la visitaban. La transformación de la ciudad fue tan profunda que hasta el propio nombre de la ciudad de Constantino se perdió, convertida en Estambul, aunque el nombre no se hizo oficial hasta el siglo XX. Suele decirse que cuando los turcos interceptaban a los bizantinos que se dirigían a la ciudad y le preguntaban a dónde iban, estos respondían con la frase en griego de "eis tin poli", que equivalía a "a la ciudad", de la corrupción de esta expresión podría, dicen algunos, derivar el nombre de Estambul.

GENTILE BELLINI. Mehmet II Fatih (1480)
National Gallery, Londres
La transformación fue completa, sustituyendo los antiguos edificios bizantinos por mezquitas y palacios, y perseguía un objetivo claro, transformarla en el centro del imperio otomano y en la metrópolis más poderosa de su tiempo; objetivo, este último, que tardarían aún dos siglos en alcanzar. El proceso comenzó en la segunda mitad del siglo XV, cuando se iniciaron las primeras grandes obras, como la del Gran Bazar, con sus calles laberínticas pobladas de miles de tiendas. La conquista de Egipto por Selim I, poco tiempo después, convirtió la ciudad en la sede del califato que reclamó, y así se llenó de riquezas, tesoros y gentes procedentes de diferentes lugares del imperio. A mediados del siglo XVI, la población superaba ya el medio millón de habitantes, y entre ellos apenas quedaban griegos.

El factor determinante en el crecimiento de Estambul no fue otro que la propia evolución del Imperio turco durante el siglo XVI, coincidiendo la época  de su mayor esplendor con  la del más poderoso de sus soberanos, Solimán, a quienes los suyos llamaron "el Legislador", y sus enemigos cristianos "el Magnífico", mostrando así su respeto y admiración por tan formidable rival.

Solimán tuvo el acierto de acompañar  su hegemonía militar y política del engrandecimiento y embellecimiento de Constantinopla, hasta encarnarse él mismo como el gran protector del islam, y hacer de la ciudad el símbolo de la nueva capital del mundo musulmán. Para recordarlo hizo grabar en piedra, sobre la entrada principal de la mezquita Süleymaniye: "el sultán es el soberano mundial por antonomasia y protector del islam ortodoxo". Para conseguir sus propósitos contó con la ayuda inestimable de Sinan ibn Abdülmennan (1490-1588), más conocido como  Koca Mimar Sinan (Gran Arquitecto Sinan), imponente arquitecto, contemporáneo de Miguel Ángel, Palladio y Juan de Herrera, que acompañó su extraordinaria longevidad de una no menos extraordinaria obra. Precisamente por esa contemporaneidad, buena parte de los estudios sobre Sinan se han dedicado a establecer sus relaciones con el renacimiento italiano, ya que como es sabido, hubo muchos contactos entre Italia y el imperio otomano en esta época, como ponen de manifiesto las invitaciones a Leonardo da Vinci y, luego, a Miguel Ángel, de construir un puente sobre el Cuerno de Oro. Sin embargo, como dice Petersen, "en los edificios del Renacimiento hay una tensión entre la humanidad y Dios; en los de Sinan hay un propósito sencillo, reflejar una Divinidad sencilla e infinita".

MEHMED AGA. Mezquita del Sultán Ahmed (Mezquita Azul) (1609-16)
Estambul
Desde el punto de vista arquitectónico, la mezquita es el edificio más sobresaliente del arte islámico, y ha ofrecido diferentes tipologías a lo largo de la historia, como la mezquita de sala hipóstila de la época Omeya, la mezquita de patio central al aire libre con cuatro iwanes, de origen persa, y la mezquita de planta cuadrada y plan central cubierto por cúpulas que se desarrolla en la época otomana. El creador de este último tipo fue el arquitecto Sinan y su origen hay que buscarlo en la arquitectura bizantina, en la iglesia de los Santos Apóstoles y en la propia Santa Sofía, ambas en Constantinopla: una cúpula resplandeciente de luz,  símbolo del cielo, apoyada en una catarata de bóvedas, que desciende sinuosamente hasta el cuadrado de la planta, que simboliza la tierra.

Cuando los otomanos entraron en Constantinopla llevaban un estilo arquitectónico y una decoración propiamente islámicos, heredado del arte selyúcida, sin embargo, a partir de Mehmet II se observa un giro, una "bizantinización" del arte otomano, que evoluciona a partir de la iglesia-mezquita de Santa Sofía, convirtiéndose, dice Rodríguez Zahar, en una arquitectura "mestiza" como la de la India o la de la España mudéjar. Para transformar una iglesia de plan central con cúpulas en una mezquita bastó, por una parte, con eliminar aquellos elementos propios del culto cristiano, como la iconostasis, las cátedras, los iconos y ocultar los mosaicos de los muros; y por otra, introducir los elementos propios del culto musulmán, como el mihrab, el mimbar y la decoración caligráfica, además de los alminares y fuentes para las abluciones en el exterior. Las consecuencias de esa transformación no afectaron sólo a la estructura de la mezquita, sin también al resto de elementos que la componen, como el mihrab y el mimbar, que parecen extraños en aquel espacio, o la propia noción del muro de la quibla, que no se acomoda al espacio. De este modo, la característica fundamental de esta tipología de mezquita es la lógica estructural, con "amplios espacios abovedados con cúpulas poco profundas, sin esquinas oscuras ni extensiones misteriosamente sombreadas, de planta centralizada y con sobrios exteriores formados por masas expandidas rematadas por esbeltos minaretes, como lápices bien afilados", como dicen Honour y Fleming.

Sinan fue el artífice de la creación del espectacular horizonte urbanístico de Estambul, con sus cúpulas y minaretes

El gran artífice de esta arquitectura y de esta tipología de mezquita es Sinan, que introdujo con sutileza los cambios necesarios en la arquitectura bizantina para acomodarse mejor a la cosmovisión y estética del islam por encima de las funciones propias del uso de la mezquita, como hemos dicho. Una buena parte de su obra se plasmó en la transformación de la vieja Constantinopla, para la que construyó numerosas mezquitas como la Süleymaniye, la Sehzade o de los Príncipes, la Mihrimah, la de Rüstem Pachá, así como otros muchos edificios. En todos ellos, dejó su impronta personal, al punto que son muchos los que le consideran el creador del espectacular horizonte urbanístico de Estambul, con sus minaretes y cúpulas imponentes.

martes, 15 de diciembre de 2009

La mezquita de Almonaster la Real, en Huelva

Almonaster la Real es un pequeño pueblo en la Sierra de Aracena. La carretera que nos conduce a él serpentea suavemente la montaña alternando entre dehesas de encinas, densos pinares, alcornoques, quejigos y castaños. En las zonas próximas a los cauces y riberas de los ríos y arroyos de la zona, creemos reconocer algunos chopos, fresnos y sauces. La comarca se nos muestra con una exuberancia y belleza que capta inmediatamente nuestra atención y nos sorprende como si fuera la primera vez que la viéramos. En esta ocasión acudo en primavera y los colores lucen espléndidos bajo la luz vibrante de mayo.

Alzándose por encima de su caserío blanco y encalado, en una loma que domina el pueblo, se divisa desde la distancia el castillo. La imagen de la maltrecha fortaleza, el caserío y la naturaleza que la rodea, conforma una estampa formidable. Sólo por ella merece la pena acercarse al lugar.

El viejo recinto amurallado alberga en su interior un auténtico tesoro arquitectónico: la mezquita de Almonaster la Real, construída probablemente durante la época de los Omeyas, a finales del siglo VIII y en los primeros años del siglo siguiente, en época de Abderramán III. Al- Munastyr, como la llamaron los pobladores bereberes que se instalaron allí tras la invasión musulmana, debió ser una villa de cierta importancia en la comarca, un iqlin; es decir, la población desde la cual se administraba militar y fiscalmente el territorio. La propia mezquita, erigida de nueva planta sobre una antigua iglesia visigoda, constituye una prueba en sí misma de esa importancia. Para su fábrica se empleó el aparejo toledano, la mampostería, el ladrillo y el tapial, así como algunos sillares graníticos en algunos de los ángulos.

Mezquita de Almonaster la Real (Huelva). Al fondo, en el centro de la quibla se abre el pequeño mihrab.


Su construcción se rigió por los cánones habituales de las mezquitas de sala hipóstila del período califal. Pueden apreciarse todavía, el diminuto patio (sahn) para las abluciones que en Almonaster presenta la singularidad de estar excavado en la propia roca. Al franquearlo, se accede al haram o sala de oraciones, compuesto por cinco naves que se orientan hacia el muro de la quibla. La planta deja apreciar la irregularidad de la sala, con una curiosa forma trapezoidal. En el centro de la quibla, se conserva el mihrab, aunque desprovisto de su revestimiento. Su pequeño tamaño es indicativo de su antigüedad. Tras la llegada de los cristianos en el siglo XIII se le cambió la orientación, se abrió un ábside donde se colocó el altar, se cegó el mihrab, y la mezquita se convirtió en la Ermita de la Concepción.

Las cinco naves del haram están separadas por arcos de herradura que descansan sobre columnas, levantadas a partir de pilares y capiteles reaprovechados de antiguas construcciones romanas y visigodas de los alrededores, por lo que no hay dos iguales.

En el exterior, el antiguo minarete desde el que el almuédano propagaría su voz sobre la serranía llamando a la oración, es hoy el campanario de la iglesia, donde las campanas realizan una función parecida.

Sus pequeñas dimensiones, las formas irregulares, toscas e irrepetidas de sus columnas, tan próximas entre sí, la austeridad y sobriedad de los materiales, la escasa iluminación y la desnudez del recinto, hacen que el lugar inspire una profunda espiritualidad que invita al recogimiento y la contemplación serena del edificio.

En la página de Arteguías podeis encontrar información sobre la mezquita y otros monumentos de la localidad, así como también en la web del Ayuntamiento de Almonaster.
Aquí os dejo una pequeña colección de fotografías que tuve ocasión de tomar durante mi visita.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Tipos de mezquitas

Mezquita de Córdoba (s. X). Período califal.


El arte islámico se generó prácticamente al mismo tiempo en que se producía la expansión del islam, por Asia, Africa y Europa. En ese breve período de tiempo, la nueva religión entró en contacto con pueblos muy diversos y con una gran tradición artística y cultural propias. Sin embargo, a pesar de ello, resulta sorprendente como el nuevo arte consigue tener un sello de identidad propio, que lo hace perfectamente reconocible desde puntos tan distantes entre sí como el Turquestán o el valle del Ebro. No es desde luego, un caso muy frecuente.

Y no hay edificio que represente mejor la esencia del arte islámico que la mezquita. La mezquita no es sólo un lugar de oración para el creyente, sino que también sirve como punto de encuentro social, para la reflexión, para la charla, para la enseñanza, ...

Sobre el origen de la mezquita se han barajado diferentes hipótesis. Una de ellas apunta a una posible derivación de las basílicas cristianas; otra, en cambio, se inclina por considerarla como una adaptación de las sinagogas judías. Pero la idea más aceptada, sin embargo, es la que considera que la mezquita es una adaptación de la casa que el profeta Mahoma tenía en Medina. Tomando aquella como modelo, un arte como el islámico, que aglutina a pueblos tan diversos como bizantinos, persas, egipcios, coptos, visigodos, etc., con brillantes tradiciones artísticas, no podía menos que generar, bajo esas influencias, una variedad de tipos y modelos de mezquitas.

El modelo predominante en el Islam clásico, propiamente árabe, es el de mezquita de sala hipóstila y gran patio. Surgió en Arabia, y de allí se propagó con las conquistas por el norte de África, el Mediterráneo y alcanzó al-Andalus, dejando a su paso magníficos ejemplos como las mezquitas de Kairouan (Túnez) y la mezquita de Córdoba.

Mezquita de Kairouan (Túnez). Siglo IX, período aglabí

Este modelo presenta una estructura rectangular y espacios claramente definidos. En el exterior ocupa un lugar preminente el alminar o minarete, torre desde la que el muecín o almuédano llama a los creyentes a la oración. Cuanto mayor es su altura, mayor es también el alcance de la llamada.

En el patio (sahn) se dispone la fuente para las abluciones, donde los fieles realizan sus ritos de purificación antes de entrar en la sala de oración. Esta última, llamada haram, se organiza según planta basilical, con numerosas naves separadas por columnas, que se disponen perpendicularmente al muro de la quibla, uno de los elementos básicos en cualquier mezquita, ya que marca la dirección del rezo. En ocasiones, las naves laterales del haram se prolongan por el patio, dando lugar a los riwaq, y en otros casos, la nave axial y la que precede a la quibla se marcan dándole mayor altura y anchura, proporcionándole de este modo su característica forma de T, como puede apreciarse en la de Kairouan.


En los primeros años, el muro de la quibla, y por tanto el rezo, se orientaba hacia Jerusalén, en dirección norte, pero tras la ruptura de Mahoma con las comunidades judías de Medina, la orientación se cambió hacia el sur, en dirección a La Meca y la Kaaba, que se convirtió así en el centro religioso de la nueva religión. Para marcar la orientación exacta, en las primeras mezquitas se colocaba una lanza o una piedra en el centro de la quibla, pero pronto empezó a abrirse un nicho llamado mihrab. El primero que tenemos documentado fue el que mandó hacer el califa omeya al-Walid I (705-715) en la casa del Profeta en Medina. En algunas ocasiones, en mezquitas importantes como la de Córdoba, ante el mihrab se coloca un recinto reservado para el príncipe o el imán, es la maqsura.


Mezquita de Córdoba. Mihrab (siglo X. Período califal). Enriquecido con ricos mosaicos elaborados por artistas bizantinos.


En realidad, el origen del mihrab es un tanto incierto y los historiadores barajan diferentes hipótesis sobre el mismo. Algunos consideran que procede de las hornacinas que tenían algunas sinagogas judías para albergar la Torá, el libro sagrado de los judíos (así que parece que ocurría en la sinagoga de Dura Europos, a orillas del Éufrates), aunque lo más probable es que su origen esté en los ábsides de las iglesias cristianas coptas de Bauit, en Egipto.

La importancia de estos dos últimos elementos puede comprenderse mejor si añadimos que bastan por sí solo para crear el modelo más sencillo de oratorio, la musalla, que no es más que una extensión de terreno frente a un muro (quibla) en el que se abre un nicho (mihrab).

En las mezquitas más importantes, y de mayor tamaño, suelen incorporarse algunos elementos de mobiliario a la mezquita. A la derecha del mihrab se emplaza el minbar o púlpito, desde el que el imán dirige la oración de los viernes. Este recurso ya era empleado por los jueces en la Arabia preislámica como símbolo de prestigio, y de ahí lo tomó Mahoma.


Minbar de la Mezquita Kutubiyya (Marraquech), fue realizado por carpinteros cordobeses hacia el 1150


En las mezquitas orientales (no ocurre tanto en las occidentales) suele colocarse también en el centro del haram una segunda tarima o plataforma elevada, alineada con el mihrab y llamada dikka. Sobre ella, un segundo imán reproduce las posturas del primero para que los fieles más alejados puedan participar de la liturgia. Un tercer elemento del mobiliario es el kursí, un atril sobre el que reposa el Corán, que normalmente es de gran tamaño. Lo más habitual es que se haga en madera y se ornamente con ricas taraceas.

Un segundo tipo de mezquita es el llamado mezquita-quiosco o mezquita tipo iwan. Tiene su origen en Persia, donde surgió alrededor del siglo XII y de allí se extendió a otras regiones. Fue un modelo adoptado sobre todo por los selyúcidas, mongoles y timuríes. Está constituido por una sala cuadrada y coronada por una cúpula a la que rodean tres iwanes o salas cubiertas por una bóveda y totalmente abiertas por uno de sus lados.

El tipo más conocido, sin embargo, no es el de tres, sino el de cuatro iwanes, una transformación del anterior, incorporando iwanes monumentales en el punto medio de cada uno de los frentes del sahn o patio. Dichos iwanes se enlazan perimetralmente mediante una serie de pórticos. El iwan principal marca la dirección a La Meca y generalmente está flanqueado por dos alminares y servía como sala de oración, mientras que los otros eran utilizados por los maestros de religión. Los más suntuosos podían llegar a enmarcarse por un pishtaq o frontispicio arquitectónico con una profusa decoración, como ocurre en la Mezquita del Viernes de Isfahan, revestidos de ricos azulejos vidriados.

Mezquita del Viernes, Isfahan. Siglo XV, período saváfida

El tercer gran tipo de mezquita es la llamada mezquita de plan central, inspiradas en el modelo de la basílica bizantina de Santa Sofía de Constantinopla, y adoptado por los otomanos tras la ocupación de Bizancio por el sultán Mehmet II. Una de sus primeras medidas tras ocupar la ciudad, fue convertir Santa Sofía en la mezquita aljama de la ciudad. No sería, sin embargo, hasta el siglo XVI, durante el reinado de Solimán el Magnífico, que el arquitecto Sinán ideó este tipo de mezquitas basados en aquella, y que luego continuarían sus discípulos. De este modo, puede decirse que las mezquitas adoptaron una forma de T invertida, y bajo la cúpula central se creó un gran espacio diáfano, libre de columnas, que proporciona una sensación de inmensidad, muy alejado del espíritu de recogimiento y oscuridad de las mezquitas de sala hipóstila.

SINÁN. Mezquita de Suleimaniye (Solimán) (Estambul). 1550-1557, período otomano

La primera mezquita donde Sinán lleva a cabo este proyecto es la de Sehade Mehmet, con una gran cúpula central sostenida por otras cuatro medias cúpulas, aunque quizá sea la de Suleimaniye o Solimán, donde se muestre la genialidad del arquitecto en toda su madurez. Es característico de ellas el empleo de cuatro grandes minaretes, puntiaguados y de una gran verticalidad en cada uno de los ángulos del conjunto.

En esta página en inglés, puedes encontrar información abundante sobre la obra de este genial arquitecto.

viernes, 27 de junio de 2008

Alhambra de Granada, "Patio de los Arrayanes"

Continuando con el análisis de la prueba de Selectividad de Andalucía, en la asignatura de Historia del Arte, en junio de 2008, nos detenemos hoy en esta obra.

El último período del arte andalusí viene representado por el reino nazarí de Granada, establecido desde 1232 y desaparecido tras la conquista castellana en 1492, tras la cual los Reyes Católicos recibieron las llaves del reino, de manos del último soberano granadino, Boabdil el Niño.

La Alhambra de Granada constituye el máximo exponente tanto del arte nazarí como de la tradición musulmana y su tendencia a la exuberancia decorativa. Con aquel broche de oro, lleno de barroquismo, se fusionan las formas almohades, con las derivaciones del arte almorávide y taifa, así como se reconoce la influencia cristiana.

El conjunto de la Alhambra se organiza en tres unidades: la Alcazaba o zona fortificada, la Casa Real y la ciudad, muy deficientemente conservada, y donde residían los artesanos que hacían posible la vida en el conjunto. Sin duda, es el segundo el de mayor interés artístico, y responde a muchas de las características del arte islámico. Se organiza en torno a dos núcleos principales, el primero es precisamente el Patio de los Arrayanes, que comunica con el Salón de Embajadores; el segundo no es menos famoso que el primero, el Patio de los Leones, al que se abren cuatro salas.

Todo el conjunto está hecho con materiales pobres pero, como escribe Gómez Moreno, "convertidos en materia de arte": argamasa, ladrillo, yeso, cerámica, madera, etc. Sin embargo, pobre no quiere decir frágil. Luego, la decoración todo lo remedia, con lo que paredes, suelos y techos quedan totalmente revestidos de ornamentación, bajo la que no hay la menor verdad arquitectónica.

En la Alhambra, el arco más frecuente es el que vemos en el Patio de los Arrayanes, el de medio punto peraltado, cairelado con finísimos lóbulos. Es en otras dependencias del recinto, donde podemos apreciar los espectaculares arcos de mocárabes.

Una de las singularidades de la Alhambra es el tipo de columna, formada por un fuste muy delgado, que apoya en basa ática y se cubre con un capitel precedido de varios collarinos. El capitel se compone de un cuerpo cilíndrico decorado con cinta continua y ondulada y de otro cúbico superpuesto, decorado unas veces con mocárabes y otras con hojas estilizadas.

En cuanto a la decoración, como hemos dicho, juega un papel esencial en el arte nazarí, ya que lo invade todo. Los principios compositivos que rigen el sistema ornamental islámico pueden reducirse, básicamente, al ritmo repetitivo y a la estilización; y los elementos empleados son la caligrafía, la decoración vegetal estilizada y la decoración geométrica. Estos tres elementos se hayan perfectamente integrados en el arte nazarí, formando una decoración profusa y menuda cuyo efecto general ha sido denominado arabesco.

A todo este conjunto de formas hay que añadir en la Alhambra uno más: el agua, que se integra estéticamente en la composición arquitectónica, tanto en reposo en estanques y acequias, que actúan como espejos donde se refleja la arquitectura, como en este patio; como en movimiento, en surtidores y fuentes, en otros muchos rincones, creando formas y produciendo rumorosos sonidos.
En este video, puedes ver una reconstrucción en 3D de este patio.

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