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jueves, 28 de febrero de 2013

El arte de la era de los descubrimientos: arquitectura manuelina en Portugal

FRANCISCO DE ARRUDA
Ig. Nra. Sra. de la Assunção (1517), Elvas

Fot. Gonzalo Durán
A lo largo del siglo XV, la arquitectura gótica entra en toda Europa en su fase más barroca. Las formas sinuosas dominan las tracerías de los vanos y de los arcos conopiales y acortinados, las bóvedas se cubren de nervios combados que forman estrellas o tupidas redes, más atentas al sentido ornamental, que a su función estructural. Por todo esto, esta fase del gótico se conoce como gótico florido, por la importancia de los motivos vegetales, o gótico flamígero, por la forma llameante de sus curvas. En algunos países también se le conoce a este período por el nombre de sus gobernantes, por ejemplo en España, donde llamamos al arte de estos años gótico isabelino o estilo Reyes Católicos. Lo mismo ocurre en el caso de Portugal, donde a esta fase del gótico se la bautizó como arte manuelino, término empleado por primera vez en 1842 por Francisco Adolfo Varnhagen, ya que alcanza su mejor expresión e impulso con el rey Manuel I, apodado el Afortunado, por los grandes descubrimientos geográficos llevados a cabo durante su reinado por Vasco de Gama, que dobló el cabo de Buena Esperanza, abriendo la ruta Atlántica hacia la India; Alvares de Cabral, que descubrió Brasil; João de Nora que hizo lo propio con la isla de la Ascensión; Afonso de Alburquerque, llamado León de los Mares, por sus numerosas conquistas en los territorios del Índico, que dieron al reino luso la posesión de enclaves fundamentales como Ormuz, la llave del Golfo Pérsico, Goa, en la India y Malaca, la puerta de acceso a los mares de la China; y Francisco Serrão, que descubre el archipiélago de las Molucas, permitiendo a Portugal monopolizar el codiciado comercio de las especias a Europa.

La explosión decorativa de la arquitectura manuelina no es ajena a estas gestas y hazañas, todo lo contrario, Portugal se convierte en uno de los reinos más ricos e importantes de Europa, y buena parte de esa riqueza, Manuel I la destinó a la construcción de edificios que mostrasen la pujanza y vigor de su persona y de la monarquía portuguesa, al tiempo que la decoración de sus muros celebraba la nueva era que se abría para el reino, por lo que la arquitectura manuelina bien puede considerarse como el arte de la era de los descubrimientos. El monarca portugués se convierte en uno de los grandes mecenas de su tiempo, atrayendo a muchos artistas extranjeros a Portugal y desarrollando un programa de construcciones que terminaría causando graves quebrantos económicos en el reino.

Monasterio de Batalha
Esfera armilar

Fot. wikipedia
En realidad, los primeros ejemplos del estilo manuelino aparecen ya durante el reinado de João II (1481-1495), alcanza su plenitud en tiempos de Manuel I (1495-1521) y se prolonga hasta los primeros años del reinado de João III (1521-1557), comportándose como un estilo de transición, donde las formas arquitectónicas góticas se fusionan con otras que ya son propias del Renacimiento, precisamente las que tienen que ver con el programa iconográfico, y que constituye lo más genuino de este estilo. Los motivos decorativos que predominan tienen que ver tanto con diferentes emblemas dinásticos, como el pelícano, símbolo del rey João II, o la omnipresente esfera armilar o astrolabio esférico, que se convierte en la divisa de Manuel I; como con los numerosos motivos náuticos relacionados con las exploraciones y descubrimientos realizados por los audaces marinos portugueses durante esta época, como la propia esfera armilar ya citada, cuerdas, boyas, corales, algas, nudos marineros, animales y frutas exóticas, etc.

Curiosamente, los grandes artífices de una arquitectura que terminó convirtiéndose en el estilo nacional portugués fueron dos arquitectos nacidos fuera de Portugal, pero que, atraídos por la riqueza del país y las construcciones impulsadas por el rey Afortunado, desarrollarían sus mejores trabajos allí: el francés Diogo Boitaca (o Boytac), y el español João de Castilho (o Juan de Castillo). A ellos se unen los nombres de los portugueses Mateus Fernandes, y los hermanos Diogo y Francisco Arruda, como los mejores exponentes del gótico manuelino.

DIOGO BOITACA
Iglesia del Jesús (1492), Setúbal
Fot. Distrações i Imagens
Uno de los ejemplos más antiguos del manuelino es la Iglesia de San Francisco (1481), en Evora, fundada por el rey João II. Su única y amplia nave se cubre con una bóveda de cañón apuntado interceptada por lunetos, y las capillas se disponen entre los muros,  como unos años antes había proyectado Leon Bautista  Alberti para San Andrés de Mantua, anticipando un modelo que en el siglo siguiente gozaría de una enorme aceptación, ya que fue definido por Vignola en la iglesia romana del Gesú y adoptado por las iglesias jesuitas.

Poco después, hacia 1492, se registra por primera vez la presencia en Portugal de Diogo Boitaca, a quien João II confía la construcción de la Iglesia del Jesús, de Setúbal, en la que emplea para sostener la  bóveda de crucería seis gruesos pilares torsos, entrelazados como si fueran las sogas de  un barco. Tan sólo dos años más tarde, en 1494, entre los muros de aquella iglesia iba a tener lugar un acontecimiento histórico de enorme trascendencia, ya que fue allí donde se alcanzó el acuerdo diplomático que se sellaría en el Tratado de Tordesillas, mediante el cual las coronas de Castilla y Portugal se repartían las áreas de influencia sobre los territorios descubiertos y por descubrir en el Nuevo Mundo.

Una solución inspirada en la iglesia del Jesús de Setúbal la encontramos también en la Iglesia de la Magdalena, en Olivenza (Badajoz), que por entonces pertenecía a Portugal, aunque aquí las columnas helicoidales se muestran más refinadas y elegantes. El empleo de este tipo de pilares es uno de los argumentos más sólidos en favor de la participación de Boitaca en este templo, a quien se responsabiliza, al menos, de su traza y de la primera fase de la construcción. Luego se incorporaron al proyecto otros arquitectos, como los hermanos Arruda, a quienes corresponde la cobertura del templo, y los maestros João Mendes y Affonso Mendes de Oliveira.

DIOGO BOITACA / FRANCISCO ARRUDA Y DIOGO ARRUDA
Iglesia de la Magdalena (1513-1553), Olivenza.
Fot. contenidos.educarex.es

Durante el reinado de Manuel I, hacia el año 1501, Diogo Boitaca emprende la construcción de la obra más importante del estilo manuelino, el Monasterio de los Jerónimos, auténtico emblema de los propósitos de grandeza que perseguía el rey a través de la arquitectura. El conjunto monástico, de enormes proporciones, se emplaza fuera de los muros de la ciudad de Lisboa, en el barrio de Santa María de Belém, a orillas del Tajo, y muy próximo al puerto de Restelo, del que partían los barcos a surcar los océanos hacia los misteriosos territorios recién descubiertos en África, Asia y América. La iglesia del convento tiene proporciones catedralicias, con una espaciosa planta de salón de tres naves, y fue concluida por el español João de Castilho, a quien se debe la hermosa bóveda reticulada, sostenida por seis pilares octogonales recubiertos de decoración, que alcanzan hasta los veinticinco metros de altura. Una obra maestra capaz de resistir indemne el terremoto que asoló Lisboa en 1755.

DIOGO BOITACA / JOÃO DE CASTILHO
Claustro del Monasterio de los Jerónimos (1517-1519), Lisboa Fot. wikipedia

Quizá donde mejor se muestra la exuberancia del manuelino es, precisamente, en el claustro de este monasterio, trazado por Boitaca y realizado, casi con total seguridad, por Castilho. Está formado por un conjunto cuadrado de dos plantas, con ángulos en chaflán y articulados a base de arcos rebajados, muy anchos. En la parte interior del claustro dominan las formas tardogóticas, sin embargo, en la ornamentación exterior, la que asoma sobre el jardín, campea el plateresco, introducido por Castilho. El resultado final es un trabajo de primorosa filigrana que mira hacia el Renacimiento y despliega la simbología manuelina en escudos reales, la Cruz de Cristo, la esfera armilar y un sinfín de motivos vegetales y animalísticos.

FRANCISCO ARRUDA. Torre de Belém (1514-1520), Lisboa
Fot. wikipedia

Frente al convento se erigió, entre 1515 y 1521, la Torre de Belém, a la que originariamente se conoció como de San Vicente, obra del arquitecto militar Francisco de Arruda. Su finalidad no era otra que servir de protección a la ciudad frente a los ataques de posibles enemigos, y entre cuyos motivos decorativos se incluyó la representación de un animal tan exótico como el rinoceronte. La exuberante decoración manuelina no se contiene ni siquiera en los austeros edificios militares, como demuestra la hermosa portada sur de la torre.

MATEUS FERNANDES
Portal de las Capelas Imperfeitas (1509), Batalha
Fot. Tiago
Mientras tenían lugar estas obras en Lisboa, el rey don Manuel había encargado a Mateus Fernandes que continuara con la construcción del panteón del rey Duarte I, en el monasterio de Batalha, es lo que hoy conocemos como Capelas Imperfeitas, cuyo imponente portal, probablemente el mejor de todo el arte manuelino, se concluyó hacia 1509. Se compone a base de arcos polilobulados superpuestos, exquisitamente ornamentados con una decoración flamígera de motivos vegetales, geométricos y heráldicos que recuerdan la delicada labor de un encaje de fino hilo. El resto de la obra se paralizó en 1516 a la muerte de Mateus Fernandes, y aunque en 1528, ya en tiempos del rey João III, fueron retomadas por João de Castilho, el panteón quedó inacabado, tal como puede verse hoy. Los problemas económicos derivados del programa de grandes construcciones llevados a cabo por su antecesor fueron determinantes para que la obra no se concluyese.

La última gran obra representativa del manuelino la encontramos en Tomar, con motivo de la ampliación del Convento de los Caballeros de Cristo, una de las obras emblemáticas de la Orden del Temple, construido en el siglo XII. La primera fase de la ampliación consistió en la erección de la soberbia Sala del Capítulo por Diogo de Arruda, a cuyo exterior mira la ventana de la sacristía, una de las obras más celebradas del estilo. En ella se da rienda suelta a la fantasía decorativa, con un enredo de algas, corales, caracoles y sogas, coronado por la Cruz de la Orden de Cristo y flanqueado, una vez más, por la esfera armilar. Las obras fueron retomadas a partir de 1515 por João de Castilho, que dio cumplida réplica al magnífico trabajo de Arruda erigiendo la monumental portada principal del convento, que vemos presidida por un gran arco de medio punto de cuyo intradós cuelga un friso de arcadillas de tracería. Cobijado bajo el arco se desarrolla un complejo programa figurativo de temática religiosa, con la Virgen como tema central, custodiada por ángeles y profetas. A los motivos religiosos, como es habitual, se suma el repertorio tradicional del manuelino.

JOÃO DE CASTILHO
Portada Convento de Cristo (1515), Tomar
Fot. wikipedia
DIOGO DE ARRUDA
Ventana Sala del Capítulo
Convento de Cristo, Tomar
Fot. wikipedia
Para apreciar toda la grandeza de la arquitectura manuelina contamos con la magnífica página del IGESPAR (Instituto de Gestión del Patrimonio Arquitectónico y Arqueológico de Portugal), desde la cual se puede acceder a diferentes visitas virtuales de la mayoría de los monumentos de los que hemos venido hablando, como el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belém, el Monasterio de Batalha, el Convento de Cristo en Tomar, así como a otros recursos como videos explicativos de los monumentos, cuadernos pedagógicos y otras informaciones.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Un paseo por Lovaina (2)

CLAUDE FISCO. Colegio de Valk [puerta de acceso](1783). Lovaina


En la primera parte de nuestro paseo habíamos hecho un alto en el camino a la salida del Colegio del Papa. Proseguimos nuestro itinerario bajando hacia la izquierda del mismo, al final de la calle tomamos la estrecha y animada Munststraat a la derecha, para alcanzar Tiensestraat y subir ligeramente la calle. Pocos metros más adelante nos situamos delante de la hermosa portada neoclásica del Colegio de Valk, antigua Escuela de Pedagogía del Halcón, como nos recuerda la inscripción situada sobre el arco. Es una de las escuelas más antiguas de la Universidad de Lovaina.

El edificio actual, en su mayor parte, fue construído en 1783 por Claude Fisco, el mismo arquitecto que diseñó la señorial Plaza de los Mártires, en Bruselas. A él corresponden la sencilla pero elegante fachada, el ala izquierda y el edificio principal, al fondo del patio que articula el conjunto.

La portada está formada por un solo arco de medio punto enmarcado por el dibujo de dos pilastras, meramente decorativas, y rematada por un frontón triangular. Sobre el arco puede leerse la inscripción "PEDAGOGIUM FALCONIS REAEDIFICAT MDCCLXXXIII". Ni en la fachada, ni en el resto del edificio empleó Fisco columnas o pilastras, consiguiendo sin embargo un conjunto majestuoso gracias a la perfecta coordinación de todos los elementos. En algunos aspectos, como el sistema de decoración y la organización de las fachadas, el edificio recuerda al Palacio de Luxemburgo, en París, en el que probablemente se inspiró su autor. 



CLAUDE FISCO. Colegio de Valk [patio interior](1783). Lovaina


Tras contemplar el hermoso patio del Colegio podemos continuar ascendiendo por Tiensestraat y, en pocos minutos, alcanzamos el Parque de San Donato, donde pueden apreciarse los restos de una antigua muralla del siglo XII que rodeaba la ciudad medieval. La sombra de sus árboles ofrece cobijo en las calurosas tardes de agosto y sentado en uno de sus bancos puede contemplarse el ir y venir de sus gentes, mientras se saborea alguno de los exquisitos dulces de las pastelerías próximas al parque.


CONSTANTIN MEUNIER. Anteproyecto de los relieves del Monumento al trabajo. Instituto Superior de Filosofía, Lovaina.


Al comienzo de Vlamingestraat, la calle que rodea el parque, se encuentra el Instituto Superior de Filosofía. El portal da acceso a un patio con edificios neogóticos muy transformados. El punto de mayor interés lo encontramos a la entrada del portal, a la derecha, donde está colocado el anteproyecto original de los relieves que componen el Monumento al trabajo, de Constantin Meunier, uno de los grandes artistas plásticos del realismo social en Bélgica. Meunier vivió en la ciudad en 1887, cuando fue nombrado profesor en la Academia de Lovaina, y allí inició la realización de un grupo de relieves que dignificaban el trabajo de la clase obrera. Aunque la obra quedó inacabada, años después se instalarían en el Monumento al trabajo de la Plaza de Trooz, en Bruselas.


Capilla de Nuestra Señora de la Fiebre (2ª mitad del siglo XVII), Lovaina.


En esa misma calle, poco más adelante, podemos admirar la fachada barroca de la Capilla de Nuestra Señora de la Fiebre, actualmente convertida en un centro de documentación católico. El maltrecho estado de piedras y ladrillos no resta un ápice de belleza a esta hermosísima obra.

En aquel lugar se veneraba una imagen de la Virgen que adquirió una  gran reputación en la ciudad por los milagros que hacía, especialmente cuando las enfermedades hacían estragos entre la población. Ese fervor hizo que el templo fuera engrandeciéndose con el paso del tiempo.

La iglesia que hoy puede admirarse se comenzó a construir hacia 1641 y se terminó hacia 1705 y pronto se convirtió en una de las favoritas de la aristocracia y la alta burguesía de Lovaina, que acudían allí durante el siglo XVIII a la misa diaria de once, ataviados con sus riquísimos trajes y, sobre todo, en sus llamativos carruajes, en un espectáculo que hoy causaría gran admiración.

La puerta de acceso, en piedra, dispone sobre ella una ventana, a una altura ligeramente superior que la de los nichos que la flanquean en las calles laterales, formando un agradable conjunto en el que contrasta el gris de la piedra con el rojo del ladrillo. La sencillez del cuerpo inferior contrasta con el barroquismo del cuerpo superior de la iglesia, que se manifiesta tanto en las formas curvas y caprichosas de los elementos arquitectónicos, en los frontones rotos y superpuestos, como en la densidad decorativa que rodea la imagen de la Piedad que preside el nicho que corona la fachada.


Iglesia de San Quintín (siglo XV). Lovaina


Dejamos atrás la exaltación barroca de Nuestra Señora de la Fiebre, encaminamos nuestros pasos por Parkstraat y alcanzamos Naamsestraat, para llegar al punto más alejado de nuestro recorrido, la iglesia de San Quintín.

Esta iglesia de estilo gótico se piensa que pudo haber sido erigida a lo largo del siglo XV, y quizá interviniese en ella Matheus de Layens, a quien ya hemos mencionado al hablar de San Pedro y el formidable Ayuntamiento de Lovaina.

San Quintín es un edificio de proporciones reducidas, una iglesia de tres naves con planta de cruz latina muy regular. Justo Lisipo, el filólogo y humanista que ejerció como profesor de Latín en la Universidad a finales del siglo XVI, la consideraba como la iglesia más bella de Lovaina.

sábado, 16 de octubre de 2010

Un paseo por Lovaina (1)



Ayuntamiento de Lovaina. Detalle de la fachada.


Lovaina es una ciudad pequeña, situada a unos 30 kilómetros al este de Bruselas y con una población que ronda los noventa mil habitantes, muchos de ellos estudiantes. Ese trayecto se recorre en apenas veinte minutos en tren desde la Estación Central de Bruselas, con una puntualidad realmente envidiable, como pude comprobar en este y otros trayectos realizados durante este último verano. 

Aunque los orígenes de la ciudad se remontan a un campamento levantado por Julio César, no fue hasta la Edad Media, gracias al boyante y próspero comercio de las telas, que la ciudad alcanzó una cierta notoriedad que se tradujo en la construcción de importantes edificios. Sin embargo, el nombre de Lovaina se convirtió en universal cuando el Papa Martín V y el Conde Juan de Bravante decidieron fundar en 1425 una universidad en aquel lugar, lo que la convierte en la universidad más antigua de los Países Bajos y la universidad católica más antigua del mundo.

En el siglo XVI  se convirtió en uno de los centros intelectuales más prestigiosos de Europa, y por sus aulas pasaron eminencias de la talla de Erasmo de Rotterdam  que ayudó a fundar el Collegium Trilingüe con la intención de promover el estudio del hebreo, del latín y del griego; Andreas Vesalio que se se graduó en Medicina en la Universidad de Lovaina; Gemma Frisius matemático, astrónomo y físico, que resolvió el problema del cálculo de las longitudes geográficas, el problema que durante siglos había inquietado a los navegantes; Gerard Mercator, el gran cosmógrafo del siglo XVI, estudió Matemáticas en sus aulas, precisamente con Gemma Frisius, de quien aprendió el movimiento de los planetas y la geometría clásica que luego le serían de tanta ayuda en la elaboración de su famoso mapa; o Adriano de Utrecht, que fue profesor de Filosofía, Teología y Ley Canónica, antes de ser proclamado Papa con el nombre de Adriano VI. Y así podríamos seguir con una larga lista.

La Universidad de Lovaina se convirtió, además, en uno de los bastiones intelectuales de la lucha contra la reforma protestante. Carlos V encomendó a su Facultad de Teología la tarea de inspeccionar todos los libros que se imprimían, y censurar aquellos contrarios a la doctrina oficial de Roma.

La influencia que la Universidad ejerce en la ciudad se percibe en cada paso que se da en ella, y le imprime un carácter que, salvando las lógicas diferencias, te recuerda a otras pequeñas ciudades universitarias como Santiago de Compostela o Salamanca.

En las guías de turismo de Bélgica ocupa un lugar importante, pero no tanto como otras ciudades más conocidas y promocionadas como Brujas, Gante o Amberes, pongo por caso. Es cierto que, si exceptuamos el soberbio Ayuntamiento, carece de las catedrales, grandes iglesias o museos de aquellas ciudades. Sin embargo, dispone de un magnífico conjunto urbano salpicado de pequeñas joyas arquitectónicas que van apareciendo ante tí, sorprendiéndote, a cada paso. Un tanto alejada de la mirada curiosa de las multitudes de turistas, el visitante puede deleitarse con un plácido paseo por sus calles, animadas por la presencia constante de estudiantes, incluso en agosto, pero que no restan ni la tranquilidad ni el sosiego necesario para apreciar la belleza de Lovaina, y ahí radica precisamente su encanto, haciendo de ella, como reza un folleto que recogí en la Oficina de Turismo, un tesoro de ciudad.

WHITNEY WARREN. Biblioteca de la Universidad Central (1921 - 1928), Lovaina.


Si como fue mi caso, llegamos a la ciudad en tren, podemos iniciar nuestro paseo desde la propia estación. Frente a ella se encuentra Bondgenotenlann, una importante calle comercial que nos conduce directamente al centro de la ciudad, a menos de 700 metros. A mitad de esta vía, si giramos por Koning Leopoldstraat, llegamos a Monseigneur Ladeuzeplein, donde podemos hacer nuestro primer alto en el camino para admirar la Biblioteca de la Universidad Central, visible desde lejos por la enorme torre que contrasta con la horizontalidad del edificio. La primera biblioteca había sido construída en estilo barroco en 1725 pero se destruyó durante un incendio en la Primera Guerra Mundial. Tras el fin del conflicto, se confió al arquitecto norteamericano Whitney Warren el nuevo edificio, quien adoptó los cánones historicistas y erigió un buen ejemplo de neorrenacimiento flamenco. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1940, la Biblioteca volvió a sufrir daños muy importantes que obligaron a su reconstrucción en 1947, siguiendo los planes y diseños de Warren.



Iglesia de San Pedro (siglo XV). Lovaina. A la izquierda vista de la cabecera, a la derecha, fachada principal.



Si reemprendemos nuestro camino por Leopold Vandekelerstraat, pasamos por delante del Colegio de San Ivo, y pocos metros más adelante llegamos a Fochplein, junto a la Grote Markt. Desde allí podemos admirar la cabecera de la Iglesia Colegial de San Pedro, sin duda su mejor perspectiva. El templo es una de las mejores muestras del gótico de Bravante. Se empezó a construir en el primer tercio del siglo XV, aunque tardaron más de doscientos años en concluirla. Unas excavaciones recientes han permitido descubrir una cripta románica correspondiente a una iglesia anterior levantada en el mismo lugar.

La fachada principal, con sus torres truncadas, dan la imagen de iglesia inacabada y su aspecto no se corresponde con la verticalidad propia del gótico. Al parecer, cuando se empezaron a levantar las torres se produjo un derrumbamiento al no soportar su peso los cimientos del templo. Luego, problemas económicos impidieron reemprender la obra, de ahí el aspecto que presenta, muy poco atractivo.


Ig. San Pedro (Lovaina). Púlpito barroco y reja gótica


Merece la pena pasar a su interior y apreciar la altura de las bóvedas de sus tres naves. En el centro de la nave central se alza un espectacular púlpito barroco en madera, en el que se cuenta la historia de la conversión de San Norberto, un noble alemán poco inclinado al fervor religioso, que vio su vida transformada al caer de su caballo fulminado por un rayo de luz, en una visión celestial que parece evocar la propia historia de San Pablo.

Otra de las joyas del interior la apreciamos en la reja gótica de finales del siglo XV. Sus recargados arcos conopiales, y su abundancia decorativa, nos sitúan en el gótico flamígero, y ponen un punto de contraste con la sencillez y limpieza de las bóvedas y muros. La reja es de proporciones considerables,  corta la nave central y la separa de la magnífica sillería del coro, obra de N. de Bruye. El coro y las capillas, transformadas en un museo de arte religioso, conservan obras de la importancia de La Última Cena, de Dirk Bouts.

Ayuntamiento de Lovaina (siglo XV)


La entrada sur de San Pedro se sitúa en la Grote Markt, frente al Ayuntamiento,  auténtica joya del gótico civil flamenco, una de las mejores muestras del estilo junto con los de Bruselas, Brujas o Gante. En su construcción intervinieron tres arquitectos, que se fueron sucediendo en el tiempo. El primero de ellos fue Sulpicius Van der Vort, a quien sucedieron, primero Jan Keldermans y luego Matheus de Layens, quien pasa normalmente como ejecutor del proyecto.

Es un edificio de tres plantas, con una profusa decoración escultórica propia del gótico flamígero, que ocultan casi por entero las líneas constructivas del edificio. Las esculturas que tapizan los muros, a ambos lados de los estrechos ventanales que los recorren de arriba a abajo, son de dos épocas diferentes. Las más antiguas son góticas y corresponden a escenas bíblicas. Las más recientes, en cambio, representan a dignatarios locales, políticos e intelectuales vinculados a Lovaina, como Erasmo o Luis Vives, y se añadieron en el siglo XIX.

 La verticalidad del conjunto se subraya por las cuatro torres situadas en cada uno de sus ángulos a las que hay que añadir otras dos en el tejado. Sin duda, el de Lovaina, es uno de los ayuntamientos más bellos del mundo.


Tafelrond (1927). Lovaina



Antes de abandonar la Grote Markt podemos sentarnos en algunos de los agradables cafés situados en los edificios barrocos y neoclásicos que la componen. Desde sus terrazas se puede admirar la belleza del conjunto y contemplar al fondo el edificio que llaman Tafelrond (La Mesa Redonda). El edificio original era gótico, obra de Matheus de Layens, uno de los arquitectos que intervino en el Ayuntamiento. El edificio actual se trata de una reconstrucción en estilo neogótico, del año 1927.


Aula Universitaria (Lovaina)

Continuamos con nuestro paseo por Naameestraat y nos topamos de inmediato, a nuestra derecha, con el Aula Universitaria. El edificio original estaba dedicado al comercio de paños, actividad que supuso la prosperidad de la ciudad en la Edad Media. Entonces sólo tenía una planta, la que podemos ver en estilo gótico (1317). En el siglo XVII se añadieron otras plantas para adecuarlo a las nuevas funciones cuando la Universidad adquirió el edificio. En la actualidad constituye la sede de la administración central de la Universidad Católica de Lovaina y está profundamente reformado aunque conserva algunos de sus hermosos arcos.

Si giramos a la izquierda en Standonckstraat, llegamos a Hogeschoolplein, una tranquila y recogida plaza en la que nos topamos de frente con el Colegio del Papa, uno de los más antiguos de la Universidad de Lovaina y que cuenta con una agitada historia a sus espaldas. En 1502, cuando Adriano de Utrecht ejercía de profesor en Lovaina, adquirió una casa propiedad de Gautier Van den Tymple que reformó en profundidad para convertirla en su residencia. Allí vivió hasta su marcha a España como consejero del emperador Carlos V. Años más tarde, y convertido ya en Papa con el nombre de Adriano VI, pocos días antes de su muerte en 1523, otorgó su testamento, en el que ordenaba que aquel edificio se convirtiera en un colegio para estudiantes de teología, lo que obligó a otra profunda reforma del edificio.


LOUIS MONTOYER. Colegio del Papa [cuerpo central de la fachada] (1776-1778). Lovaina


En 1775 el edificio sufrió un derrumbe parcial que afectó gravemente a sus instalaciones y se decidió practicar otra reforma, que se encargó a un arquitecto de prestigio, Louis Montoyer. La primera piedra del mismo la colocó el entonces presidente del Colegio, el doctor Thomas Lambert Ghenne el 18 de mayo de 1776. Dos años después se daban por finalizadas las obras de este precioso ejemplo de neoclasicismo.

El edificio forma un rectángulo que ocupa una superficie de unos siete mil metros cuadrados aproximadamente, que se articulan en torno a un patio interior que sorprende por su silencio y la serenidad que emanan sus proporciones.

La fachada exterior se articula en tres cuerpos. El central dispone de seis pilastras de orden colosal en estilo compuesto. El conjunto se remata con un frontón triangular. Los cuerpos laterales, en cambio, se cubren con frontones semicirculares y las pilastras, del mismo orden que las anteriores, se organizan en dos cuerpos en altura, el primero de los cuales descansa sobre un basamento rústico.


LOUIS MONTOYER. Colegio del Papa [patio interior] (1776-1778). Lovaina


En el año 1786 el emperador José II decidió destinar las instalaciones para Seminario General de la Universidad; más tarde, en los revolucionarios años que se sucedieron con la ocupación napoleónica, llegó a ser una sucursal del Hospital de los Inválidos de París. Durante la ocupación holandesa, el rey Guillermo I estableció allí el Colegio de Filosofía; y desde 1835 sirve de escuela de pedagogía para los estudiantes de Filosofía y Letras.

Hacemos aquí un alto en nuestro camino para retomar la ruta en unos días.

miércoles, 27 de enero de 2010

Sens, la primera catedral gótica

Catedral de Sens (siglo XII), nave central.


Aunque el primer edificio que podemos considerar gótico es la iglesia de la abadía de Saint Denis, el gótico alcanza su sentido pleno como estilo e idea en la catedral, y la primera en construirse bajo estos principios fue la de Saint-Étienne de Sens, en el territorio del ducado de Borgoña.

La construcción de la catedral gótica de Sens se inició durante el obispado de Enrique, apodado el Verraco, probablemente hacia el año 1130. Es posible que en su construcción interviniese el maestro Guillermo de Sens, del que no sabemos gran cosa, salvo que fue el introductor del gótico en Inglaterra, y que los documentos que lo mencionan se refieren a su extraordinaria habilidad como carpintero y cantero. A él se debe la construcción del coro de la catedral de Canterbury, que es casi una copia de la de Sens.

En los planes originales del edificio ya se preveía la utilización de la bóveda de crucería, una de las señas de identidad del arte gótico. Si tenemos en cuenta que la reconstrucción de Saint Denis por el abad Suger no comenzó hasta 1135, esto haría de Sens no sólo la primera catedral gótica, sino incluso el primer edificio gótico, si no en realizarse al menos en proyectarse.

En Sens, la bóveda de crucería sixpartita del ábside, como en Saint Denis, es genuinamente gótica, con los plementos perfectamente definidos convergiendo todos los nervios en la clave.

Otro de los aspectos importantes de Sens para el desarrollo posterior del gótico está en la distribución que hace de los paramentos interiores. En lugar de la división cuatripartita habitual, su constructor optó por suprimir la tribuna y colocó sobre las naves laterales un falso triforio, es decir, ni siquiera un corredor, sino aberturas entre las arcadas de la nave central y la galería o claristorio.

Catedral de Sens, vista de la bóveda


En cambio, en Sens todavía no se es consciente de la importancia de la luz, una idea esencial en el gótico que, sin embargo, aparece plenamente en Saint Denis. Las ventanas de las galerías eran pequeñas para el concepto gótico de luminosidad y no será hasta el siglo XIII, cuando este concepto estaba plenamente asumido, que se amplió el claristorio siguiendo el modelo de Notre Dame de París. No debió resultar nada fácil, ya que la reforma obligaba también a modificar la curvatura de las bóvedas.


Planta de la catedral de Sens (siglo XII). El escaso desarrollo del crucero, casi inexistente, contribuye a unificar el espacio.


Por lo demás, su aspecto sólido, austero y sencillo, encaja muy bien con las ideas preconizadas por San Bernardo de Claraval y la arquitectura cisterciense, que en aquel momento estaban gestándose al mismo tiempo que el propio arte gótico. No debemos pasar por alto que el obispo Enrique era uno de los más firmes defensores de las ideas reformistas impulsadas por San Bernardo, además de amigo personal.

Muchas de las novedades introducidas en la construcción de la catedral de Sens, pasaron luego, con modificaciones, a las catedrales de de Senlis y Noyon. También se ha mencionado antes la influencia ejercida en la catedral de Canterbury.

Para ampliar la información sobre la catedral, podeis visitar el artículo de la wikipedia francesa. En esta otra del Ministerio de Cultura francés podeis ver una preciosa colección de fotografías antiguas del edificio en blanco y negro. Aunque si lo que quereis es ver fotografías os recomiendo que visiteis Structurae, con 50 fotografías de la catedral y algunos datos técnicos.

Las fotografías de la catedral proceden de wikipedia, y la de la planta de ars summum.

lunes, 25 de enero de 2010

La arquitectura cisterciense y los orígenes del gótico

Abadía de Pontigny (Francia), siglo XII. Nave de la iglesia (Fotografía de romanes.com)


En las primeras décadas del siglo XII tuvo lugar en Francia una controversia de orden filosófico y teológico que enfrentó, entre otros, a dos de los más importantes pensadores religiosos de la época: Abelardo y San Bernardo. El primero de ellos, se ganó una merecida fama por su afición a las disputas dialécticas, que le convirtieron en uno de los pioneros de la escolástica medieval e hicieron de él un maestro de reconocido prestigio. Sin embargo, para algunos es más conocido por su historia de amor con Eloisa (que podeis leer en este trabajo de Virginia Seguí en Alenarte Revista), una de esas historias de amor eternas que traspasan el tiempo.

San Bernardo, por su parte, su oponente en esta disputa, podemos calificarlo como un místico religioso "cuya santidad no fue suficiente para hacerlo inteligente", como recoge con suficiencia típicamente británica Bertrand Russell en esa obra deliciosa que es la Historia de la Filosofía Occidental. Llegó a ser abad de la por entonces recién fundada abadía cisterciense de Claraval (Clairvaux en francés), y desde allí encabezó un movimiento místico de renovación espiritual que buscaba la verdad religiosa no en el razonamiento, sino en la experiencia subjetiva y en la contemplación.

No es este el lugar (ni creo que tenga yo la capacidad suficiente) para entrar en un análisis de los fundamentos teológicos y filosóficos de esa disputa. Nos limitaremos a decir que la misma no es ajena, en absoluto, al nacimiento del arte gótico en Francia, hasta el punto que uno de los principales historiadores del estilo, Otto von Simson, afirma que "el arte gótico no habría existido sin la cosmología platónica que se cultivó en [la Escuela de la Catedral de] Chartres y sin la espiritualidad de [la abadía] de Claraval".


Abadía de Fontenay (Francia), siglo XII. Nave de la iglesia (fotografía de romanes.com)


Para ilustrar sus planteamientos teológicos en la controversia, San Bernardo utiliza como ejemplo tanto la música como la arquitectura, como hiciera San Agustín. Al hacerlo, expuso una serie de ideas estéticas y artísticas contrarias a la estética imperante en aquellos años y encabezada por los monjes cluniacenses. En primer lugar, San Bernardo muestra una clara iconofobia ante el uso de determinadas imágenes habituales en el románico, especialmente aquellas monstruosas de tipo antropomórfico y zoomórfico. Asimismo, condena también la altura, anchura, suntuosidad y ornamentación de las iglesias cluniacenses, incompatibles en su opinión con la humildad y caridad que debe presidir la vida monástica. Lo expresa de manera inequívoca con estas palabras:

"Dejo a un lado las inmensas alturas de las iglesias, las desmesuradas longitudes, las anchuras innecesarias, las suntuosas decoraciones, las curiosas pinturas que hacen volver las miradas de los fieles e impiden su devoción [...]. ¿Qué fruto [...] exigimos de estas cosas: la admiración de los tontos y la satisfacción de los simples? [...] No pedimos el provecho, sino el donativo [...]. Ante reliquias cubiertas de oro se agrandan los ojos y se abren las bolsas [...] y más se admira la belleza que se venera la santidad. En las iglesias se colocan no sólo coronas gemadas, sino ruedas circundadas de lámparas y no menos fulgentes por las piedras insertas en ellas. Y distinguimos, en vez de los candelabros, una especie de elevados árboles fabricados de pesado metal y con obra de artificio, no más brillantes por las luces que llevan que por sus piedras preciosas. ¿Qué crees que se busca con esto, la compunción de los penitentes o la admiración de los espectadores? ¡Oh vanidad de vanidades, más loca que vanidosa!"


Claustro de la abadía de Rouyamont (Francia), siglo XIII. Claustro (fotografía de romanes.com)


Unos años antes de escribir estas palabras, pero movidos por ideales parecidos, en el año 1098 un grupo de veintiun monjes de la casa benedictina de Molesmes encabezados por Roberto, decidieron abandonar el monasterio e instalarse en un lugar al sur de Dijon, en la Borgoña, casi inaccesible por la maleza y las fieras, para recuperar el espíritu fundacional de la orden de San Benito. Así nacieron el monasterio de Citeaux y la orden benedictina reformada del Císter. Para diferenciarse de los cluniacenses, también benedictinos, adoptaron unos estatutos propios llamados cartas de caridad y adoptaron hábitos blancos, ya que aquellos lo hacían de negro. De allí saldría después Bernardo para fundar el monasterio de Claraval.

Poco a poco, el Císter fue desarrollándose, primero en Borgoña, cuna de la orden y donde se conservan los principales monumentos, y de allí se fue extendiendo rápidamente por Europa, al tiempo que lo hacía la propia arquitectura que adoptaron. Esta arquitectura, al principio, se ajustaba bastante a las exigencias estéticas de San Bernardo. Por lo general, se buscaba una arquitectura espiritual a través de formas claras, puras, sencillas y ausentes de cualquier decoración. Estos planteamientos son los que presiden las iglesias y dependencias de las abadías y monasterios cistercienses, y son ellos los que producen esa sensación de desnudez y soledad que invitan al recogimiento y la vida contemplativa.


Monasterio de Veruela (Zaragoza, España), siglo XII. Nave de la iglesia (fotografía de analizarte.es)


En las iglesias cistercienses no entraba el pueblo, sólo los monjes y los hermanos del monasterio, que ocupaban cada uno de ellos una de las dos mitades de la nave, separados por un cancel o jubé. A ambos lados de toda la superficie se situaba el coro que ocupaban respectivamente.

En la cabecera de las iglesias se impuso la misma austeridad y economía de formas, prefiriéndose el ábside recto y de planta cuadrangular, flanqueado por pequeñas capillas laterales, también de sección recta que se abrían en el transepto. El prototipo de este modelo podemos verlo en la abadía de Fontenay. Poco después se utilizó también el ábside semicircular, como en la propia iglesia de Claraval, incorporando el deambulatorio y las capillas radiales.


Iglesia del Monasterio de Alcobaça (Portugal), siglos XII-XIII. Nave de la iglesia (fotografía de JFVP en wikipedia)


Sin embargo, a medida que crecían la importancia de la orden y aumentaban las donaciones y rentas, los sencillos y modestos oratorios de los primeros tiempos, empezaron a crecer tanto en tamaño como en suntuosidad, alcanzando dimensiones catedralicias, así que, en poco tiempo, se acabó cayendo en aquello que San Bernardo había condenado. Basta contemplar para ello la iglesia de Vaucelles, con sus 132 metros de longitud, una auténtica catedral.

Por otra parte, la importancia de la arquitectura cisterciense radica también en la utilización de determinados elementos constructivos que luego pasarán al gótico y se convertirán en señas de identidad de este estilo, pero que ya habían sido empleados con anterioridad por los constructores cistercienses, como el arco apuntado, los arcos arbotantes por encima de las cubiertas de las naves laterales, los rosetones y las bóvedas de ojiva. Pero el gótico es más una idea, un concepto que la utilización de unos u otros elementos arquitectónicos, y los tres edificios sobre los que se cimentó el nacimiento del gótico, la abadía de Saint-Denis y las catedrales de Sens y Chartres, fueron impulsadas respectivamente por tres personas muy cercanas y afines a las ideas de espiritualidad sostenidas por San Bernardo en sus disputas teológicas, además de amigos personales entre sí: el abad Suger de Saint-Denis, el obispo Enrique de Sens y el obispo Godofredo de Chartres. De tal manera que, si puede decirse que durante el siglo XII la arquitectura cisterciense y la gótica fueron "dos ramas que crecen del mismo tronco y que ponen en práctica los mismos postulados estéticos y teológicos, con la única diferencia que la primera está pensada en la vida piadosa del convento, y la segunda en la de la diócesis" (Otto von Simson, La catedral gótica), a partir del siglo XIII ambos estilos se funden en uno solo. Por todo ello, queda fuera de toda duda la influencia que San Bernardo y el Císter ejercieron en el nacimiento del gótico, aunque no sería la única.


Abadía de Eberbach (Alemania), siglo XII. Dormitorio de los monjes. En ella se rodaron gran parte de los interiores de la película "El nombre de la rosa" (Fotografía de wikipedia)


Entre los ejemplos más notables de la arquitectura cisterciense en Francia podemos citar las abadías de Fontenay, Pontigny, Rouyamont, Vaucelles y Fontfroide, entre otras; en España, los monasterios de Poblet, Veruela, Rueda y Santes Creus; en Italia, las abadías de Fossanova y Casamari; los monasterios de Eberbach y Altenberg, en Alemania; y el impresionante y hermoso monasterio de Alcobaça, en Portugal, para algunos, la más pura y majestuosa del estilo.

En arteguías podeis encontrar un amplio estudio sobre la arquitectura cisterciense. En este trabajo de Gonzalo Fernández se hace hincapié, sobre todo, en sus elementos constructivos . En esta otra página, se puede leer un brevísimo artículo sobre el estilo y responder un pequeño test sobre el mismo. También resulta de bastante interés el artículo de la enciclopedia wikipedia, donde además podreis encontrar una buena colección de fotografías, enlaces a otros páginas sobre el estilo. Entre las galerías fotográficas os recomiendo la página romanes.com (en francés), que se ocupa del estilo en Francia y de donde se han obtenido algunas de las fotografías de este artículo. Por último, en el blog Algargos podeis leer un artículo sobre este mismo tema y disfrutar de un montaje de diapositivas con fondo musical, con imágenes de monasterios peninsulares.

jueves, 21 de enero de 2010

Giorgio Vasari y el estilo gótico

GIORGIO VASARI. Autorretrato (h. 1567). Galería Uffizi, Florencia.



Aunque hoy pueda parecernos extraño, durante siglos el arte gótico, con sus arbotantes, vidrieras, arcos apuntados y bóvedas de crucería, fue considerado como un arte propio de pueblos bárbaros, o al menos como notablemente inferior al arte clásico. No sería hasta el siglo XIX, con la llegada del romanticismo y el nacionalismo alemán, que se reivindica el gótico y el resto de estilos medievales europeos, para situarlos en la base de una cultura nacional y europea. A partir de ahí, se irán superando las connotaciones peyorativas del estilo.

El origen de este rechazo hay que buscarlo en el desprecio del estilo por los hombres del Renacimiento y, especialmente, en las duras palabras que Giorgio Vasari dedica en su famosa obra para referirse a lo que él llama arquitectura tedesca (germánica) o maniera dei goti (estilo propio de los godos). Sus palabras aparecen recogidas al final del capítulo III de su célebre Vidas, que lleva por título De los cinco órdenes de la arquitectura: rústico, dórico, jónico, corintio, compuesto y del trabajo gótico, cuyo pasaje transcribimos a continuación:

Catedral de Siena (siglo XIII)

"Hay otros tipos de trabajos que se llaman alemanes, que son muy distintos en cuanto a ornamentación y proporciones a los órdenes antiguos y modernos. Este orden ha sido abandonado por nuestros buenos artistas por considerarlo monstruoso, bárbaro y sin ninguna armonía, y en vez de orden debería llamarse confusión y desorden. Han construido en sus edificios, que son tantos que han corrompido el mundo, puertas adornadas con columnas finísimas y sinuosas a manera de parras, que carecen de fuerza suficiente para sostener ningún peso; y así por todos lados y con otros tipos de adornos construían una maldición de tabernáculos pequeños, colocados unos encima de otros, con tantas pirámides, puntas y hojas, que parece imposible que puedan sostenerse; y dan más la impresión de estar hechos de papel que de mármol o de piedra. Y en estas obras tantos detalles, hendiduras, repisitas y caulículos que desproporcionaban todo lo que construían, y a menudo, por la acumulación de detalles y elementos, alcanzaban tal altura que al final de las puertas tocaba el techo. Este estilo fue inventado por los godos. Como las guerras destruyeron todos los edificios antiguos y desaparecieron los arquitectos, los modernos empezaron a construir en la forma que hemos dicho, haciendo los techos en ángulo agudo y llenando toda Italia con esta maldición de edificios que, por suerte, no se erigen ya. Quiera Dios librar a los pueblos de caer en el error de concebir tales edificios, que por su deformidad y por carecer en absoluto de la belleza de nuestros órdenes no son dignos de que los describamos"

lunes, 26 de enero de 2009

La luz en el arte gótico

Catedral de León, siglo XIII


El nacimiento de la arquitectura gótica, y su expansión inicial tuvieron lugar en la Île de France, con la construcción de la abadía de Saint Denis en el siglo XII, por el abad Suger, cuyo modelo luego sería ampliamente reproducido en otros lugares de Francia y, más tarde, del resto de Europa.

Los elementos arquitectónicos que configuran las construcciones góticas, principalmente el arco apuntado y la bóveda de crucería o de ojivas, se tomaron del repertorio de la arquitectura románica normanda. Estos dos elementos serán los rasgos constructivos más importantes del nuevo estilo, lo que ha llevado a muchos historiadores a considerarlos como los auténticos definidores del gótico. Sin embargo, los elementos arquitectónicos en este caso no definen el estilo.

Para el historiador alemán Otto von Simson, lo que hace absolutamente distinto al gótico de cualquier otro estilo es, además de una relación original entre la estructura y la apariencia del edficio, la utilización de la luz. Es decir, el arquitecto o constructor gótico no encuentra la luz, sino que conscientemente la busca, y para ello se vale y desarrolla los elementos constructivos que necesita para lograrlo, como son el arco apuntado, el arbotante y la bóveda de crucería, y no al revés. Esa búsqueda consciente está presente desde los mismos orígenes del gótico en Saint Denis, y fue uno de los rasgos que llamó más la atención a sus contemporáneos del nuevo templo.


Santa Capilla, París (siglo XIII)


En el arte románico, el muro se oponía a la luz, impedía su paso, sumiendo el interior de los templos en una atmósfera sombría y de recogimiento. En el gótico ocurre todo lo contrario, la luz penetra al interior de las iglesias, fundiéndose con el muro y transfigurando el interior en espacios claros y diáfanos. Según el mismo autor, la relación entre este concepto de luminosidad y la metafísica medieval es bastante clara. Fue San Agustín quien recordó que a Cristo se le llama Luz Divina propiamente y no en un sentido figurado. Para los siglos XII y XIII, la luz era la fuente de toda belleza visual, así lo entienden, entre otros, pensadores tan distantes y diferentes como Santo Tomás de Aquino y Hugo de San Víctor, que coinciden en afirmar que lo bello participa de dos características, la proporción y la luminosidad. En el resto de la literatura filosófica de la época, se utilizan con frecuencia adjetivos como lúcido, luminoso y claro para describir la belleza visual, y la belleza, conviene recordar, no era considerada como un valor independiente de los demás, sino como el resplandor de la verdad, es decir, de Dios.


Vidriera de la catedral de Chartres, siglo XIII


Podría pensarse, por tanto, que los constructores góticos aspiraban a representar la Jerusalén celestial, descrita en el Apocalipsis como una ciudad que desciende sobre la tierra para convertirse en la morada de Dios entre los hombres, y que allí se dice que era de "oro puro como cristal transparente". En la Santa Capilla de París, alcanza esta idea su máxima expresión, sustituyendo casi por entero el muro en favor de sus espectaculares vidrieras de colores.

Para alcanzar ese logro, la distribución de los paramentos interiores de las catedrales góticas fue evolucionando. En la catedral de Noyon, de la segunda mitad del siglo XII, se distinguen cuatro niveles: naves laterales, tribuna, triforio y claristorio. En la de París, de esa misma época, la supresión del triforio permitió aumentar la superficie del claristorio con unos magníficos rosetones y vidrieras. En Chartres, ya en la primera mitad del siglo XIII, lo que se suprime es la tribuna, conservando el triforio, que al tener menos altura que aquella, permite una mayor expansión de la superficie acristalada, en la que se admiran uno de los más espléndidos conjuntos de vidrieras de todo el gótico.

domingo, 20 de julio de 2008

KEN FOLLET. "Los pilares de la Tierra"

"Corre el año 1123. El pueblo de Kingsbridge asiste expectante al ahorcamiento público de un inocente que entona una quejumbrosa melodía en francés, la lengua de la nobleza normanda, dirigida a una joven embarazada. Esta, tras el ajusticiamiento, abandona apesadumbrada el lugar y huye al bosque, maldiciendo a los siniestros responsables de tan cruel castigo. Un suceso que, por otra parte, no es inhabitual en la convulsa Inglaterra del siglo XII, sacudida por una cruenta lucha sucesoria.
Sin embargo, Kingsbridge también es el escenario de la realización de un sueño: el inicio de la construcción de una catedral gótica, el proyecto de Tom Builder, un sencillo maestro de obras que quiere erigir el monumento a la celebración de la gloria del Señor." (tomado de la contraportada de la edición de Círculo de Lectores).
La novela no trata de la construcción de las catedrales, sino que la usa como pretexto para enmarcar una historia, una narración. Sin embargo, es precisamente este último asunto, la construcción de la catedral, lo que más nos interesa del exitoso best-seller del escritor británico. En la novela puede apreciarse el momento en que empieza a producirse el tránsito del estilo románico al novedoso estilo gótico, iniciado en Saint-Denis, del que el protagonista del libro tiene noticia tras su huida forzosa de Inglaterra y su llegada a Francia. A través de buenas descripciones, salpicadas a lo largo de la narración, podemos conocer distintos aspectos que rodeaban la construcción de las catedrales medievales: técnicas de construcción, conocimientos de los arquitectos (o quizá mejor sería decir constructores o maestros de obras), herramientas, problemas de financiación, accidentes, incendios, intereses políticos, sociales o religiosos en torno a ellas, etc.
Ahora bien, no perdamos de vista que es una típica novela de best-seller, con lo mejor y lo peor de este género literario.
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