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jueves, 9 de enero de 2014

Exposición "El Surrealismo y el sueño"

RENÉ MAGRITTE. El arte de la conversación (1963)
Colecc. particular
Aprovecho unos días en Madrid para visitar algunas exposiciones. Dejo para el último día "El Surrealismo y el sueño", en el Thyssen-Bornemisza. Su comisario, José Jiménez, justifica acertadamente en el programa de mano la elección del tema con estas palabras:
resulta curioso, y a la vez extraordinariamente significativo, comprobar la escasa atención que se ha prestado en el mundo del arte a la relación entre el surrealismo y el sueño. Son muchas las exposiciones dedicadas al surrealismo en general, o a alguno de sus aspectos en concreto. Y no pocas las centradas en los sueños desde planteamientos muy diferentes [...]. Pero, hasta la fecha, no ha tenido lugar una exposición de arte que aborde monográficamente, y con la intensidad que ello exige, esa temática central e intensamente sugestiva: el surrealismo y el sueño. Esta exposición se sitúa, por tanto, en un terreno "casi virgen".
Después de recorrer las salas, con sus 163 obras y sus siete video-instalaciones debo confesar que salgo decepcionado, esperaba algo más, no en cantidad, pero si quizá en calidad. Creo que bajo el paraguas grandioso del surrealismo y los nombres de artistas ilustres que hicieron grande el movimiento, hay muchos otros, en cambio, excesivamente sobrevalorados, pienso. La visita, no obstante, me proporciona diferentes alegrías, como:

REMEDIOS VARO. Papilla estelar (1958)
Colecc. particular
  1. dos pequeños cuadros de mi admirado Henri Rousseau, el Aduanero, que resplandecen al inicio del recorrido y dan la bienvenida a la muestra.
  2. la posibilidad de reafirmar mi admiración y entrega por la obra de Magritte, cuya producción me parece que destaca por encima de la de cualquiera de los artistas representados.Todos tenemos nuestras debilidades.
  3. reconciliarme con el mejor Dalí. 
  4. acercarme a la obra de algunas pintoras, en general menos conocidas que sus colegas varones y, en cambio, con mucho más talento que la mayoría de ellos, como es el caso de Remedios Varo y Dorothea Tanning.
  5. comprobar -y sorprenderme- cómo el cine de Buñuel sigue captando la atención, como un imán, de todo el que se para delante de la proyección de Un perro andaluz, sea cual sea la edad del espectador. Y lo mismo podría decirse de algunas de las otras proyecciones, uno de los grandes aciertos de la muestra.


En fin, lo mejor es que cada uno juzgue por sí mismo. Recordar que hasta el día 12 puede visitarse. Aquí dejo también el enlace a la excelente página del Museo Thyssen-Bornemisza, que contiene abundante y variada información sobre esta exposición. Por último, no dejéis de ver Un perro andaluz.
 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Josefa Tolrà, menos desconocida

JOSEFA TOLRÀ. Maestro. La inteligencia (1947)
Museo Nac. Centro de Arte Reina Sofía, Madrid
Hace aproximadamente un año y medio, en mayo de 2012, publiqué en este blog un artículo bajo el título de "Josefa Tolrà, una desconocida en el Reina Sofía". En aquella ocasión trasladaba el interés y la atracción que me produjo la obra de esta casi desconocida pintora catalana en una visita al museo madrileño. Exponía entonces lo poco que había podido reunir acerca de ella, una medio payesa analfabeta de Cabrils, que durante sus momentos de tránsito, hablaba de arte y filosofía mientras pintaba sus extrañas figuras de fluidos cósmicos. Concluía aportando la referencia de dos dibujos suyos, titulados Fantasía taurina, que había localizado en el Museo de Arte Moderno Lille Metropole, en la localidad francesa de Villeneuve-d'Ascq.

Un par de semanas después de aquello me sorprendió gratamente recibir un e-mail de Sandra Martínez, una joven investigadora catalana en el que me informaba que estaba realizando, junto con otra compañera, Eulàlia Salvador, la catalogación y un estudio sobre la obra de Josefa Tolrà, al tiempo que me solicitaba si podía ampliarles la información sobre esas dos obras del museo francés. A la información ya publicada, tan sólo pude añadir la fecha de 1953, que habían llegado al museo por donación y la referencia de la ficha del catálogo. 

Hace unos días Alvar Calvet, a través de un comentario en este blog, me anunciaba la inauguración de una exposición en Can Palauet, Mataró, dedicada a Josefa Tolrà, y comisariada por Pilar Bonet y Dani Montlleó, bajo el título Josefa Tolrà. Dibujo fuerza fluídica, que tendrá oportunidad de visitarse hasta el 30 de marzo próximo. Al parecer, en unos meses se presentará un catálogo. También, amablemente, me facilitaba el enlace al blog Josefa Tolrà. Médium y artista,  donde se van publicando algunos de los contenidos de ese catálogo. Muchas gracias de nuevo Alvar por la información. Es de ahí de donde tomo prestado para su reproducción, tal cual aparece allí, un fragmento del artículo de Sandra Martínez y Eulalia Salvador que se incluirá en dicho catálogo, y a quienes aprovecho desde aquí para felicitarlas por haber culminado su investigación y arrojar luz sobre esta pintora, ahora menos desconocida.


La fuerza fluídica de Josefa Tolrá.
Por SANDRA MARTÍNEZ y EULÀLIA SALVADOR

Josefa Tolrà Abril nació el 8 de enero de 1880, en el pequeño pueblo de Cabrils, situado en el Maresme. Su vida empezó como la de tantas chicas de familia humilde y trabajadora. Cursó estudios primarios, aprendió a leer y a escribir y, cuando llegó el momento, colaboró con la economía familiar trabajando en la fábrica textil del pueblo.
A través de amigos comunes Josefa conoció a un trabajador del campo, Jaume Lladó. Se casaron y ella dejó la fábrica para dedicarse a la familia y ayudar a su marido. Fruto de este matrimonio nacerían sus tres hijos: Joan, Maria y Pere.
El destino hizo que con solo 14 años, después de una larga enfermedad, fallezca su hijo menor, Pere. Josefa, a pesar de ser muy creyente, sufrirá una grave depresión, aunque con el tiempo conseguirá sobreponerse. Pero en 1936 estalla la Guerra Civil Española y su hijo mayor Joan muere durante la contienda. Cuando se enteran de la terrible noticia, madre e hija se abrazan, llorando, en silencio. No hay gritos, no hay rabia. Únicamente dolor. Es ese dolor precisamente, el que hace que algo extraño ocurra. Se abre una sorprendente vía de comunicación con “los seres de luz” o “los de arriba”, como ella les denominaba, impulsada por la Fuerza Fluídica, tan presente en sus textos y obras.
Al principio Josefa tenía miedo porque no comprendía lo que estaba ocurriendo. El miedo hizo que no quisiera quedarse sola, ya que figuras y voces intentaban comunicarse con ella. Cuando explicó lo que ocurría a su familia, lejos de pensar que estaba enferma, la apoyaron en todo momento y la invitan a escribir y pintar lo que esas voces y esas caras le dictan. Así, el miedo desaparece.
Con 60 años empieza a hacer garabatos con una libreta y un bolígrafo. Garabatos y más garabatos, como una escritura automática. Llena varias libretas con estos extraños símbolos que poco a poco van evolucionando. Finalmente los grafismos se convirtieron en formas definidas. Escribe e ilustra una gran cantidad de libretas con mensajes comunicados directamente por “los seres de luz” y, en muchas ocasiones firmados también por ellos. Lo más sorprende es que nuestra protagonista nunca salió de Cabrils, solo en una ocasión para ir un día a Badalona a visitar una médium. No tenía acceso a libros, ni cursó estudios, pero en sus libretas escribe poesías, habla de ciencia, de lugares lejanos (como por ejemplo el Líbano) o de hechos históricos? Estos textos los acompaña de sorprendentes y maravillosos dibujos. Algunos representan escenas cotidianas, otros retratos de personajes como Marconi, Jacint Verdaguer o Napoleón Bonaparte.
Las libretas dieron paso a dibujos realizados en láminas. Su hija Maria, que trabajaba en la fábrica textil en la que también estuvo su madre, le facilitaba los rotuladores, lápices, bolígrafos y papeles. Estos dibujos están hechos en hojas de papel de diferentes tipos, incluso algunos en el reverso de papel charol. No disponían de más pero a Josefa no le importaba, lo único que quería era pintar. “Solo pintando me siento feliz” dijo en más de una ocasión.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Exposición "Murillo & Justino de Neve. El arte de la amistad"

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO. Autorretrato (1668-70). The National Gallery, Londres.


Ante todo debo comenzar diciendo, y pido perdón si es preciso por ello, que mi interés por Murillo es muy reciente. No me pregunten por qué, su pintura nunca me atrajo, incluso diría si se me apura, que me causaba un cierto rechazo. Ni sus inmaculadas ni gran parte de su producción religiosa me resultaban especialmente atractivas; sí lo eran, en cambio, y mucho, sus pinturas de género, más pegadas al naturalismo barroco. Sin embargo, a partir de la exposición "El joven Murillo", que pude ver en Sevilla hace un par de años, mi percepción del pintor sevillano cambió. Aquel universo de niños mendigos, viejas y santos, me permitió apreciar de otro modo el colorido frío de sus pinceles en los años de juventud, el sentido narrativo de muchas de sus pinturas, y entender mejor cómo su pintura se llena de color y se dulcifica en la plenitud de su carrera.

Con aquellas sensaciones aún cercanas en mi memoria me propuse visitar este fin de semana la exposición "Murillo & Justino de Neve. El arte de la amistad", que tras su paso por Madrid, y antes de visitar Londres, hace escala en Sevilla. Creía que era precisamente ahí, en Sevilla, en pleno barrio de Santa Cruz, donde la exposición podría ser entendida y apreciada mejor que en ningún otro lugar, ya que ninguna de las otras sedes permitirá, como si lo hace esta, volver a ver algunas de estas obras en la ciudad, e incluso en el mismo espacio físico, el Hospital de los Venerables (actualmente sede de la colección permanente de la Fundación Focus-Abengoa) para los que Murillo y Neve, su mecenas y canónigo de la catedral de Sevilla, concibieron algunas de las piezas expuestas. Pues bien, si la grandeza de una exposición se mide atendiendo únicamente a la calidad de las obras exhibidas, y no únicamente al número de ellas, no me cabe duda alguna que esta exposición no sólo es grande, es enorme, a pesar de contar solamente con diecisiete obras.


BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO. Retrato de Justino de Neve (1665). The National Gallery, Londres

Las guerras napoleónicas vinieron a consumar la dispersión del patrimonio artístico de Sevilla fuera de la ciudad, y especialmente las obras de Murillo, cuyo enorme prestigio le hacían una pieza apetecible. Por eso, de las diecisiete obras que componen la muestra, tan sólo una de ellas, el Bautismo de Cristo, se conserva en su emplazamiento original, en la catedral hispalense. Es por tanto una oportunidad única para poder volver a ver juntas piezas que, concebidas en su momento para las iglesias sevillanas de Santa María la Blanca, el Hospital de los Venerables, la catedral de Sevilla o la devoción privada de Justino de Neve, actualmente se exhiben por separado, repartidas por museos de medio mundo (Madrid, Londres, Houston, París, Budapest, Edimburgo, ...).  Por si fuera poco, cinco de ellas han sido restauradas con motivo de esta exposición.

La exposición se abre con dos espléndidos retratos. Uno es el de Justino de Neve, que Murillo pintó para regalar a su mecenas y amigo, como agradecimiento por los encargos que le procuró en los templos ya citados. Destaca por su elegancia, por lo inusual del tratamiento al representarlo de cuerpo entero, y por los delicados detalles como la perrita que lo mira con atención a sus pies. Junto a él, el soberbio autorretrato de Murillo de la National Gallery, donde con una reducida gama cromática el pintor logra una pintura llena de fuerza y verdad, que parece emerger de la oscuridad para acompañarnos en la sala.


BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.  El sueño del patricio Juan (1664-65).
Museo del Prado, Madrid

La muestra continúa con el espléndido Bautismo de Cristo, lleno de fuerza, color y soberbio en la composición, que se aprecia plenamente cuando lo contemplamos a una distancia prudencial. De la iglesia de Santa María la Blanca merece la pena admirar El sueño del patricio Juan, que ocupa un lugar destacado en la producción del sevillano, tanto por su tamaño, como por la composición y la forma que emplea para narrar la fundación de la iglesia de Santa María la Mayor, en Roma.

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO. Muchacha con flores (La Primavera) (1665-1670). Dulwich Picture Gallery, Londres.


Algo más adelante nos espera lo que considero la parte más interesante de la exposición, la colección privada de Justino de Neve. Su interés no radica en que se trate de las obras de más calidad, sino en que nos permite admirar y contemplar un Murillo diferente al que trabaja para sus grandes comitentes, con cuadros de gran formato. Al contrario, se trata de cuadros de dimensiones más reducidas, para la devoción personal del canónigo, en el que el pintor sevillano nos sorprende con tres pequeños cuadros sobre obsidiana pintados al óleo, una Oración en el huerto, Cristo atado a la columna con San Pedro y Natividad, que no se habían vuelto a ver juntos desde 1685. Murillo emplea un soporte absolutamente inhabitual, la obsidiana, un mineraloide de procedencia americana de gran dureza, intenso color negro y brillo muy característico, cuyas vetas de color más claro, aprovecha para simular los rayos celestiales iluminando las escenas, cuyo fondo oscuro acentúan el dramatismo.

En el centro de la sala, en una vitrina, se expone otra de las curiosas obras de la colección de Neve, la única miniatura que se conoce hasta la fecha realizada por el pintor sevillano, un óleo sobre cobre de dimensiones diminutas, pero con su inconfundible colorido cálido y pincelada fluida. Se trata de un medallón para llevar colgado al cuello, que representa, por el anverso El sueño de San José, y en el reverso San Francisco de Paula en oración.

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO. Inmaculada Concepción de los Venerables Sacerdotes (1660-65). Museo del Prado, Madrid (marco original: Fundación Focus-Abengoa Hospital de los Venerables, Sevilla).


Otra de las grandes sorpresas la constituye el San Pedro penitente, una pintura que Justino de Neve legó en su testamento para el Hospital de los Venerables, pero que las tropas napoleónicas se llevaron a Francia y luego fue vendido en Inglaterra. La obra, que no ha sido nunca expuesta en público desde que salió de España hace doscientos años, demuestra el enorme interés y  atracción que Murillo sentía por Ribera, el Españoleto.

Esta sección se completa con dos soberbias alegorías, Joven con cesta de frutas y verduras (El verano), y Muchacha con flores (La primavera), que vistos juntos, se complementan a la perfección.

La exposición finaliza de un modo espectacular, con el regreso de la Inmaculada Concepción de los Venerables (Inmaculada Soult). Luce sola, en la iglesia, donde se muestra, por primera vez, en el mismo lugar para el que se pintó, en la misma pared de donde la arrancó el mariscal francés en 1813 y con su formidable marco original, con los símbolos de la letanía tallados en la moldura dorada, restaurada para la ocasión. Contemplarla en el espacio vacío, sin visitantes, mientras el sonido de la lluvia que golpea las piedras del patio contiguo llega hasta nosotros, constituye una experiencia inigualable.

martes, 12 de mayo de 2009

Málaga, "La noche en blanco"



El pasado fin de semana tuve la oportunidad de disfrutar en Málaga de la segunda edición de una interesante iniciativa promovida por su Ayuntamiento y que parece formar parte de las actuaciones encaminadas a conseguir que la ciudad andaluza se convierta en la Capital Europea de la Cultura en el año 2016.

A partir de las ocho de la tarde, y hasta las tres de la madrugada, puede decirse que la ciudad entera se convirtió en un enorme y gigantesco espacio cultural y artístico, con 80 propuestas repartidas por museos, galerías de arte, monumentos, calles, jardines y plazas, y todas ellas gratuitas.

Junto con la música, el teatro y el cine, el arte se convirtió en uno de los grandes referentes de la noche, mostrándonos además un programa muy variado e interesante. Por un lado, ofrecía la posibilidad de realizar visitas extraordinarias nocturnas a la Alcazaba, Teatro Cervantes, Teatro Echegaray, Museo Picasso Málaga y otros edificios de interés. Pero también exposiciones de fotografía (Chema Madoz, Susy Gómez, Noelia García Bandera, y otras de carácter colectivo realmente interesantes), de pintura ("Vázquez Díaz en las colecciones MAPFRE", "Futurismo y cuenta nueva. Cien años de futurismo", "De la piel a la médula" en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, "Bajo la nieve" con obras de Ilya y Emilia Kabakov, Pedro Roldán, José Benítez y muchos de los jovenes artistas y creadores que se están formando en las escuelas malagueñas), escultura (Ana Sáez) y, sobre todo, arte en la calle con intervenciones, performances, grafitis de luz, etc., etc., etc.

No es mi intención reproducir aquí el programa, sino simplemente dejar testimonio de la amplia oferta de actividades y manifestaciones para el disfrute de todos los que estuvimos esa noche en Málaga, y que por su propia magnitud hacía imposible acudir a todas. Resultaba difícil elegir, pero lo visto mereció la pena. Iniciativas como esta siempre son de agradecer. Por cierto, la ciudad estaba preciosa, como vestida para la ocasión. Habrá que volver en citas posteriores.

lunes, 12 de enero de 2009

Gaspar Becerra, un artista del Renacimiento

Durante estos días, y hasta el 28 de febrero, puede visitarse en Baeza (Jaén) una exposición en homenaje a Gaspar Becerra, que nació en aquella ciudad en 1520 y murió en Madrid en 1568. La muestra es un motivo más para acercarse a esa joya renacentista que es Baeza. La organizan el Ayuntamiento y el Club UNESCO.

A lo largo del siglo XVI llegaron a España las novedades artísticas que, provenientes de Italia, introdujeron el Renacimiento. Esas novedades llegaron por diversos caminos, y fueron desarrollándose hasta alcanzar un arte de primer orden en algunas de sus manifestaciones. La relación que aportamos no sigue ni un orden cronológico ni de importancia.

El primero de esos caminos fue la importación de obras de arte italianas, no sólo pintura y escultura, sino también arquitectura, como el Castillo de La Calahorra (Granada) y el patio del Palacio de Vélez Blanco (actualmente en el Museo Metropolitano de Nueva York).

El segundo, fue la llegada de artistas italianos a nuestros reinos, como Domenico Fancelli o Pietro Torrigiano, además de otros europeos que portaban igualmente el mismo espíritu innovador, como Felipe Bigarny y Juan de Juni.

En tercer lugar, tampoco fue ajeno a esa influencia, la publicación de libros como "Medidas del Romano" (1526) de Diego de Sagredo, el primero que fuera de Italia divulgó la arquitectura del Renacimiento; y la publicación de libros de grabados y estampas que popularizaron los motivos decorativos del nuevo estilo.

El cuarto, fue la formación adquirida en Italia por algunos de nuestros artistas, que después de un período de aprendizaje, retornaron a España imbuidos del nuevo arte, como fue el caso de Alonso Berruguete, Diego de Siloé, Bartolomé Ordóñez, Pedro Machuca y también Gaspar Becerra.


Dibujo atribuido a Gaspar Becerra para el Tratado de Anatomía del Dr. Juan Valverde Amuesco. (Fotografía de www.racollection.org.uk)



En efecto, Becerra se formó durante 17 años en Italia como pintor. Durante ese tiempo colaboró con Vasari, en los techos de la Cancillería de Roma; más tarde con Danielle Volterra, también conocido como el "Braghetone", ya que fue a él a quien correspondió el dudoso honor de cubrir con paños las desnudeces que, unos años antes, pintara Miguel Ángel sobre los muros de la Capilla Sixtina. Junto a Volterra trabajó en la iglesia romana de la Trinita dei Monti, donde pintó una Natividad de la Virgen. Fue también durante la estancia romana, cuando recibió el encargo de ilustrar con unos dibujos el "Tratado de Anatomía" del Dr. Juan Valverde Amuesco, en la línea del publicado unos años antes por Andreas Vesalio (que por cierto, luego acusaría de plagio a Amuesco). Aunque se ha dudado sobre la autoría de los dibujos, hoy se atribuyen a Gaspar Becerra.

Retablo de la catedral de Astorga (Fotografía http://amigoscatedraldeastorga.iespana.es)



A su regreso a España, puede considerarse como uno de los introductores del manierismo, en la línea iniciada por Miguel Ángel. Para Martín González, ese es uno de sus méritos como escultor, aunque también pone límites a sus habilidades: "Hereda de Miguel Ángel la hinchada exuberancia muscular. Pero todo ello es vana retórica, pues la figura carece de energía" (J.J. Martín González, Historia del Arte, tomo II). En cualquier caso, su obra presenta un aspecto de gran corrección técnica y monumentalidad, y a pesar de no ser muy abundante, los historiadores coinciden en afirmar que ejerció una influencia notable.

Su obra más importante es el retablo de la Catedral de Astorga, que impresiona por su monumentalidad. Está formado por tres cuerpos y cinco calles en las que dispone gran cantidad de figuras y relieves, todos de gran tamaño. Es allí, sin duda, donde mejor se evidencia su estilo manierista y la influencia de Miguel Ángel. Por aquella obra que costó al Cabildo 30.ooo ducados, Becerra había estipulado el cobro de 3.000, pero fue tan del agrado de los religiosos que recibió como agradecimiento otra cantidad similar, además de un oficio de escribano que luego vendería por 8.000 ducados.

GASPAR BECERRA. Dánae concibiendo a Perseo con la lluvia de oro de Zeus. Palacio Real de El Pardo, Madrid (http://pintura.aut.org)


Fue tal la fama que alcanzó Becerra, que en 1562, el rey Felipe II le nombró como pintor de corte, y le concedió un salario anual de 600 ducados, además de los gastos necesarios para sus trabajos, así como el pago de los salarios de sus oficiales y ayudantes. Entre los trabajos que hizo para el rey, destacan los frescos del Palacio Real de El Pardo, donde pintó a Dánae fecundada por la lluvia de oro de Zeus. En cambio, los trabajos que hizo para el Alcázar se perdieron con el fuego que destruyó el edificio.

También se perdió el retablo de las Descalzas Reales de Madrid, en un incendio en 1862, que aunque era más pequeño que el de Astorga, tenía como aquel un carácter monumental, y obedecían a un encargo de la Princesa Doña Juana de Austria, fundadora del famoso convento. A su muerte, acaecida en 1568, el retablo debía estar labrado, pero aún pendiente de dorar y estofar, ya que en su testamento, otorgado en enero de aquel año, encomienda que lo haga su hermano Juan, que colaboraba con él. En cambio, si se conserva el Cristo yacente del mismo monasterio.



GASPAR BECERRA. Cristo yacente. Monasterio Descalzas Reales, Madrid (Fot. www.oronoz.com)

El prestigio que gozó y sus trabajos en la corte, le permitieron disponer de una situación lo suficientemente desahogada como para mejorar la herencia de su esposa, Paula Velázquez, heredera del pintor y escultor, junto con la madre de este, Leonor de Padilla, que aún vivía a la muerte del artista, por lo que se desprende de la lectura de su testamento.

Una primera aproximación a la figura de este artista, prototipo del hombre renacentista, podeis encontrarla en artehistoria. Si quereis profundizar algo más, os recomiendo este artículo de Miguel Virigay Abad, publicado en el Boletín de Estudios Giennenses, y que podeis descargaros en pdf. En cuanto a sus obras más importantes, para estudiar el retablo de la Catedral de Astorga, resulta muy interesante la página de los Amigos de la Catedral de Astorga, que ofrece un estudio pormenorizado del mismo acompañado de imágenes de buena calidad, y también este otro, algo más sencillo y que también podeis descargar en pdf. En cuanto a sus dibujos anatómicos, pueden verse en la página de la Royal Collection of Arts, y en esta otra la obra de Valverde de Amusco que ilustraban.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

"Rembrandt, pintor de historias"

A pesar del frío y lluvioso otoño madrileño, el sábado pasado, y así otros muchos días, según me cuentan unos amigos, se sucedían las colas ante el Museo del Prado, en busca de la flamante entrada de la Puerta de los Jerónimos. El motivo no era otro que asistir a una de las grandes citas del año, la exposición "Rembrandt, pintor de historias". Afortunadamente, había hecho la reserva de mis entradas por teléfono y evité la larga espera en el exterior en aquella mañana tan fría. Lo que no pude evitar, sin embargo, fue la del interior.

Desde hace muchos años, he tenido la suerte de poder ver grandes exposiciones en la capital madrileña, y en diferentes recintos: Monet, El Greco, Toulouse-Lautrec, Cézanne, Picasso, Goya, Tintoretto, ..., pero jamás había vuelto a ver una aglomeración similar desde aquella de Velázquez en el año 1990. Como entonces, los asistentes caminábamos en lenta procesión y aguardábamos pacientemente nuestro turno para pararnos y examinar las pinturas, apretados unos contra otros. Aún así, y a pesar de la mala iluminación de algunos cuadros, con molestos reflejos de la luz, mereció muy mucho la pena, porque como recoge César Antonio Molina en la presentación del catálogo, la exposición es un auténtico "festín para nuestros ojos y nuestras mentes" (por una vez hay que darle la razón a un ministro).

La exposición es un recorrido por la obra del pintor holandés, a través de 35 cuadros y cinco grabados. De todos ellos, sólo uno está en el Prado, lo vemos a la izquierda, es el titulado Artemisa o Judit en el banquete de Holofernes, adquirido a mediados del siglo XVIII por el ministro ilustrado de Carlos III, D. Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada, y que luego pasaría a la colección real y de allí al Museo del Prado. Los demás son préstamos de grandes museos europeos, norteamericanos y algún que otro coleccionista particular. Con ella, los aficionados españoles podemos, aunque sólo sea por unos pocos meses, rellenar el enorme hueco que hay en los fondos de nuestros museos de la pintura de Rembrandt. Junto a ellos, para entender mejor la obra del maestro holandés, el Museo del Prado hace gala de su espléndida colección, e intercala obras de Rubens, Velázquez, Tiziano, Veronés y Ribera.



Los cuadros del primer período, en su Leiden natal, nos muestran a un Rembrandt autor de obras generalmente de pequeño formato y de temática alegórica o religiosa. Entre los que se exponen en Madrid, destacamos dos: "Jeremías lamentando la destrucción del Templo" y "Simeón en el Templo". En este último, que podemos ver a la izquierda, "el uso de los elementos compositivos y de la luz por parte de Rembrandt para dotar de intensidad a la escena bíblica es magistral", como señala Alejandro Vergara en el catálogo.

El traslado a Amsterdam abre su segunda fase, y supone su encumbramiento como pintor. La fuerza narrativa de Rembrandt adquiere un vigor difícilmente superable, así como un gusto exquisito y primoroso en el tratamiento de los detalles de las lujosas prendas y joyas que lucen sus modelos, demostrando el extraordinario pintor de calidades que fue, aspecto que no siempre suele mencionarse. Pero al mismo tiempo, ese detallismo es capaz de combinarlo con las formas sueltas, borrosas e indefinidas de los fondos, de tal manera que, las figuras parecen emerger de una forma mágica y misteriosa de entre la oscuridad hasta producir la sensación de escapar del marco. Ese es el efecto que producen cuando las admiramos desde una cierta distancia. Quizá una de las obras donde mejor podamos apreciarlo sea en "El banquete de Baltasar" (abajo).




Otra de las obras que llamó mi atención fue un pequeño cuadro titulado "Descanso en la huida a Egipto" (abajo), uno de los escasos paisajes que pintó el holandés (sólo se le conocen ocho), donde el fuego que calienta a la Sagrada Familia parece tener vida propia.




La tercera y última etapa de su producción llega hasta su muerte en 1669. Es aquí donde aprecimos su forma de pintar en plena madurez, con su característica pincelada larga, empastada y con una luz dorada, de efectos insuperables, que evocan la escuela veneciana y confieren a sus cuadros un sabor inconfundible, admirable en la soberbia "Betsabé" del Louvre (abajo), sin duda, una de las más bellas composiciones de toda la producción de Rembrandt.


La muestra se abre y finaliza con dos autorretratos, no podía ser de otra manera en un autor que lo hizo en más de noventa ocasiones . El último, que vemos a la izquierda, "Autorretrato como Zeuxis", es extraordinariamente atractivo por su modernidad y audacia. La pincelada se ha vuelto gruesa, pastosa, espesa, haciendo real aquella broma que suele hacerse acerca de algunos de sus cuadros, de los que se dice que derrochaba tanta pintura que podrían cogerse por la nariz. En él, Rembrandt, ya anciano, aparece pintando y riendo abiertamente, es la imagen de un hombre feliz y satisfecho. No se me ocurre mejor manera de finalizar esta exposición.

La exposición no cierra sus puertas hasta el 6 de enero de 2009, así que todavía queda mucho tiempo por delante, y la ocasión es de las que no deben dejarse escapar. Para recabar información sobre la visita y ver la exposición al completo, puedes entrar en la página del Museo del Prado. En el video que os dejo, podeis asistir a una explicación de la exposición por parte de Alejandro Vergara, uno de los responsables de la exposición y autor de la edición del catálogo.




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