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sábado, 13 de enero de 2018

EL GRECO, "Cristo en la Cruz entre donantes" (1580)

EL GRECO. Cristo en la cruz entre donantes (1580). Museo del Louvre, París
Fotografía: 
http://www.louvre.fr

La Crucifixión que pintó El Greco para una de las capillas del Convento de las Jerónimas, en Toledo, y que hoy se muestra en el Louvre, es una muestra elocuente de la originalidad del pintor cretense a la hora de abordar los temas religiosos. Al pie de la cruz, en lugar de la habitual representación de la Virgen y San Juan, El Greco coloca el retrato de dos personajes contemporáneos suyos, uno de ellos es un religioso que se ha querido identificar como Diego Melgar, la persona que encargó la pintura; el otro, un caballero vestido con traje oscuro, no ha podido identificarse. Tampoco hay paisaje, por lo que prácticamente toda la atención se concentra en la imagen del crucificado entre los dramáticos nubarrones que acompañan muchas de sus composiciones.

La dramática escena, y la peculiar manera de abordarla que tiene El Greco no pasaron inadvertidas para el escritor Ramón J. Sender, que se deshace en elogios sobre este prodigio de tela en un magistral análisis:

"... el Greco ofrece el más elocuente y expresivo de todos los cristos [sic] de la pintura española. Es un cristo dramático y teatral (sin profundidad) como lo es la iglesia española. Es formalista y decorativo, retórico y falso, pero de una inmensa gravedad.

Distinción y eminencia. Parece la última versión presencial y esencial de todos los millares de sermones de Semana Santa dichos en los púlpitos de todas las catedrales españolas desde antes de la invasión sarracena.

Naturalmente, todos esos defectos religiosos se funden y transforman en la mente del Greco para darnos otra de sus obras maestras. Se ha dicho que si suprimimos de la iglesia española el incienso, los cánticos, las casullas, el aparato exterior, las campanas y los estandartes no quedaría nada. Las mismas catedrales podrían pasar a ser gloriosos museos históricos, sin alusiones religiosas. Tal vez es verdad, pero ese cristo del Greco bastaría para producir la fascinación religiosa de la que hablamos. 

Como en sus obras anteriores, y en las que han de seguir, las figuras del cuadro son flotantes. El atlético cuerpo de Jesús no pesa ni cuelga en la cruz. Hay sólo un esbozo de gravidez en la rodilla doblada, pero es más una sugestión de danza que de tragedia. El rostro de Jesús ha conservado, por otra parte, su serenidad sobrenatural y es el de un hombre puro que espera ver a Dios. El fondo es el más borrascoso de todas las crucifixiones conocidas y su dramatismo es eficaz y nos impresiona, al margen del tema religioso y de la cruz. Las dos figuras orantes al pie de la cruz son de un convencionalismo realista, típicamente español y castellano. Ni el cura ni el letrado son hombres de fe religiosa, sino de devoción ritualística y formal. Son, en fin, católicos a quienes les basta obedecer a la iglesia y percibir sus diezmos.

En conjunto, la pintura del Greco nos da, en este Cristo, sólo diferentes gamas, muy atenuadas, de un mismo tono: gradaciones del negro-rojo. Blanco, gris y negro que es la combinación más grave y atrevida relacionadas con distintas insinuaciones de siena (dependiente del rojo y del negro). Viéndolo bien, son los tonos ascéticos de Castilla que parecen escandalizarse con las hidrogenizadas puestas de sol.

DIEGO RODRÍGUEZ DE SILVA Y VELÁZQUEZ. Cristo crucifcado (h. 1632)
Museo del Prado, Madrid. Fotografía: www.museodelprado.es

Una vez más se sorprende uno al comprobar que el Greco no recurre al misterio como Velázquez, cubriendo la cara de Jesús con la cabellera. No quiere que haya otro misterio que el que se produzca con la materialidad del ver, es decir, en los efectos de los rayos luminosos como tales rayos en las retinas nuestras y en el fondo de nuestro cerebro. No quiere que nos apiademos de Jesús ni que sintamos coros de ángeles cantando detrás de su cabellera. No quiere "ideas" religiosas ni profanas. Quiere fascinarnos.

[...] En los objetos religiosos del Greco no hay nunca valores al margen de lo plástico y colorista. Hay, por decirlo simple y llanamente, poesía visual. Los modelos no son venerables en sí y lo que resulta venerable o más bien alucinante es, en el lienzo, la pintura.

Mirando las pinturas del Greco, un joven de imaginación querrá ser pintor, pero nunca fraile. En el Cristo, máxima prueba y tentación, este curioso hecho se repite una vez más y yo diría de un modo más ostensible que nunca. Ante Jesús clavado en la cruz parece imposible que el hombre pueda reprimir una reacción de piedad religiosa. El Greco nos demuestra que si es imposible reprimirla, es muy posible dejarla aflorar en nuestra sensibilidad compensada por la todopoderosa acción de la belleza". 

RAMÓN J. SENDER, Ver o no Ver (Reflexiones sobre la pintura española). Madrid, 1980


jueves, 28 de diciembre de 2017

EL GRECO, "La Sagrada Familia" del Museo de Santa Cruz

EL GRECO. La Sagrada Familia (h. 1595). Museo de Santa Cruz, Toledo
Felicitar por estas fechas a los amigos y a los seguidores de este blog con un poema acompañada de una imagen de alguna obra de arte se está convirtiendo ya en algo tradicional. Para este año hemos elegido una hermosa pintura de El Greco que me produjo una honda impresión hace unas semanas al contemplarla durante una visita al Museo de Santa Cruz, en Toledo. La escena representa La Sagrada Familia (h. 1595), un tema que trató el pintor en diferentes ocasiones a lo largo de su carrera, especialmente en la última década del siglo XVI, cuando su producción se centra en distintos cuadros de devoción.  El tema, por otra parte, fue uno de los que más se benefició de la propaganda católica contrarreformista impulsada por el Concilio de Trento. En esta ocasión, la Sagrada Familia aparece acompañada por Santa Ana y San Juanito.

El Greco, que había llegado a Toledo en 1577, gozaba por entonces ya de una más que merecida fama en la ciudad y estaba en el cénit de su carrera. Los rasgos manieristas de su pintura se manifiestan ya de una forma nítida. Los podemos apreciar tanto en el característico canon alargado como en el uso preciosista del color, en el que se muestra como un consumado especialista.

Como nos tiene acostumbrados, las figuras de la Virgen y Santa Ana adquieren un carácter monumental, ocupando todo el primer plano y llenando la composición casi por completo. Son, sin duda alguna, las grandes protagonistas de la pintura. La Virgen aparece representada con gesto juvenil, dulce y concentrado, con la mirada arrobada sobre el pequeño Niño Jesús dormido y desnudo. Con su brazo derecho rodea los hombros de Santa Ana en un gesto de cariño. La madre de María se inclina sobre Jesús sosteniendo el paño, de un blanco puro y luminoso, en un gesto que no sabemos si destinado a destapar a Jesús o, al contrario, a arroparlo. La riqueza cromática de los rojos, azules, amarillos y blancos, de brillante intensidad, contrastan con los tormentosos cielos cubiertos de oscuras nubes grises que tanto gustaban al cretense, y de los que se vale para conseguir ese punto de dramatismo y misticismo que tanto nos fascina.

Sin embargo, de lo que me gustaría hablar es de los otros dos personajes del cuadro, de aquellos que casi pasan desapercibidos ante la imponente monumentalidad de María y Santa Ana. El primero de ellos, San José, que ocupa un discreto segundo plano y con una escala menor que las figuras femeninas. Es un hombre de aspecto maduro que El Greco trata de un modo naturalista, al punto que pudiera parecer un retrato, y del que incluso se especuló, cuando se descubrió, que pudiera ser un autorretrato del pintor. ¿Cómo que se descubrió? Pues sí, porque lo de parecer oculto no fue una impresión subjetiva sino una realidad literal hasta hace bien poco tiempo.

EL GRECO. Detalle del cuenco de melocotones en La Sagrada Familia (h. 1595). Museo de Santa Cruz, Toledo
El cuadro perteneció al desaparecido Hospital de Santa Ana, situado por la zona del Cobertizo de Doncellas, muy cerca del Monasterio de San Juan de los Reyes. Actualmente sólo se conserva lo que fue su capilla.  De allí el cuadro pasó a la Parroquia de Santa Leocadia. Con los fondos de esta parroquia y los de otras importantes iglesias toledanas como San Román, San Nicolás, la Magdalena y San Pedro, se constituyó en 1929 el Museo Parroquial de San Vicente, que tuvo un destacado papel en la conservación y exhibición del patrimonio artístico de la ciudad hasta el año 1961, cuando cerró sus puertas y los fondos se mudaron al Museo de Santa Cruz, en el majestuoso edificio que fundara como hospital de niños huérfanos y expósitos en los primeros años del siglo XVI el cardenal Pedro González de Mendoza, donde hoy continúa. Durante todo ese tiempo el cuadro se conoció como La Virgen y el Niño Jesús dormido, Santa Ana y San Juan Niño. Ni rastro de José, cuya figura fue modificada en algún momento por alguien que no era el autor y luego recubierto por una capa de pintura, aunque no era invisible del todo y se intuía su presencia. Y así permaneció hasta 1982, cuando el cuadro fue sometido a un delicado proceso de restauración llevado a cabo en los talleres del Museo del Prado, con motivo de la exposición El Greco de Toledo, celebrada aquel año en Madrid y en la propia ciudad castellana. La prensa del momento se hizo eco del hallazgo, destacando que los restauradores tardaron un mes entero en descubrir la cabeza del santo, debido a la habitual delicadeza de este proceso y la dificultad añadida que entraña la restauración de los colores en los cuadros del griego. Lo que no está claro es el motivo del ocultamiento, quizá lo ordenaran las monjas del hospital para dar así mayor relevancia a la Virgen y, especialmente, a Santa Ana, a cuyo amparo se consagró la institución, como se sugiere en alguna información periodística cuando se produjo el descubrimiento; o quizá, como recordó en una ocasión el pintor valenciano José Manaut Viglietti, haciéndose eco de una leyenda que le relató el vigilante del museo de San Vicente, fue debido al deseo de las religiosas de que no hubiera allí representación alguna de varón entre los muros del recinto.

La figura de San José se menciona en los Evangelios canónicos como esposo de María, padre ejemplar y protector de la familia. Durante mucho tiempo, se tomó la costumbre de representarlo como un anciano de barba blanca, como hace todavía el propio Greco en La Sagrada Familia de la National Gallery de Washington. Sin embargo esta manera de hacerlo es inusual en él, El Greco prefiere presentarle generalmente no como un anciano, sino como un hombre de aspecto maduro, pero mucho más joven, conforme a la moda que se había impuesto con la Contrarreforma. Después de Trento su culto conoció un gran impulso, gracias entre otros a los jesuitas, que desarrollaron la idea de que este grupo familiar, compuesto por María, José y el Niño, formaban una Trinidad terrestre que se correspondía con la Trinidad celestial. También contribuyó en gran medida Santa Teresa de Jesús. Es precisamente el eco teresiano el que resuena en La Sagrada Familia del Museo de Santa Cruz, ensalzando al santo como protector de la familia, con su posición discreta pero vigilante de todo cuanto acontece.

MIGUEL ÁNGEL. Madonna del Silencio (1538)
Colección Portland. Harley Gallery, Nottinghamshire
Fotografía: bbc.com
El otro personaje es San Juanito, que aparece representado desnudo y, al igual que San José, a una escala más reducida. Su presencia en las escenas de este tema carece de cualquier base bíblica, y empieza a darse precisamente durante el Renacimiento, en Italia, donde adquirió una gran popularidad a partir del siglo XVI. Se le reconoce fácilmente por el trozo de piel de cordero que cuelga de uno de sus hombros. En su mano derecha lleva un cuenco de vidrio lleno de melocotones, mientras que con el dedo índice de la otra mano sobre los labios nos pide silencio, pero no es sólo un gesto para preservar el sueño infantil. Nos encontramos ante un claro ejemplo de Signum Harpocraticum, un gesto cuyo origen se remonta a las representaciones de Harpócrates en el antiguo Egipto, de ahí su nombre.

Harpócrates, hijo de Isis y Osiris, solía representarse como un joven príncipe, es decir, con aspecto infantil, desnudo, con la cabeza rasurada y una coleta colgando sobre uno de los lados de la cabeza, y llevándose el índice derecho a su boca. Para André Chastel, que escribió un interesante libro cuyo sugerente título es El gesto en el arte, se trata de una poderosa motivación de tipo religioso, a través de la cual “la divinidad se calla para hablar al corazón; si el fiel no guarda silencio, no percibe la lección interior que reemplaza al discurso”.

Del antiguo Egipto, el gesto pasó al mundo romano, que lo tomó como ejemplo de discreción y silencio ante los dioses, como nos cuenta el historiador Plutarco, por eso colocaban al joven dios a la entrada de los templos. El cristianismo hizo suyo también el gesto, y así podemos verlo en diferentes miniaturas medievales, como una invitación al respeto por lo sagrado.

En el contexto del humanismo renacentista, en el que hay que enmarcar la producción artística de El Greco, a ese carácter religioso hay que añadir también una connotación más humana, de carácter familiar, intimista, en el cotidiano gesto de pedir silencio para no despertar al Niño que duerme sobre el regazo de la Virgen. Así lo hizo, por ejemplo, Miguel Ángel en la Madonna del Silencio (1538). En el caso de El Greco, se mantiene ese mismo espíritu, pero también la evocación harpocrática, como puede interpretarse del cuenco de vidrio con melocotones que lleva en la otra mano San Juanito. En la Antigüedad, el melocotón y sus hojas simbolizaban el corazón y la lengua, y en el Renacimiento se adoptó como símbolo de la Verdad, ya que ésta brota de la armonía del corazón y la lengua.

Firma de El Greco en La Sagrada Familia, Museo de Santa Cruz, Toledo

Para terminar, un último detalle, la firma del pintor en el ángulo inferior izquierdo del cuadro. El Greco, como es sabido, acostumbraba a firmar sus obras, y la mayoría de las veces, como aquí, lo hacía simulando un papel que parece pinchado o pegado a diferentes elementos como una piedra, un escalón, un libro, … La firma fue variando a lo largo del tiempo, aunque eso sí, siempre fue en griego. En este caso, el pintor ha firmado “δομενικος τηεοτοκοπυλος ε ποíει”, que puede traducirse como “Domenikos Theotokopoulos me hizo”. El uso del griego no es una simple anécdota o curiosidad, tiene su importancia. En sus comienzos, cuando El Greco llega a Italia, acostumbraba a firmar en letras capitales, acompañando su nombre de su lugar de procedencia, es decir, añadiendo el gentilicio “cretense”. De este modo, El Greco invocaba sus orígenes como una forma de prestigiar su trabajo, dada la fama que gozaban los pintores griegos en Italia en el siglo XV. Baste recordar, por ejemplo, que  pintores italianos como Andrea Mantegna y Sandro Botticelli llegaron a firmar en griego algunas de sus obras.

Conforme fue pasando el tiempo, y su prestigio se consolidaba, suprimió la mención a su patria natal en la firma, de hecho la última obra firmada como cretense fue El martirio de San Mauricio y la legión tebana (1580-82), ya en España, con la que intentó ganar los favores del rey Felipe II. El propio uso del griego constituye en sí mismo, a partir de entonces, una marca de prestigio, bien conservando su apellido original griego, Theotokopoulos o bien helenizándolo aún más si cabe, convirtiéndolo en Theotokopolis.

Bibliografía:

  • Chastel, A. (2004). El Gesto en el arte. Madrid: Siruela.
  • Hall, J. (2003). Diccionario de temas y símbolos artísticos. Madrid: Alianza Editorial
  • López Ortega, M. (2016). El Signum Harpocraticum. Trabajo de Fin de Grado. Universidad de Jaén.
  • Pérez Martín, I. (2002). «El griego de El Greco». En: M. Cortés Arrese, coord., Toledo y Bizancio. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, pp.179-208
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domingo, 17 de mayo de 2009

Algunos ejemplos de la censura en el arte después del Concilio de Trento

MIGUEL ÁNGEL. La creación de Adán, Capilla Sixtina (Roma)




Retomando el tema del Concilio de Trento en el arte, al que nos referíamos hace unos días, la Iglesia tomó la determinación de ejercer un control férreo sobre la producción artística. Para facilitar el trabajo de los censores, en 1570, un teólogo de la Universidad de Lovaina, Johannes Vermeulen, llamado Molanus, escribió un "Tratado de santas imágenes", una especie de guía o manual que recogía la manera correcta de representar a los santos cristianos y al que seguirían otros parecidos. En España, defensora a ultranza de la Reforma Católica o Contrarreforma, el Santo Oficio llegó a designar personas para velar por el cumplimiento de los decretos conciliares en materia de arte. Uno de ellos fue el suegro de Velázquez, el pintor sevillano Francisco Pacheco.

Si algo condenaba el Concilio, por encima de cualquier otra cosa, era el desnudo. Que en pleno corazón de la cristiandad católica, la Capilla Sixtina, se mostrase aquella ingente catarata de desnudos que pintara Miguel Ángel para Julio II, era algo que escandalizaba a los nuevos jerarcas de la fe y, en 1559, todavía vivo Miguel Ángel y cuatro años antes incluso de que el Concilio terminase, el Papa Pablo IV ordenó a Daniel Volterra que pintara unos velos ocultando las desnudeces de algunas imágenes del Juicio Final. Aquella chapuza le valió al pintor que desde entonces fuese conocido como el "braghettonne" (el pone bragas). Pocos años después, otro Papa, Pío V ordenaría repetir la operación a Girolamo da Fano, y un tercero, Clemente VIII, pretendió incluso cubrir las pinturas por completo, lo que finalmente no se hizo.


VERONÉS. Cena en casa de Leví. Academia de Bellas Artes, Venecia

El cuadro de Veronés, "Cena en casa de Leví", originariamente debía llamarse la "Santa Cena", pero la Inquisición encontró motivos para reclamar la atención del pintor, que finalmente cambió el título:

"En 1573, el Veronés compareció en Venecia ante el Santo Oficio, que le reprochó haber introducido en una de sus Santas Cenas personajes indignos de la solemnidad requerida por el tema. "¿Qué significado tiene -se le preguntó- este sirviente que sangra de la nariz? ¿Qué significan estos personajes armados, vestidos al modo de Alemania, y portando una alabarda en la mano?". El pobre artista no sabía qué responder; se asemejaba a un niño que hubiera cometido una falta. "Cuando en un cuadro me sobra un poco de espacio, lo adorno con figuras inventadas". "¿Es que os parece conveniente -reprende el juez implacable- representar en la Cena de Nuestro Señor bufones, alemanes ebrios, enanos y otras necedades?". "No, sin duda" -replica el artista-. "¿Por qué motivo, pues, lo habeis hecho?". "Lo he hecho -responde él- suponiendo que estas gentes se encuentran fuera del lugar en el que se encuentra Nuestro Señor". Los jueces, poco satisfechos con las explicaciones del pintor, concluyen que deberá corregir y enmendar su cuadro a su costa, en un plazo de tres meses".

EMILE MÂLE. El arte religioso de la Contrarreforma. Ed. Encuentro, 2001


EL GRECO. El Expolio (1577-79). Catedral de Toledo.


Tampoco El Greco escapó al celo tridentino, y con motivo del encargo del cabildo toledano para "El expolio", una de sus obras maestras, sufrió las reprimendas de los eclesiásticos por introducir en el cuadro, en el ángulo inferior izquierdo, a las tres Marías (la Virgen, María Magdalena y María Cleofás). El motivo del enfado obedecía a que estos personajes no aparecen citados en los evangelios canónicos en aquellos primeros momentos de la Pasión de Cristo, sino en el Calvario. El cabildo consideró ese detalle, y algún otro más, como la muchedumbre de rostros vulgares que rodean a Cristo en la parte superior, al modo bizantino, como "impropiedades que oscurecían la historia y desvalorizaban a Cristo". Cabe sospechar que en la acusación había también un intento de la catedral por rebajar el precio de la tasación del cuadro, lo que llevó a El Greco a entablar uno de sus primeros pleitos.



FRANCISCO DE ZURBARÁN. Santa Casilda de Burgos (1638-42). Museo del Prado, Madrid.


Hasta el siempre prudente y discreto Francisco de Zurbarán, irreprochable pintor de místicas imágenes de monjes y santos, hubo de sufrir los embates de la Inquisición, que censuraba su modo de representar las imágenes de las santas, vestidas con ropas y joyas excesivamente lujosas, lo cual, sin dejar de ser cierto, es uno de los aspectos que más contribuye a realzar el encanto de estas imágenes.

martes, 28 de abril de 2009

El Greco, un pintor singular

EL GRECO. El expolio (1577-79). Sacristía de la Catedral de Toledo.



La pintura española del Renacimiento no alcanza el esplendor de otras zonas de Europa, especialmente Italia, y la mayoría de los pintores del momento (Pedro Berruguete, Juan de Juanes, Alejo Fernández, ...) no resisten la comparación con sus contemporáneos italianos. De este mediocre panorama, rescatamos, no obstante, algunos nombres de indudable calidad, como los magníficos retratistas Sánchez Coello y su discípulo Pantoja de la Cruz, o el gran Luis Morales, apodado como el Divino. Pero la personalidad más descollante de todas es la de un griego, adoptado como español, y cuya figura se proyecta hasta los lugares más importantes de toda la pintura universal, Doménicos Theotocópulos, a quien todos en Toledo llamaron Dominico Greco o simplemente El Greco.

El Greco tenía una personalidad singular, como muy bien observaron los que le trataron, conocieron e, incluso podemos decir, padecieron. Como pintor moderno, en el sentido pleno de la palabra, lo define Martín González, y como tal llega a pleitear con sus poderosos clientes, convencido de que la del artista era una actividad superior, y que no debía pagar impuestos. Convencimiento derivado de su enorme cultura, siempre atento al devenir intelectual de su época.


EL GRECO. Apóstol Santiago el Menor (1610-14). Museo El Greco, Toledo



Nació en Creta, entonces una colonia veneciana, en el año 1541 y murió, setenta y tres años más tarde, en Toledo, ciudad en la que residió desde el año 1579. Su primera formación la realizó en su isla natal, donde se impregnó de la forma de organizar los espacios al modo bizantino, así como de la expresividad de los iconos, que muchos años más tarde continuamos viendo en sus apóstoles.

De Creta pasó a Venecia, donde recibe la influencia más decisiva para la formación de su propio estilo. Es allí donde, en contacto con la pintura veneciana, más con Tintoretto que con Tiziano, su técnica se vuelve libre y suelta; su colorido, rico y suntuoso, de gamas preferentemente frías, de carmines, azules, amarillos y blancos argentados. También allí aprenderá a construir el espacio con esas extrañas distorsiones que le caracterizan.

De Venecia a Roma, en su peregrinar por hacerse un hueco entre los grandes, tan difícil entre tanta competencia. Siempre dispuesto a aprender, es entonces cuando aparecen en sus pinceles las formas alargadas y serpenteantes que deforman los cuerpos y que hacen inconfundibles sus figuras, y donde se pone de manifiesto su clara adhesión al manierismo.


EL GRECO. Martirio de San Mauricio y la legión tebana (1580-82) El Escorial.



De Roma se vino a España. Hay quien dice que el motivo de su salida se debió a las disputas con los seguidores de Miguel Ángel, a quien con sus firmes convicciones y personalidad, no dudaba en criticar. Otros, en cambio, piensan que el motivo de su venida fue hacerse un hueco como pintor de la corte de Felipe II y las obras de El Escorial. Para el rey pintó "El martirio de San Mauricio y la legión tebana", que el rey no lo consideró adecuado para sus fines, lo pagó generosamente y se quedó con él, por lo que habría que poner en duda la afirmación general de que no le gustó. Quizá lo que no le gustó era el emplazamiento y no la obra en sí.

El contratiempo llevó a El Greco a instalarse definitivamente en Toledo, donde convive con doña Jerónima de la Cueva, madre de su único hijo, el también pintor Jorge Manuel. Su estilo se va haciendo cada vez más irreal y más independiente, al mismo tiempo que su fama se va acrecentando, especialmente después de 1586, en que pinta su obra más famosa, "El entierro del señor de Orgaz", con esa tajante separación entre cielo y tierra, expresada no sólo físicamente sino también por medio de la técnica empleada, especialmente en la parte del cielo, con las formas apenas sugeridas, y los ropajes irreales.


EL GRECO. Entierro del señor de Orgaz (1586-88). Iglesia de Sto. Tomé, Toledo


En los últimos años de su vida, El Greco acentuará sus deformaciones y la independencia del color, constituyéndose en uno de los mejores exponentes del manierismo. Hay numerosos ejemplos de ello en esta fase de su producción, especialmente en los lienzos religiosos de gran formato como Bautismo de Cristo, Pentecostés, Anunciación, Calvario, Adoración de los pastores, etc. También por aquellos años pintó la serie de los Apostolados y varios cuadros de San Francisco y otros de la Verónica, temas que repitió en varias ocasiones, y en los que expresa un enorme misticismo.

EL GRECO. Cardenal Fernando Niño de Guevara (1600) Metropolitan Museum, Nueva York



Además de su pintura religiosa, no podemos olvidar en El Greco su extraordinaria producción retratística, donde la influencia veneciana es manifiesta y penetra psicológicamente el carácter del retratado, ya sea un inquisidor como el Cardenal Niño de Guevara, un cardenal, como el Cardenal Tavera, un hombre de letras como fray Hortensio Paravicino, o un caballero como el famoso Caballero de la mano al pecho. E incluso el paisaje, como en su famosa Vista de Toledo.

Para concluir no me resisto a trasladar aquí un par de textos clásicos sobre el pintor toledano, creo que merece la pena recrearnos en ellos, uno de un contemporáneo, el padre fray José de Sigüenza, y otro de un estudioso de principios del siglo XX como M.B. Cossío :

"De un Dominico Greco, que agora vive y haze cosas excelentes en Toledo, quedó aquí [en El Escorial] un quadro de San Mauricio y sus soldados, que le hizo para el propio altar destos santos; no le contentó a Su Magestad (no es mucho) porque contenta a pocos, aunque dizen es de mucho arte, y que su autor sabe mucho, y se vee en cosas excelentes de su mano. En esto hay muchas opiniones y gustos; a mi me parece que esta es la diferencia que hay entre las cosas que están hechas con razón y con arte a las que no lo tienen, que aquellas contentan a todos y estas a algunos; porque el arte no haze más de corresponder con la razón y con la naturaleza, y esta en todas las almas está impresa, y así con todas quadra; lo mal hecho, con algún afeyto o apariencia puede engañar al sentido ignorante, y assi contentan a los pocos considerados e ignorantes. Y tras esto (como decía su manera de hablar nuestro Mudo) los Santos se han de pintar de manera que no quiten la gana de rezar en ellos, antes pongan devoción, pues el principal efecto y fin de su pintura ha de ser esta".

FRAY GERÓNIMO DE SIGÜENZA, Segunda Parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo, Madrid, 1600.


EL GRECO. Vista de Toledo (1608-14) Museo del Greco, Toledo

"Acentúa El Greco vigorosamente desde sus primeros cuadros toledanos el tono "frío", que originariamente le ha sido predilecto, y tuvo el valor de pintar como veía, cuando en todas partes se pintaba con entonaciones "calientes". Abandona la serie de las tintas rojas y doradas, base de la coloración veneciana, y adopta principalmente la serie del azul y el carmín, inundando, a veces, sus obras de los grises cenicientos, que le han de ser cada día más gratos, y que, convertidos luego en argentinos por Velázquez, anticipan uno de los aspectos del arte moderno. Dentro de esta nota general, que es la predominante, hallamos en sus lienzos tonalidades claras, llenas de luz, y frías; violentos contrastes entre las grandes masas de color puro, intenso, audaz, sin moderaciones convencionales, hasta crudo, y las medias tintas delicadas, aunque siempre igualmente intensas y luminosas; predilección por el carmín y el violeta, tanto en los paños como al tratar la transparencia del desnudo, sobre todo en las partes blandas: orejas, labios y párpados; influjo de unos colores en otros por aproximaciones y reflejos; luces frías también y pálidas, pero arrojadas con vigor y siempre buscando otros efectos más ricos y más modernos que los consagrados en los moldes clásicos"

MANUEL BARTOLOMÉ COSSÍO, "El Greco". Madrid, 1908

Por último, nada mejor que una buena colección de videos del Greco, para hacernos una idea más exacta de lo que expresaban estos autores.

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