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sábado, 2 de junio de 2018

Delacroix en Cádiz

En su incansable labor investigadora, el profesor D. Juan Antonio Vila Martínez ha identificado correctamente como un patio gaditano, una acuarela que el pintor francés Eugène Delacroix pintó durante su estancia en Cádiz en 1832, y que hasta el momento se tenía catalogada erróneamente como un patio marroquí.  Aprovechamos para darle las gracias por haber elegido Línea Serpentinata para dar a conocer esta investigación.


DELACROIX EN CÁDIZ


Juan Antonio Vila Martínez
Dr. en Historia por la UCA

Uno de los elementos urbanísticos más definitorio del paisaje urbano de  la ciudad de Cádiz son las torres miradores. Parece que comenzaron a construirse en el siglo XVII como complemento tolerado en las azoteas de las casas burguesas gaditanas para servir de vigía del trasiego de barcos en el amplio horizonte atlántico. Su máximo crecimiento coincidió con el amplio avance de edificaciones que provoca el monopolio comercial con América especialmente a partir del paso de la Casa de la Contratación desde Sevilla a Cádiz en 1717. Su final se sitúa en las Ordenanzas Municipales de 1792 que las prohíbe considerándolas "parte inútil de los edificios destinada al entretenimiento y la curiosidad y no a la comodidad y uso de las casas”  y que además “producen varios perjuicios al público, pues quitan la luz y la ventilación; hacen sombrías las calles; maltratan y sobrecargan los edificios y son terribles sus ruinas en los temblores de tierra, y otros tristes acontecimientos a que está expuesta esta ciudad”. 

La maqueta de la ciudad construida pocos años antes de la prohibición nos muestra hasta 160 ejemplares estando censadas en la actualidad todavía 133 en pie. Mayoritariamente se encuentran en la parte norte y oriental de la ciudad. A pesar de su singularidad no disponen de ningún tipo de protección patrimonial específico detectándose muchas en un estado deficiente de conservación. 

En 1832 visitó la ciudad Eugène Delacroix. Después de participar en una legación diplomática con el sultán de Marruecos parte de Tánger el 10 de mayo para realizar una visita al sur de España. El desembarco en el puerto gaditano se dilata hasta el 17 de mayo por encontrarse la ciudad en cuarentena debido a una epidemia de cólera. Por suerte el pintor galo realizaba metódicamente en sus diarios comentarios sobre sus viajes y sabemos que se hospedó en un Albergue Francés situado cerca de la Plaza de San Francisco.  

E. DELACROIX, Una plaza en Cádiz (1832). Acuarela, 20 x 30 cm
Museo de Grenoble

Dos elementos impresionaron al pintor: de una parte la luz y el color del cielo gaditano que completó con la fascinación por las torres miradores. La estancia en la ciudad fue breve pues junto a sus acompañantes partieron hacia Sevilla con el deseo de conocer también la obra de Murillo. En Cádiz pintó al menos dos pequeñas acuarelas de 20 x 30 centímetros aproximadamente que conservó hasta su muerte acaecida en 1863. El destino hizo que ambas quedasen incorporadas en un amplio lote de sus producciones que fueron subastadas en 1864. Los autores del catálogo realizaron en ambas una transgresión geográfica que durante siglo y medio ocultaron su origen gaditano. La primera quedó titulada como "Une rue à Seville" y fue adquirida por el pintor Alfred Bellet du Poisat que en en 1883 la donó al Museo de Grenoble modificando su título por "Place à Seville”. Entre los años 2011 y 2012 estuvo expuesta en Madrid y Barcelona como "Vista de una ciudad". En 2016 los hermanos Alonso de la Sierra en el catálogo de la exposición del Museo de Cádiz "Museo y Convento" que conmemoraba el 450 aniversario de la Cofradía de la Vera Cruz incluyeron la obra que por fin ubicaba correctamente la obra dentro de la Plaza de San Francisco de Cádiz. En la actualidad y hasta mediados de junio de 2018 el Museo de Grenoble incluye la obra en la exposición de "Delacroix a Gauguin" que se abrió en abril pasado ya con el título de " Une Place à Cadix".  


Plaza de San Francisco de Cádiz en la actualidad

Valerie Legier, conservadora Jefe del Museo de Grenoble, en el catálogo de ésta exposición además de certificar que se trata de la plaza gaditana nos señala la utilización de una doble perspectiva que realiza Delacroix para la composición. Como se observa permite cambiar la posición de la pared donde se encuentra la portada barroca de la derecha para poder ubicar en el fondo la silueta de los edificios que se sitúan al fondo de la segunda parte rectangular de la Plaza. 

La curiosa confusión de esta obra me llevó a buscar otras obras realizadas ese mismo año por Delacroix. Además de los cuadernos realizados en su viaje por Marruecos encuentro una imagen que me resulta familiar por la presencia de torres miradores pero que queda titulada como “Intérieur de Cour au Maroc”. Curiosamente también estuvo expuesta en España en el año 2000 en el Museo Thyssen de Madrid. En su ficha histórica aparecía como obra integrante del catálogo arriba mencionado de 1864 bajo el título "Etude d´architecture moresque".  

E. DELACROIX, Interior de un patio en Cádiz (1832). 
[Identificada erróneamente hasta la fecha como Interior de un patio en Marruecos
Acuarela 21,5 x 27,5 cm. Colección particular


La acuarela de tamaño muy semejante a la anterior (21.5 x 27,5 cms.) fue adquirida en las últimas décadas del siglo XX por el galerista judío polaco Jan Krugier que fue liberado por las tropas aliadas del campo de concentración de Auschwitz y que fue marchante artístico de Marina Picasso, la nieta del pintor malagueño. Conocedor del mercado del arte europeo pasó de galerista a coleccionista comprando un conjunto de obras que quedaron custodiadas en una Fundación en la ciudad suiza de Ginebra. La intuición me llevaba claramente a señalar que esta obra también era gaditana. Juan Alonso de la Sierra, recientemente jubilado de la dirección del Museo Provincial de Cádiz, que la había visto en Madrid también era de la misma opinión. ¿Pero dónde?.
    
Vista aérea actual del emplazamiento de la finca en la calle Beato Diego de Cádiz. Google Maps

En un trabajo casi detectivesco, el "Aubergue Française" que mencionaba en su diario debía estar cercano a la Iglesia de San Francisco. Con ayuda de los vecinos de la Plaza de San Francisco, que me permiten subir a sus azoteas, encuentro esa torre de la izquierda de la composición que no se observa desde la calle pero que se alza majestuosa como un minarete en medio de la manzana formada por la Plaza y la calle San Francisco, Beato Diego y Rafael de la Viesca. Como se puede demostrar con la foto que he sacado de Google Maps el patio debe corresponderse con el que se observa en la parte más baja que coincide con San Francisco número 6. Pero ¿dónde está la torre mirador de la derecha?. Por mucho que busco la estructura rectangular blanca con lineas de pintura almagra no aparece. Si encuentro una cubierta rectangular de parecido tamaño cubierto por uralita en la parte superior de la llamada "Casa del Pirata" que también se ve en la foto cenital de arriba en la parte derecha en color gris. 

Aspecto actual de la torre mirador

Buscamos información y efectivamente la "Casa del Pirata" de la calle Beato Diego fue ampliamente transformada varias décadas después de que fuese pintada por Delacroix y parece que la torre garita fue desmochada, como se puede observar en la foto que obtengo desde un punto de vista muy semejante al de la composición del pintor. Con la complicidad de los vecinos de la finca queda confirmada que la obra se realizó desde este lugar.  

Más concretamente desde el segundo piso pero como se puede ver desde esta posición el patio ha sido ampliamente transformado y la elevación del pretil de la azotea nos impide ver las pequeñas ventanas dos en una cara y una en la más frontal a la posición del artista que ahora quedan ocultas por el pretil. Las ventanas como se observan en la parte frontal han sido ampliadas y en la parte derecha se ha ocupado la parte descubierta que aparece en la acuarela con una valla de madera para cubrirse formando una habitación con galería acristalada. También puede observarse en la foto una escalera metálica que permite el acceso a la azotea.  

Aspecto actual de las torres y el patio
Ya que los vecinos me permitieron el paso, subí a la azotea para realizar desde la parte superior del tercer piso unas fotografías de la esbelta torre de la izquierda, por desgracia claramente abandonada, y a la derecha la desmochada torre de la “Casa del Pirata” por lo que conocemos también en un estado de evidente deterioro. Cualquier ciudad del mundo si tuviese estas construcciones probablemente las tendrían en mayor consideración, por ahora nos queda la divulgación para su conocimiento. 

Delacroix nos permite a través de esta obra conocer una de la treintena de torres desaparecidas en la ciudad. Valerie Legier nos señala igualmente que el análisis del cuadro de la Plaza de San Francisco sufrió una exposición elevada al sol que oscureció la pintura que debió tener un colorido muy semejante al observado en la composición del patio. No sería descabellado pedir que algún día ambas acuarelas sean expuestas conjuntamente en el cercano Museo de Cádiz, antes tendríamos que encontrar la del Patio de la Calle San Francisco número 6. Jan Krugier, su antiguo propietario falleció en 2008 y gran parte de su colección fue subastada en 2013. Aunque estamos siguiendo su pista no conocemos quién es su actual propietario. 

BIBLIOGRAFÍA 
  • Delacroix, Eugenè: Viaje a Marruecos y Andalucía, Palma de Mallorca, José J. Olañeta (editor), 2012 
  • De la Sierra Fernández, Juan Alonso: Las Torres Miradores de Cádiz, Cádiz, Caja de Ahorros, 1985. 

Juan Antonio Vila Martínez. Profesor de Historia. Cádiz.

jueves, 12 de agosto de 2010

Goya en Cádiz

FRANCISCO DE GOYA. Autorretrato en el taller (1790). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid (Fot. Web Gallery of Art)


Durante el siglo XVIII, Cádiz terminó por convertirse en una de las ciudades más importantes y prósperas, no sólo de España sino también de Europa. El origen de esta riqueza hay que buscarlo en el tráfico comercial marítimo con las tierras del Nuevo Mundo, del que Cádiz participó desde el primer momento. De su puerto salió Colón en su segundo viaje, y en el cuarto también tocaría la flota las aguas de Cádiz. Desde entonces, los contactos entre ambas orillas del Atlántico serán constantes y profundos a lo largo de los siglos, definiendo su personalidad y su historia, hasta hoy.

Aunque la exclusividad del comercio indiano la tenía Sevilla, el protagonismo de Cádiz creció de modo imparable durante los siglos de la Edad Moderna, y culminó con el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz en el año 1717, una medida que venía a dar carácter de oficialidad a lo que de hecho venía ocurriendo desde hacía bastante tiempo.

Es ahora cuando la ciudad adquiere ante el resto de España y de Europa la imagen que la identifica como bulliciosa, alegre, plena de vida y movimiento. Su población alcanza los setenta mil habitantes, muchos de ellos españoles de diferentes regiones, además de una nutrida e importante colonia de extranjeros, integrada por franceses en su mayoría, pero también genoveses, irlandeses, flamencos, alemanes, suecos, ... Son estos los que conforman el grupo más genuino de su variopinta sociedad, la burguesía de negocios, tan escasa en España y tan abundante en Cádiz.

Los visitantes que llegan a la bahía, sobre todo los extranjeros, se sorprenden con una ciudad cosmopolita y culta, que a finales del siglo tenía más de veinte librerías, las mejor surtidas de España en libros extranjeros. Su caserío muestra magníficos edificios como la Aduana (hoy sede de la Diputación Provincial), el Hospicio, el Hospital de Mujeres, la Casa de las Viudas, la Casa de las Cuatro Torres, los cuarteles de San Carlos y la Bomba, la propia catedral y esa pequeña joya que es el Oratorio de la Santa Cueva.

Ningún edificio, probablemente, refleje mejor el esplendor de la ciudad que ese Oratorio, capaz de reunir en torno a él a dos de los genios más deslumbrantes de la época, el compositor Joseph Hadyn, que compuso por encargo de la Hermandad de la Santa Cueva "Las Siete Últimas Palabras de Cristo en la Cruz", y el pintor Francisco de Goya, a quien se encargó la decoración pictórica del templo.

Esta es la ciudad que encuentra Goya cuando recala en Cádiz por primera vez a finales de 1792. Aquel año, siendo ya miembro de la Academia, Goya sale precipitadamente de Madrid para Sevilla, sin desvelar sus motivos ni comunicar sus intenciones a la Academia, como era preceptivo en estos casos. Resulta cuanto menos sugerente pensar que su salida estuvo directamente relacionado con los sucesos políticos acaecidos en la corte y la relación del pintor con los círculos ilustrados.

Los sucesos revolucionarios de Francia unos años antes causaron el pánico en Carlos IV, que puso de inmediato freno a las reformas ilustradas llevadas a cabo por su padre Carlos III. La segunda consecuencia fue el alejamiento de Madrid de los políticos que las habían impulsado: Jovellanos es confinado en Gijón, Cabarrús en Valencia, los condes de Gálvez en Zaragoza, Ceán Bermúdez en Sevilla, ... Goya se ha quedado sin sus poderosos protectores en la corte. Para Jeannine Baticle no hay duda, no es que el pintor se vaya, sino que afirma que "en noviembre de 1792 Goya huye a Andalucía" y advierte que aunque no hay pruebas, si indicios suficientes para sospechar que Goya estaba mezclado en la intentona de salvar a Luis XVI de la guillotina en esa misma fecha, en la que participaron sus buenos amigos Cabarrús y la marquesa de Santa Cruz.


FRANCISCO DE GOYA. Retrato de Sebastián Martínez (1792). Metropolitan Museum of Art, Nueva York. (Fot. de Web Gallery of Art)


Tras encontrarse en Sevilla con su amigo Ceán Bermúdez, Goya cae enfermo de gravedad. Aunque se barajan una larga lista de diagnósticos como la intoxicación por el plomo de las pinturas (encefalopatía saturnina), sífilis, esquizofrenia, trombosis, síndrome de Vogt-Koyanagi-Harada, síndrome de Menière, malaria, etc., desconocemos qué padeció realmente.

Alarmado por el estado de salud de su amigo, Ceán toma la decisión de enviarlo a Cádiz, donde unos años antes se había creado el primer Colegio de Medicina y Cirugía de España, y donde impartían sus conocimientos algunas de las eminencias de la época, como el catalán Francisco Canivell y el italiano José Salvarezza. Aunque lograron salvarle la vida, no pudieron, sin embargo, evitar la sordera que ya le acompañaría de por vida.

En esta primera visita a Cádiz Goya se instaló en la casa de su amigo Sebastián Martínez, un comerciante riojano afincado en la ciudad que vivía en el número 69 de la calle de don Carlos (hoy Sacramento). En el espléndido retrato que Goya hizo de él le representa como lo que era, el prototipo de burgués culto e ilustrado. Aficionado al arte y a la literatura, poseía una importante biblioteca y una colección de más de trescientos cuadros, con obras de Tiziano, Guido Reni, Zurbarán, Murillo y Alonso Cano, entre otros, además de un importante número de estampas y grabados.

Poco a poco Goya mejora de sus dolencias, y en marzo de 1793 Martínez escribe a Zapater, el más íntimo amigo de Goya, que "los ruidos en la cabeza y la sordera no han mejorado, pero su vista está mucho mejor y no sufre los desórdenes que le hacían perder el equilibrio". El pintor regresará a la Corte en breve.

FRANCISCO DE GOYA. La Duquesa de Alba peinándose (1796). Álbum A o Cuaderno pequeño de Sanlúcar, Biblioteca Nacional de Madrid. (Fot. de wikipedia)


La segunda visita de Goya a Cádiz tendrá lugar en 1796 y hay que enmarcarlo en los tan comentados amoríos entre el pintor y María del Pilar Teresa Cayetana de Silva, 13ª duquesa de Alba. La fama del pintor entre los círculos aristocráticos madrileños llamó la atención de los duques de Alba y contrataron un encargo. La duquesa, según los testimonios de la época, era una mujer divertida, poco amante de las convenciones, bella y atractiva. Jean-Marie-Jerôme Fleuriot de Langle, un viajero francés de paso por España, fascinado por la duquesa escribe que "no tiene un sólo cabello que no inspire deseo". Goya la pintaría de cuerpo entero en dos ocasiones, el primer retrato es de 1795 y está en la colección de la Casa de Alba en el Palacio de Liria en Madrid, el segundo es de 1797 y se conserva en la Hispanic Society de Nueva York.



Cuando en junio de 1796 fallece José Alvarez de Toledo, duque de Alba, Goya se encuentra en Sevilla. Cayetana se refugia a pasar el luto por su marido en una de sus propiedades en Sanlúcar de Barrameda, y allí la visitará Goya, quien dibuja por esas fechas el llamado Álbum de Sanlúcar, en el que aparecen diferentes dibujos de la duquesa  en ambientes relajados y de cierta intimidad. 

Son esa visita y estos dibujos sobre todo, los que sustentan las especulaciones sobre una relación amorosa entre Goya y Cayetana, que no hacen sino aumentar con el tiempo a lo largo de todo el siglo XIX y después en el XX. Tampoco son ajenas a su difusión la literatura y el cine, siempre en busca de una buena historia romántica. En la mayor parte de los libros y biografías que pueden leerse de Goya, se dan como cosa segura y apenas se cuestiona. Recientemente, Manuela Marqués y G. Mühle-Maurer han cuestionado seriamente la naturaleza de esa relación, calificando el supuesto amorío como una vulgar leyenda y afirmando que "no existe indicio alguno contemporáneo de esa relación, sino por el contrario, testimonios seguros del amor de la dama a su marido" (M. Mena, Catálogo de la exposición Colección Casa de Alba, 2009)


Es probable que tengan razón pero no tendría nada de particular tampoco que Goya, que rozaba la cincuentena, se sintiera fuertemente atraído por la joven aristócrata de treinta y tres años y terminara enamorándose de ella. Es significativo que el segundo retrato de Cayetana, hoy en la Hispanic Society de Nueva York, estuviera en poder del pintor hasta su muerte, y que nunca quisiera desprenderse de él.


 TORCUATO BENJUMEDA. Capilla alta del Oratorio de la Santa Cueva, Cádiz (1796). (Fot. de Dick and Jane Travel)


Durante la estancia en Sanlúcar, según nos cuenta Moratín, Goya vuelve a enfermar y decide acercarse a Cádiz para ser atendido por los mismos médicos que ya lo habían hecho unos años antes. Probablemente fue ahora cuando el Marqués de Valdeiñigo, a través de Sebastián Martínez, hizo a Goya el encargo de unas pinturas para la Santa Cueva que había hecho construir a los arquitectos Torcuato Cayón y Torcuato Benjumeda.


Las pinturas de Goya para la Santa Cueva de Cádiz vienen a sumarse a las escasas aportaciones del aragonés al arte religioso, y menos conocidas que otras intervenciones suyas en espacios religiosos San Antonio de la Florida, la Cartuja del Aula Dei, el Convento de Santa Ana de Valladolid, la iglesia de San Francisco el Grande o la capilla de San Francisco de Borja en Valencia. De hecho, en algunas publicaciones importantes sobre el pintor como la cronología elaborada por Gary Tinterow para la exposición "Goya y el espíritu de la Ilustración" de 1988, ni siquiera se las menciona. 


El traslado de las pinturas a Madrid en 1999, con motivo de su restauración por los especialistas del Museo del Prado, fue una extraordinaria oportunidad para dar a conocer fuera de Cádiz estos magníficos lienzos y una ocasión única para ver de cerca las pinturas, que permitieron a muchos disfrutar de unas "obras mayores de Goya, de factura maravillosamente suelta, bellas centímetro a centímetro, y exponentes de su versatilidad y genio artístico", como recogía Elena Vozmediano en su crónica para El Cultural, en abril de 2000.

FRANCISCO DE GOYA. La Santa Cena (1796) Santa Cueva, Cádiz (Fot. de albTotxo)


El conjunto está formado por cinco óleos sobre lienzo con forma de semicírculo, cuatro de ellos encajados bajo los arcos, y uno sobre la sobrepuerta. En ellos se desarrolla un programa iconográfico centrado en la Eucaristía que complementa el resto del templo. Tres de esas pinturas: La Santa Cena, La multiplicación de los panes y los peces y La parábola de la boda del hijo del rey, son obras de Goya. Las otras dos, La recogida del maná y Las bodas de Caná, las pintaron respectivamente José Camarón y Zacarías Velázquez, dos de los discípulos del maestro.

Los hermanos Juan y Alonso de la Sierra encuentran en estas pinturas la pervivencia de las formas rococó y neoclásicas por lo que se refiere al colorido, pero la composición y la técnica abocetada, ponen ya de manifiesto la modernidad de Goya. Hay quien habla incluso de técnica impresionista, como Isabel Claver Cabrero (Goya en la Santa Cueva, en Goya y la Santa Cueva. 250 aniversario del nacimiento de Goya, 200 aniversario de la inauguración de la Santa Cueva. Cádiz 1997)

En La Santa Cena Goya dispone a los apóstoles sentados unos y semitendidos otros, en torno a una mesa baja, que por momentos parece recordar a un triclinium romano. Para esta composición poco habitual, debió inspirarse en Poussin o quizá en grabados antiguos españoles de Prado y Villalpando, o quizá flamencos .

FRANCISCO DE GOYA. La multiplicación de los panes y los peces (1796) Santa Cueva, Cádiz (Fot. de albTotxo)


En la escena que narra el milagro bíblico de la multiplicación de los panes y los peces, escribe Isabel Claver:

"Goya humaniza y actualiza la escena, mezclando indumentarias reales y convencionales. Cristo ocupa el centro del cuadro, marcando una línea vertical que se conjuga en una acertada composición con líneas horizontales,señaladas por los panes apoyadas en el lienzo blanco, brazos que muestran la bandeja de los peces, otras manos que cruzan, el brazo de Cristo ...


Las figuras, muy realistas, están ejecutadas con pincelada vigorosa, algo más ajustada en los protagonistas del milagro, más libre en las figuras de la muchedumbre tumultuosa al fondo del cuadro. Esta "multitud sin rostro" tan goyesca nos recuerda otras multitudes en El motín de Esquilache de 1770, en la maravillosa Pradera de San Isidro de 1778, las masas de espectadores de algunas de sus escenas taurinas, etc. En la pintura de Cádiz la multitud está magistralmente trazada a base de manchas de todos los colores entre las que destaca con radiantes pinceladas el color blanco. Son manchas que se superponen, se unen, se separan y consiguen crear esa sensación indudable de multitud viva y humana".

FRANCISCO DE GOYA. La parábola de la boda del hijo del rey (1796) Santa Cueva, Cádiz (Fot. de albTotxo)


En La Parábola de la boda del hijo del rey, se inspira en un pasaje del evangelio de Mateo, en el que se expulsa a un comensal del banquete por no ir vestido de manera apropiada. Goya se vale de una gran teatralidad para representar el episodio. Probablemente es el que tiene un mayor eco del romanticismo y debió ser el último de los tres en pintarse, considerando la soltura de la pincelada.

Sin duda, estos meses de verano son una buena oportunidad para acercarse a Cádiz y conocer, los que todavía no han tenido la oportunidad de hacerlo, este magnífico edificio y las pinturas de Goya.

viernes, 14 de agosto de 2009

COSTUS, dos gaditanos en la movida madrileña

COSTUS. Lola Flores y Yul Brinner (1979). Decoración del bar "La Vía Láctea", Madrid.



El 20 de noviembre de 1975 la televisión y la radio anunciaron al mundo la muerte del general Francisco Franco, el dictador que rigió con mano de hierro una de las dictaduras más largas y feroces, surgida casi cuarenta años antes de una guerra civil que él mismo inició. Casi desde ese mismo instante empezaron a producirse una serie de cambios profundos en España, no sólo políticos, sino también sociales y culturales, tan importantes como los primeros.

Un papel destacado en aquellas transformaciones estaba destinado a ser protagonizado por los jóvenes españoles, que mostraron unas ganas irrefrenables de dejar atrás aquella España triste y gris en la que habían crecido, legado de la dictadura. Se mostraron ansiosos por disfrutar de una libertad hasta entonces vedada, y que no sólo pretendía ser política, sino también individual. Como suele ocurrir siempre que se sale de un tiempo de represión, el ansia de libertad lleva a cometer excesos, y fueron muchos los que se cometieron, por las ganas de probar todo lo prohibido, por desconocimiento, por impaciencia y por otras muchas más razones. Hoy sería impensable escuchar a un político gritar enardecido ante una multitud de jóvenes "¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque... y al loro!", como hizo Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid, en 1984, que le convirtió en un referente para la juventud de la época, y al que llamaban el viejo profesor.

La manera de vestir de aquellos jóvenes, desenfadada y desafiante, les hizo caer, como reconocía Radio Futura, enamorados de la moda juvenil; su forma de divertirse al calor del amor en un bar, como proclamaban Gabinete Caligari, hizo que estos locales fueran punto de reunión y de experimentación, convirtiéndose algunos en lugares de culto, como ocurrió con La Vía Láctea en Madrid; gritaban a quien quisiera oirles, y a quien no también, como en la canción de Alaska y Los Pegamoides, que ni tú ni nadie puede cambiarme. Una música diferente, alegre y colorista, puso himno a todas estas inquietudes y sirven hoy como banda sonora de aquellos años, para algunos mágicos y dorados.


ENRIQUE COSTUS. Carmen Sevilla (1978). De la serie "Arquitecturas nacionales y otros monumentos".



Esos anhelos de cambio y modernidad se tradujeron en un auténtico fenómeno de cultura alternativa o movimiento contracultural, que tuvo en dos ciudades españolas, Vigo y Madrid, sus dos centros más activos. En Madrid, el movimiento se conoció como la movida madrileña o nueva ola madrileña, y algunos de sus iconos más reconocibles, fueron el director de cine Pedro Almodóvar, la cantante Alaska, la periodista Paloma Chamorro y un larguísimo etcétera que cubre casi todas las manifestaciones culturales y artísticas, y no sólo las musicales como algunos pudieran pensar.

Entre los artistas más sugerentes de la movida madrileña, y figuras importantes de la misma, está COSTUS, nombre bajo el que se cobijaron los artistas gaditanos, Enrique Naya y Juan Carrero, auténticos maestros del pop-art español. Enrique Naya nació en Cádiz y Juan Carrero en Palma de Mallorca, se conocieron en Cádiz, donde ambos vivían y estudiaban en la Escuela de Artes y Oficios, y allí iniciaron una amistad y un amor que duró hasta la muerte prematura en 1989, primero de Enrique, víctima del sida, y un mes más tarde de Juan, por suicidio. Es fácil comprender lo pequeña y asfixiante que podía ser la ciudad para la forma de vida y las inquietudes que empezaron a mostrar los jóvenes artistas. En 1975, el mismo año de la muerte del dictador, se trasladaron a Madrid, para finalizar sus estudios de Artes y Oficios.


ENRIQUE COSTUS. Carmen Polo viuda de Franco (1978). De la serie "Paso Trascendental: del Diez Minutos al HOLA".


Su casa de Madrid, en el número 14 de la calle de La Palma, en el barrio de Malasaña, se convirtió casi de inmediato en el epicentro de la movida madrileña, y sería bautizada, con la mordacidad acostumbrada por el escritor Francisco Umbral, como la "Casa-convento de las estrellas descarriadas". Todos los que fueron alguien en aquel movimiento pasaron por la casa, y en ella se rodaron muchas escenas de la primera película de Pedro Almodóvar, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), auténtico documento cinematográfico de la movida, en la que también aparecen los propios pintores.

Al principio, la carrera de ambos se desarrolló en solitario. El primero en exponer fue Enrique Naya, que lo hizo en la Casa de la Juventud de Cádiz en 1975, con una peculiar visión de la cultura americana, a la que llamó "Made in USA. Visión de Yankilandia desde Cádiz". Tres años después, ya en Madrid, realizó "Arquitecturas nacionales y otros monumentos", su segunda exposición, con retratos de las grandes folklóricas españolas como Estrellita Castro, Carmen Sevilla, ..., motivo de escándalo público por lo que fue clausurada el primer día, y vuelta a abrir casi de inmediato. Por su parte, Juan Carrero, también en 1978 presentó en El Puerto de Santa María su primera colección de trabajos, bajo el sugestivo nombre de "Escenas de la España cañí".


COSTUS. Marina 3 (1980). De la serie "La marina te llama".


Su trabajo conjunto no comenzó realmente hasta 1979, cuando recibieron el encargo de decorar un local llamado a convertirse en todo un símbolo, el bar La Vía Láctea. Debido al gran tamaño de los murales deciden afrontarlos juntos, y fue ahí donde nació COSTUS, aunque el nombre no se adoptó como firma hasta 1981, con la exposición "El chochonismo ilustrado". Desde entonces su obra conjunta se firma como COSTUS y la individual como Enrique Costus y Juan Costus.

Será ahora cuando realizan algunos de sus trabajos más personales y maduros, como "La marina te llama" (1980), "Valle de los Caídos" (1980-87) y "La Andalucía de Séneca" (1985-89). En la primera de ellas homenajean a las famosas muñecas gitanas de Marín, que tantos y tantos salones y televisores coronaron en la España de los 60 y los 70.

En la segunda, el homenaje es a la propia ciudad de Madrid, a través de un monumento que siempre se había visto como una exaltación del franquismo, y que ellos entienden como un conjunto arquitectónico-escultórico, producto de un pasado del que ya no se puede renegar y que expresan unos valores universales de los que se apropia el franquismo. Ofrecen una peculiar y personal visión del monumento y de sus símbolos, pleno de ironía y sátira, que no debió ser bien recibido precisamente entre los sectores más rancios de la sociedad española: arcángeles seductores con vaqueros ajustados y cremalleras a medio abrir, vírgenes con medias rojas y estética punk, etc.

La tercera, también llamada "Serie Andaluza", es una vuelta a las raíces, Cádiz, Andalucía, ..., quedó incompleta a la muerte de los artistas. En ella vuelven a fundir, como en la anterior, el estilo hiperrealista y el expresionismo, incluyendo la luz mediterránea y paisajes egipcios, tras un viaje a aquel país.

COSTUS. Patria (1986). De la serie "Valle de los Caídos". La cantante Alaska sirve como modelo de la obra.

Su obra combina admirablemente lo contemporáneo y lo clásico. El clasicismo viene dado en muchas de sus obras, y especialmente en las últimas, tanto por la composición, heredada del barroco, como por el tratamiento escultórico de muchas figuras. Y como hicieran muchos de los artistas del pasado, que se atrevían a introducir en sus composiciones religiosas y alegóricas a personajes de su tiempo vestidos a la usanza de la época, tampoco ellos dudan en poner el rostro de cantantes, actrices, amigos, en ellas, y vestirlas con vaqueros y camisas aunque causase extrañeza en su momento. Lo moderno, en cambio, lo proporcionan las ambientaciones espaciales, el colorido alegre y fluorescente, que recuerda a las luces de neón, y el tratamiento irónico, atrevido, satírico, provocador y desenfadado que hacen.

COSTUS. Pareja con arco (1988). De la serie "La Andalucía de Séneca". Museo de Cádiz.


Vista hoy, se aprecia que la obra de Costus recoge como pocas la esencia de lo que fue la movida madrileña. Han pasado algunos años y muchos de los personajes que forman parte de la figuración, entonces conocidos y populares, hoy apenas son recordados, otros, en cambio, se mantienen de plena actualidad. Las pinturas de Costus actuan como un documento que perpetuará sus imágenes, del mismo modo que hoy hemos olvidado quienes fueron aquellos mismos figurantes de las pinturas de Murillo o Caravaggio, por ejemplo, aunque sin embargo, les conocemos por los cuadros de estos pintores.

Podemos decir que el tiempo engrandece, el trabajo de estos gaditanos que se muestra de una gran modernidad. No creo exagerado decir que es de lo mejor del pop-art español, y desprenden una ironía, un sentido del humor, y un atrevimiento difícilmente superables. Su mezcla de pop, kitsch, naif, hiperrealismo, expresionismo y casticismo, fueron un vendaval de aire fresco, un temporal de levante que diríamos en Cádiz. Los más jóvenes quizá no capten lo que había de desafío en estas imágenes, de atreverse a reirse de determinados personajes, de reivindicar determinadas conductas personales, pero los que vivieron aquellos años conocen bien el riesgo que asumían al hacerlo de la forma que lo hicieron.

Para profundizar más en la vida y en la obra de los Costus, os recomiendo que visiteis tanto la página web oficial de Costus, como la de la Fundación Costus, ambas son espléndidas, y de la última de ellas proceden las imágenes utilizadas tanto en la entrada como en la presentación que os dejo aquí abajo.

domingo, 12 de abril de 2009

Imaginería barroca en la Semana Santa de Cádiz

JACINTO PIMENTEL. Cristo de la Humildad y Paciencia, Iglesia de San Agustín (Cádiz) (Fotografía de El Pretorio)


Durante los siglos XVII y XVIII Cádiz adquirió una posición fundamental en la monarquía española. Su condición de cabecera de las flotas de Indias fue clave para el crecimiento urbano y la prosperidad económica que la ciudad experimentó durante aquellos siglos, y que nunca más ha vuelto a recuperar desde entonces.

Esa prosperidad económica, unida al desarrollo de la espiritualidad religiosa y auge de las cofradías que se experimentan por la influencia doctrinal del Concilio de Trento, son algunos de los elementos que nos permiten explicar los importantes encargos artísticos que se van a suceder en la ciudad durante esos años, como en otros puntos de Andalucía.

La mayoría de los escultores que trabajan en Cádiz pueden considerarse en el entorno de la escuela sevillana, que junto con Granada constituyen los dos grandes focos del barroco andaluz. De Sevilla se trasladará a Cádiz un buen grupo de escultores, algunos de manera provisional, como Alonso Martínez o José de Arce, y otros de forma definitiva, como Jacinto Pimentel, por ejemplo. Algunas de las imágenes de estos artistas hemos podido verla durante estos días procesionando por las estrechas calles gaditanas, como lo han venido haciendo desde hace siglos. Vamos a hacer un rápido repaso de esas imágenes elaboradas durante los siglos XVII y XVIII.


JACINTO PIMENTEL. Cristo de la Humildad y Paciencia, Iglesia de San Agustín (Cádiz) (imagen tomada de la web de la cofradía)



El primer domingo de la Semana Santa, desde la iglesia de San Agustín, inicia su desfile una de las mejores imágenes de la escultura barroca gaditana, el Cristo de la Humildad y Paciencia (1638), obra de Jacinto Pimentel. Durante un tiempo fue oficial de Francisco de Ocampo, que a su vez lo fue del gran maestro Martínez Montañés. La imagen, bellísima, fue un encargo para la antigua cofradía que integraba a los vizcaínos residentes en Cádiz. Se representa a Cristo sedente, esperando la crucifixión. La cabeza, apoyada en la mano, subraya el abatimiento que le embarga, ayudado por los signos de la pasión. El estudio anatómico, de gran calidad, sitúa a Pimentel a la altura de los mejores imagineros de su tiempo, aunque no disfrute de ese reconocimiento, probablemente porque son pocas las obras suyas que se han conservado. Una de ellas está en Sevilla, el San Juan Bautista de la iglesia de los Capuchinos, pero originariamente lo labró para el mismo templo gaditano de San Agustín. La duquesa de Osuna lo adquirió en un anticuario y lo donó al templo sevillano. Pero, como veremos, todavía tenemos otra más en Cádiz.


GIUSSEPPE PICANO. Cristo de la Vera-Cruz (1733), Iglesia de San Francisco (fotografía tomada de la web de la cofradía)


En el Lunes Santo son dos las imágenes barrocas que procesionan por las calles gaditanas. Una de ellas es la Virgen de las Penas, de la popular y viñera cofradía de La Palma. La imagen se atribuye tradicionalmente al círculo de Pedro de Mena, aunque resulta difícil de determinar, ya que está bastante retocada por la restauración de Francisco Buiza. Esta imagen procede del antiguo Convento de Capuchinos, de donde se trasladó a la Iglesia de La Palma por los años 40 del pasado siglo.

La segunda imagen del día es el Cristo de la Vera-Cruz, que tiene su sede en la Iglesia de San Francisco. Es una imagen del siglo XVIII, donada en 1733 por D. Juan de Figueroa, que la encargó de Nápoles, donde parece que la labró Giusseppe Picano. En esta época, que corresponde ya al reinado de Carlos III, la influencia italiana se intensifica y se percibe en el gusto por la suavidad y el movimiento de las figuras.

También de procedencia italiana es es el Cristo de la Piedad, que desfila el Martes Santo desde la Iglesia de Santiago. Su autor es el genovés Francisco María Maggio, y se fecha en torno a 1754, aunque la policromía original fue retocada muy poco después de su entrega, por artistas igualmente italianos, Francesco Mortola y Pedro Laboria.


JOSÉ MONTES DE OCA. Ecce-Homo (1730) Iglesia de San Pablo (fotografía tomada de la web de la cofradía)


En la iglesia de San Pablo, se guarda la figura del Ecce-Homo, que procesiona también el Martes. Se considera como una obra segura del escultor José Montes de Oca, hacia 1730, y guarda un gran parecido con otras obras del autor, como el Cristo yacente de la hermandad servita de Sevilla. Aunque también hay quien considera que pudiera ser obra de Francisco de Ocampo, uno de los discípulos de Montañés que trabajó en Cádiz, dadas las similitudes que mantiene con obras suyas.

Ese mismo día igualmente, desfila en procesión el Cristo de la Columna, desde la iglesia de San Antonio. Durante algún tiempo se le atribuyó a Alonso Martínez, pero hoy se sabe con certeza, tras la restauración llevada a cabo en 1996, que es de Jacinto Pimentel, ya que se encontraron su firma y unos documentos en el interior de la figura. Al igual que había hecho en el Cristo de la Humildad y Paciencia, Pimentel vuelve a dotar de un gran sentido del realismo en el sufrimiento de la Pasión. Posteriormente, en el siglo XVIII, se le añadieron ojos de cristal.

Para la cofradía de las Cigarreras, esculpió el toledano Francisco de Villegas en el segundo cuarto del XVII, una imagen de candelero de Nuestro Padre Jesús de la Salud, que procesiona el Miércoles Santo desde el Convento de Santo Domingo. En ella vemos otra vez un Cristo sedente, coronado de espinas y con la caña entre las manos. De este mismo autor es el Cristo del Santo Entierro, que sale de la Iglesia de Santa Cruz o Catedral Vieja, la noche del Viernes Santo. La figura fue un encargo del fundador de la hermandad, Hernando de Pareja, y en el contrato de 1624 se fijó un precio de 1.400 reales por la imagen. En 1865 se le incorporó la urna de plata y cristal con la que actualmente hace su recorrido.

FRANCISCO DE VILLEGAS. Cristo del Santo Entierro (1624) Iglesia de Santa Cruz (fotografía tomada del blog La Manigueta)


Una de las cofradías más austeras de toda la Semana Santa es la de la Capilla de Nuestra Señora de las Angustias, más conocida como el Caminito. El grupo escultórico que toma su salida el Miércoles Santo, representa a Jesús en brazos de María después de bajarlo de la cruz. Realizado a mediados del XVIII, se atribuye al círculo de la familia Roldán, quizá Pedro Roldán, su hijo Marcelino o Diego Roldán y Serrallonga, según la fuente que se consulte.


ANDRÉS DE CASTILLEJOS. Nazareno de Santa María (1596-1602) Iglesia de Santa María (fotografía tomada de la web de la cofradía)



Pocas cofradías despiertan en Cádiz la misma pasión que el Nazareno de Santa María, como prueba la enorme penitencia que lleva y la afluencia de público que se congrega a su paso, especialmente en la salida y recogida en la iglesia de Santa María, el Jueves Santo, en el barrio del mismo nombre. Su autor se descubrió durante una restauración de 1996, y es el casi desconocido Andrés de Castillejos, que debió realizarla entre 1596 y 1602. Una de las características más destacadas de esta imagen de vestir es el pelo natural que se le puso como postizo.

El mismo día que la anterior hace su desfile la hermandad de los Afligidos, desde la parroquia de San Lorenzo. La imagen del Cristo de los Afligidos y de la Virgen de los Desconsuelos, componen uno de los pasos de mayor tamaño de todas cuantas salen y son del artista de origen flamenco Pedro Sterling, y se fechan entre 1726 y 1730. Se trató de un encargo del obispo don Lorenzo de Armengual de la Mota. El misterio representa la cuarta estación del vía crucis, cuando Jesús se encuentra a María en la calle de la Amargura.


ESCUELA GENOVESA o PEDRO STERLING. Virgen de los Dolores, Iglesia de San Lorenzo

A este mismo escultor, atribuyen J. Bernales Ballesteros y F. García de la Concha, la talla de la Virgen de los Dolores, de la misma parroquia que la anterior, perteneciente a la Orden Tercera de Servitas. Otros autores en cambio, hablan de una obra anónima de la escuela genovesa. Esta imagen desfila el Viernes Santo.

Y hemos dejado para el final la que sin duda alguna es la mejor obra de todas cuantas desfilan por las calles de Cádiz en la Semana Santa, el Cristo de la Buena Muerte, de la iglesia de San Agustín. Este crucificado es una de las mejores tallas del barroco andaluz y fue un encargo de los agustinos, de cuya iglesia sale el Viernes Santo. Su destino previsto era presidir la cripta de la iglesia.

Sobre la autoría de la imagen se han barajado diferentes hipótesis como Alonso Cano, Martínez Montañés, José de Arce y Alonso Martínez sin que hasta el momento haya podido determinarse, por lo que hemos de seguir considerándola como obra de autor desconocido, aunque en la web de la cofradía se atribuye al último de los mencionados.


¿ALONSO MARTÍNEZ?. Cristo de la Buena Muerte. Iglesia de San Agustín (fotografía tomada del blog La Manigueta)


La talla, un Cristo de tres clavos, con la cabeza inclinada sobre el hombro derecho y la barba hundida sobre el pecho, resulta de una emotividad sobrecogedora, con la voluminosa corona de espinas clavada sobre la frente y una mirada llena de dolor humano. El paño de pureza, anudado sobre la cintura, permite apreciar un modelado de una calidad excepcional. Pero si impresiona en el interior del templo, su paso por las calles gaditanas supone un momento único en toda la Semana Santa. Las calles totalmente a oscuras, los penitentes de riguroso negro, y el público en un riguroso y estremecedor silencio, sólo roto por el sonido fúnebre de los fagots que acompañan los golpes de horquilla de los cargadores, nos devuelven por un instante a la esencia escenográfica y teatral de la Semana Santa barroca.

La figura del Cristo va acompañada en su desfile de una imagen de la Virgen del Mayor Dolor que, como la mayoría de las de Cádiz, es una imagen de candelero para vestir. También hay dudas sobre el autor de esta talla, fechada en 1761, y encargo del fraile de la comunidad, fray Juan de Ochoa. Para unos se trata de una obra que hay que relacionar con la escuela genovesa, y se han apuntado los nombres de Anton Maria Maragliano y Domenico Giscardi; otros, en cambio, lo relacionan con la escuela levantina, apuntándose en este caso los nombres de los valencianos Ignacio Vergara y Blas Morner.


GANDULFO / J. VACCARO. Calvario, Oratorio de la Santa Cueva (fotografía tomada de Guaykiki)

Para terminar con este repaso, citaremos un grupo escultórico de carácter procesional pero que no desfila en la Semana Santa, el Calvario de la cámara baja del Oratorio de la Santa Cueva, compuesto por una Dolorosa, Crucificado, San Juan Bautista y las dos Marías. Su composición se realiza con diferentes maestros de origen genovés, como Gandulfo y Jácome Vaccaro, a quienes Lorenzo de la Sierra atribuye respectivamente el crucificado y las Marías.

Como habeis tenido ocasión de comprobar, la mayoría de las cofradías disponen de su propia web, en ellas podreis encontrar información sobre las imágenes y otros muchos aspectos relacionados con la Semana Santa gaditana. Además disponeis de varios portales dedicados por entero al mundo de las cofradías, algunos con fotografías e informaciones muy valiosas sobre los aspectos artísticos de las tallas, como el caso de Cádiz Cofrade, La Voz Cofrade o CádizPasión.
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