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domingo, 5 de abril de 2009

PIERO DELLA FRANCESCA, "Historia de la Vera Cruz"

Vista de conjunto del coro de la iglesia de San Francisco, Arezzo





En el año 1416, Baccio di Magio, un rico especiero de la ciudad de Arezzo otorgaba su testamento, y disponía que bajo su patronato, se decoraran con pinturas las paredes del coro de la iglesia de San Francisco, en su ciudad. Un año después falleció pero, sin embargo, su legado testamentario no se llevaría a cabo hasta muchos años más tarde, habiéndose de esperar hasta 1447.

Inicialmente, el encargo recayó en Bicci di Lorenzo, un oscuro y mediocre pintor florentino, elegido por los herederos del patrono. En el momento de su fallecimiento, ocurrido cinco años después, en 1452, el trabajo apenas si había comenzado, y sólo había pintado unas pocas escenas.

Los ojos de los comitentes se vuelven entonces a un compatriota que, formado en Florencia, venía avalado por sus trabajos en las cortes renacentistas de Urbino, para el duque Federico de Montefeltro; de Ferrara, para Lionello d'Este; y de Rímini, para Sigismondo Pandolfo Malatesta. Fue, sin duda, el brillo de tan poderosos señores, el que hizo que Arezzo se fijara en Piero della Francesca para proseguir el trabajo.

Los historiadores no se ponen de acuerdo en quién decidió o eligió el tema representado, quizás los donantes, quizás Bicci di Lorenzo, o bien algún franciscano del convento, o incluso el propio Piero. Tampoco importa demasiado quien tuviera tan feliz ocurrencia. El caso es que Piero della Francesca llevó a cabo allí uno de los monumentos pictóricos más importantes del Renacimiento, donde se narra la historia de la verdadera cruz sobre la que Cristo fue crucificado.



Detalle de la muerte de Adán




Los episodios narrados por Piero se basan en la Leyenda áurea, de Iacopo da Varazze (o Vorágine), obispo de Génova, una obra muy popular y bastante solicitada por las comunidades franciscanas. Piero, no obstante, sabe darle actualidad y nueva vida, ya que "como ocurre siempre en Piero, el acento no cae nunca sobre la historia, sobre la acción, sino sobre una presentación de hechos y personas sacados fuera del fluir del tiempo, eternizados, fijados gracias a la búsqueda de la absoluta perfección de las formas, de la plena concordancia de las relaciones proporcionales y espaciales" (Pierluigi de Vecchi, "La obra pictórica completa de Piero della Francesca").

Suele considerarse que los trabajos de Piero en Arezzo transcurrieron entre 1452 y 1459, año en el que sabemos que ya estaba en Roma para trabajar en los palacios vaticanos. Olvidados durante siglos, los frescos sufrieron graves daños y han sido objeto de restauraciones, tan polémicas como suele ocurrir casi siempre en estos casos.

Siguiendo pues, al obispo genovés, Piero della Francesca relata la historia a través de diferentes secuencias repartidas por los espacios del coro. En la mayoría de estos espacios se representa más de un episodio. En el primero, podemos ver a Adán moribundo, que ordena a su hijo Seth que pida al ángel guardián el óleo de la salvación que se le prometiera cuando fue expulsado del Paraíso. El ángel entrega tres semillas a Seth, que deberá depositar en la boca de su padre muerto. De ellas germinará el árbol del que se sacará la madera donde Jesús será crucificado, y la humanidad salvada.



La reina de Saba adorando el madero y su encuentro con Salomón



En tiempos de Salomón, el árbol fue cortado y su tronco se usó como un improvisado puente para cruzar el río Siloé. Aquí relata Piero la historia siguiente. Cuando la reina de Saba visita en Jerusalén a Salomón, al intentar cruzar el río, repentinamente se arrodilla ante el puente para adorarlo y comunica al rey sabio la revelación que ha tenido, que aquel madero habría de causar la muerte de uno por la cual sería destruído el reino de los judíos.

En la siguiente, Salomón, muy preocupado por esta revelación, ordena retirar el madero y enterrarlo profundamente para que no quede ninguna traza del lugar en que se oculta.

En este punto, Piero introduce un elemento que no aparece en el relato de Iacopo da Vorágine, el de la Anunciación. Los historiadores suelen interpretarlo como el elemento de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: el anuncio de la inevitable muerte del hijo en la cruz.


El sueño de Constantino


La historia da un salto cronológico y nos traslada al imperio de Constantino. La noche antes del decisivo enfrentamiento con Majencio en el Puente Milvio, el emperador sueña que un ángel le muestra sobre el cielo una cruz sobre la que se podía leer la leyenda "con esta señal serás vencedor". Se ha convertido en una de las escenas más conocidas del ciclo, por el empleo de una luz violenta que precede el tenebrismo.

Al día siguiente se libra el combate. Piero representa al emperador marchando al frente de sus tropas, enarbolando una pequeña cruz de marfil en la mano, y al ejército enemigo huyendo en desorden Tíber arriba. El rostro de Constantino parece ser un retrato del emperador bizantino Juan Paleólogo, quizás un recuerdo personal de Piero della Francesca, quien tuvo ocasión de verlo durante su visita a la ciudad de Florencia con motivo del Concilio de 1439, cuando el pintor vivía en la ciudad. Al contemplar el ejército de Constantino, sobre sus caballos y enarbolando las lanzas, resulta imposible no recordar a Paolo Ucello y su Batalla de San Romano, pintado por los mismos años que Piero trabaja en Arezzo. En ellas debió pensar también, dos siglos más tarde, Velázquez en su famoso cuadro de la Rendición de Breda.

La escena que continúa el relato es la del suplicio del hebreo. Piero elige el momento en que Judas, un judío que conoce el lugar dónde se enterró la cruz, es subido desde el pozo en que Santa Elena, la madre del emperador, había ordenado encerrarlo al negarse a revelarlo. El juez le alza por el cabello, y el judío, por fin, confiesa


Hallazgo de la cruz y comprobación de la verdadera cruz


En el lugar indicado por el hebreo se encuentran tres cruces. Siguiendo el relato de la leyenda áurea, Piero nos muestra el momento en que Santa Elena, para averiguar cuál de las tres corresponde a la de Jesús, ordena colocar a un muerto, que casualmente iban a enterrar, sobre cada una de ellas. Al colocarla sobre la última se obra el milagro y resucita. No hay duda, y Santa Elena cae arrodillada ante ella.


La exaltación de la cruz




La historia da un salto hasta el año 615. Según el relato de la Leyenda áurea, el rey persa Cosroes había robado la Cruz incrustándola en su trono, pero el emperador bizantino, Heraclio, lo derrota y le propone su conversión al cristianismo. En la escena podemos ver cómo tras negarse a la conversión, el emperador bizantino ordena la decapitación del persa

En la última pintura que completa el ciclo, Piero escenifica la exaltación de la Cruz. Heraclio la lleva de nuevo a Jerusalén pero, cuando se dispone a entrar en la ciudad a caballo y con gran pompa, un muro de piedra se alza ante él y se lo impide. Un ángel entonces le recuerda con qué humildad había hecho aquella misma entrada Jesús. Piero nos muestra entonces al emperador humilde, despojado de sus insignias imperiales, descalzo e inclinado bajo el peso de la cruz. Sólo entonces le es permitido entrar en la ciudad.

En este grupo de pinturas, la solemnidad característica de Piero della Francesca alcanza, probablemente, sus cotas más elevadas.

En este artículo de Alfredo García podeis ver cómo ha sido tratado el tema de la Vera Cruz en la historia del arte. Y sobre esta misma obra podeis leer también el blog Ars longa, vita brevis una amplia entrada en dos partes. La Banca Etruria, que financió las últimas restauraciones de obras de Piero della Francesca tiene también una página, Progetto Piero della Francesca, donde podeis ver información sobre ellas y también otros aspectos relacionados con la pintura.

Aquí os dejo un pequeño montaje que he preparado sobre este ciclo de pinturas.


miércoles, 25 de marzo de 2009

PIERO DELLA FRANCESCA, monarca de la pintura

PIERO DELLA FRANCESCA. Bautismo de Cristo (1448-1450) National Gallery, Londres


La pintura del Quattrocento florentino está llena de grandes nombres, aunque probablemente ninguno tan grande como el de Piero dei Franceschi, más conocido como Piero della Francesca. Lógicamente primar un artista sobre otro es cuestión de gusto, y debo confesar que, a mí, la pintura de Piero me resulta fascinante, como lo era también para Luca Pacioli, que le calificó como "el soberano de la pintura en nuestros días".

Piero della Francesca nació en Borgo San Sepolcro, localidad toscana casi en los límites con la Umbría, hacia el año 1420. Su padre era zapatero y curtidor. En su localidad natal debió aprender los primeros rudimentos de la pintura, pero cualquier joven de su tiempo que quisiera realmente aprender a pintar, progresar y encontrar una posición en el reñido mundo del arte italiano del siglo XV, sabía que su destino era Florencia., auténtica capital artística del Quattrocento. Allí encontramos a Piero hacia 1439, cuando aún no había alcanzado los 20 años, trabajando con el pintor Domenico Veneziano. Escogió bien al maestro, ya que Domenico, además de un excelente pintor en el manejo del color, era un artista abierto a las novedades de su tiempo, especialmente en el uso de la perspectiva, en la que Piero llegó a ser un consumado especialista, además de teórico. Ambas habilidades, perspectiva y color, influyeron poderosamente en la evolución de su pintura. Pero Florencia, ofrecía mucho más, en sí misma era un museo y un taller, donde admirar y contemplar los trabajos de Giotto, Masaccio, Alberti y tantos otros.


PIERO DELLA FRANCESCA. Retablo de Brera (1472 -74) Pinacoteca di Brera, Milán


Tras su aprendizaje florentino, Piero della Francesca se traslada a Urbino a partir de 1445, gobernada entonces por uno de aquellos tiranos renacentistas, crueles y despiadados por una parte, amantes del arte por la otra. En la corte de Federico de Montefeltro, hará el primer grupo de grandes obras de su producción, como el Políptico de la Virgen de la Misericordia, el Bautismo de Cristo y la Flagelación de Cristo. En estas, sus obras más antiguas, ya vemos las que van a ser con el tiempo las señas de identidad de su pintura. Las figuras están bañadas con una luz clara, diáfana e inmóvil, tan inmóvil como ellas mismas. Esta será una de sus grandes proezas: detener el tiempo en imágenes que parecen congeladas o petrificadas, pero capaces, a la vez, de transmitirnos una monumentalidad y majestuosidad insuperables. Sus figuras solemnes, parecen inaccesibles y distantes, ausentes de sentimientos y es eso lo que nos atrae y fascina de ellas. A propósito de esto escribe Berenson que "sus figuras se conforman con existir. Existen y nada más. No se preocupan de explicar, de justificar su presencia, de despertar la simpatía, el interés del espectador" y, sin embargo, o quizás por eso mismo, ejercen sobre nosotros un magnetismo poderoso que te atrae y atrapa, sin saber muy bien cómo, e incluso son capaces de producir una inmensa emoción en quien las contempla.

Es posible que esos rasgos tan característicos y singulares de las figuras de Piero della Francesca se expliquen por su forma de trabajar. Vasari, en sus célebres Vidas, cuenta que hacía sus figuras de arcilla, que luego tomaba como modelos para sus cuadros, y hasta es probable que creara efectos de luz artificial con una bujía.


PIERO DELLA FRANCESCA. Sueño de Constantino. Frescos de la iglesia de San Francisco (1452- 1460), Arezzo.


Además de Urbino, Piero trabajará en las cortes de otros dos de aquellos tiranos renacentistas, en las de Ferrara y Rímini, gobernadas respectivamente por Lionello d'Este y Sigismondo Pandolfo Malatesta. De allí pasará en 1452 a Arezzo, donde va a llevar a cabo su obra más importante y portentosa, la Historia de la Vera Cruz, pintada sobre las paredes del coro de la iglesia de San Francisco. En ella, narra la historia de la cruz sobre la que fue condenado Jesucristo, desde la muerte de Adán hasta la recuperación de la cruz por el emperador bizantino Heraclio, pasando por diferentes personajes y épocas. Algunos de estos pasajes, como el Sueño de Constantino, son de una importancia excepcional, por lo que tiene de precursor del tenebrismo.

Esta obra gigantesca debió ocuparle durante siete u ocho años. En este período pintó también algunas obras, de las que sólo sobreviven algunas pocas, aunque tan importantes como la Resurrección de Cristo, en el que parece que se autorretrató en la figura del guardián echado hacia atrás.


PIERO DELLA FRANCESCA. Resurrección de Cristo (1463-65). Pinacoteca Comunale de Borgo San Sepolcro


El último grupo de pinturas de Piero lo pintó a partir de 1465. En ellas se interesa especialmente por los efectos de la luz que se impone, poco a poco, como elemento unificador de la visión. A este interés por la luz, hay que añadir también el del uso de la perspectiva. En este punto Vasari, escribe que fue "estudiosísimo del arte y se ejercitó bastante en la perspectiva y tuvo muy buen conocimiento de Euclides y así entendió mejor que ningún geómetra todos los mejores movimientos que se dan en los cuerpos, y las mejores luces que de tal cosa haya son de su mano". Buena prueba de ese interés por la perspectiva y las reglas científicas del arte, en general, las reflejó en sus tratados "De quinque corporibus regularibus" y "De prospectiva pingendi".

Todos esos conocimientos aprendidos, los pone de manifiesto en una de sus obras más populares, el Retablo de Brera o Pala Brera, también llamado Virgen y Santos con Federico de Montefeltro, que vemos más arriba. Otro de los aspectos que hay que destacar de esta última fase de su producción es el interés que pone en el individualismo humanista, en el que deja ver el influjo que ejerce sobre él la pintura flamenca, apreciable en algunos retratos, de un profundo realismo y un delicado interés por el detalle, la anécdota, las joyas y el paisaje, como en el memorable Díptico de los Duques de Urbino.

PIERO DELLA FRANCESCA. Díptico de los Duques de Urbino, Battista Sforza y Federico de Montefeltro (1465-66) Galería Uffizi, Florencia

Los últimos años de la vida del pintor, los pasó en su pueblo natal, Borgo San Sepolcro, y no debieron ser especialmente dichosos si hacemos caso a Vasari, que recoge la idea muy extendida de que quedó ciego y paseaba por sus calles de la mano de un lazarillo. Sin embargo, otros historiadores, como Pierluigi de Vecchi, rechazan esta idea, atendiendo al propio testamento de Piero, otorgado cuando tenía unos 67 años, y en el que señala que "está sano de mente, de intelecto y de cuerpo". Pudo ocurrir, según Vecchi, que no estuviera ciego del todo, sino disminuida su visión, y por eso paseaba de la mano de aquel niño, de nombre Marco di Longaro, que lo relató en un codicilo de 1556 con estas palabras, "cuando era un niño llevaba de la mano al maestro Piero della Francesca, pintor excelente que estaba ciego".

Como todos sabemos, el gusto artístico es cambiante, y el de la crítica también. Algunos historiadores del siglo XIX, como Crowe y Cavalcaselle, se refieren muy desconsideradamente a la pintura de Piero della Francesca, calificando despectivamente sus imágenes como "bloques", lo que no deja de ser un ejemplo ilustrativo de esas modas y gustos que van y vienen, ya que ese aspecto es, precisamente, el que la historiografía actual alaba de su pintura, en la que creen encontrar los precedentes más antiguos del cubismo y de la pintura de Cèzanne.

Para profundizar algo más podeis visitar esta página con la geografía de su pintura, esta otra con una magnífica información sobre los proyectos de restauración de algunas de sus pinturas (en inglés), y como siempre mi admirada e imprescindible Web Gallery of Art para encontrar imágenes de sus obras. Y por último, os dejo aquí un video precioso sobre el pintor que merece la pena ver (en italiano con subtítulos en inglés).


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