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jueves, 6 de febrero de 2020

Don Francisco de Sandoval, el rey sin corona

Llevo un rato sentado en las primeras filas de la capilla, abstraído, en silencio, admirando las soberbias esculturas de bronce sobredorado cuando una voz joven de mujer me devuelve a la realidad. Entra acompañada de  su familia, un padre pendiente en aquel momento de atender algo en su teléfono, y dos pequeños cuyas edades calculo entre los ocho y los diez años. La madre se dirige a ellos para recordarles en voz baja, firme pero cansada, con ese cansancio de quien ha repetido esa letanía una y mil veces: “ya os lo he dicho, no toquéis nada, no corráis”. No parece, sin embargo, muy convencida. Al fondo de la sala deja de oírse repentinamente el susurro de la conversación de las dos vigilantes, sospecho que alertadas por las palabras de la madre.

De repente el niño se para y, señalando con el dedo hacia la figura orante, dice: “¡mamá, mamá, un rey!”. Su hermana se acerca hacia la estatua y le corrige, con ese tono inconfundible de hermana mayor, arrastrando las sílabas: «¡no, no es un rey! ¡no ves que no lleva corona!, ¡y ella tampoco!», añade girándose hacia la escultura de la dama en idéntica postura. La madre se acerca hacia uno de los rótulos de la pared, casi ocultos, y sentencia: «tiene razón tu hermana, no es un rey, son los Duques de Lerma». La niña sonríe satisfecha y el chaval, contrariado, insiste: «¡pues parece un rey!». El resto de la sala no parece despertar su interés y salen enseguida. El padre ni se inmuta, sigue a lo suyo.

POMPEO LEONI. D. Francisco de Sandoval, I Duque de Lerma. Detalle del monumento funerario de los Duques de Lerma, 1601-1608. Museo Nacional de Escultura, Valladolid. Fot. Gonzalo Durán

Sigo toda la escena desde mi lugar, y no puedo evitar dejar escapar una sonrisa al escuchar las últimas palabras. Estoy seguro que D. Francisco de Sandoval y Rojas, I Duque de Lerma, valido del rey Felipe III, al que llamaban el Piadoso, se sentirá orgulloso allí donde esté que como buen creyente que era seguramente será en los infiernos donde arden los pecadores, al comprobar que su monumento funerario causa el efecto deseado. Quizá algún día alguien podrá explicar a estos niños que aquel Duque persiguió dos objetivos a lo largo de su vida, el poder y el enriquecimiento personal y familiar, y que consiguió ambas cosas. Se convirtió en el hombre más poderoso en la España de su tiempo, el auténtico rey aunque sin corona, «segundo sol que alumbra España», llegaron a decir de él; también en uno de los más ricos, y a sus numerosos títulos aristocráticos bien hubiera podido añadir otro, el de Príncipe de la Corrupción, probablemente el más merecido.  Pero bueno, vayamos por partes.

De la incapacidad para el gobierno de Felipe III ya era consciente su padre Felipe II, el Rey Prudente, quien llegó a decir: «Dios, que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos». Y así fue, y de aquello supo aprovecharse el ambicioso D. Francisco de Sandoval y Rojas, que creció en la corte junto al joven príncipe cuando aún se le conocía por el Marqués de Denia, y se ganó su confianza y amistad hasta convertirse en su valido cuando llegó al trono. No fue el primero, pero nunca antes ningún otro había reunido tanto poder. Los historiadores han sido implacables a la hora de juzgar el reinado y los protagonistas. Domínguez Ortiz, por ejemplo, generalmente contenido, no duda en calificar a Felipe III de «soberano inepto»,  para añadir que «debe ser contado como el más inútil y nefasto de los monarcas austríacos». Aficionado al juego y a la caza, para J. Lynch Felipe III es «el rey más vago de la historia de España». Lo mismo puede decirse de Lerma, escribe Tomás y Valiente, ya que si el monarca carecía de ideas, tampoco las tenía el Duque, y si el monarca se había dedicado a la búsqueda de los placeres, nada indicaba que Lerma no hubiese hecho lo mismo. La gravedad de estos juicios no se quedan sólo ahí, en el plano personal, porque aquel comportamiento favoreció y alentó la corrupción hasta niveles inasumibles incluso para los cargos públicos del Antiguo Régimen, que se «aproximaban mucho a esos políticos que en la actualidad no dudaríamos en calificar de “chorizos”», como escribe A. Feros.

POMPEO LEONI. Doña Catalina de la Cerda, I Duquesa de Lerma. Detalle del monumento funerario de los Duques de Lerma, 1601-1608. Museo Nacional de Escultura, Valladolid. Fot. Gonzalo Durán

Estaba tan extendida la corrupción que dio para escribir un libro elocuentemente titulado El arte de furtar, escrito en 1652 por Manuel da Costa, un jesuita portugués, que no se atrevió a publicarlo entonces y hubo de esperarse hasta 1743. Allí hace un repaso de todas las formas de furtar, término que hace extensivo a cualquier comportamiento que moralmente pueda parecerle censurable. Aunque, sin duda, la obra más completa sobre la corrupción y los abusos de poder del Duque de Lerma y el círculo de sus allegados, son las Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España desde 1599 hasta 1614, del cronista Luis Cabrera de Córdoba.

Los beneficios y cargos que obtuvieron Lerma y sus amigos del ejercicio corrupto  del poder darían para llenar varias páginas, apunta Domínguez Ortiz. No disponemos de tanto espacio aquí, así que vamos a referirnos al escándalo más sonado, cuando consiguió convencer al rey en 1601 para que trasladara la corte de Madrid a Valladolid, un auténtico pelotazo especulativo, utilizando un lenguaje actual, hábilmente preparado por el valido. Desde un año antes había empezado a acumular propiedades en la ciudad castellana, a veces forzando a vender a sus propietarios, como pudo ser el caso del palacio del Marqués de Camarasa. Después, con el pretexto de alejar a Felipe III de la influencia de su tía y abuela la emperatriz María de Austria, le convenció para trasladar la capital a Valladolid. El traslado provocó el efecto deseado por el Duque, los precios de solares y viviendas subieron desorbitada y repentinamente, lo que le proporcionó pingües beneficios. Al propio rey le vendió por 186.393 ducados el palacio Camarasa, por el que un año antes había pagado el duque tan sólo 80.000 ducados. Pero la jugada todavía no estaba completa. En Madrid ocurrió todo lo contrario, la salida de la corte supuso una depreciación de la vivienda, y ¿qué hizo el Duque? Exacto, aprovechó para comprar propiedades a precio de saldo; luego negoció con las autoridades madrileñas el retorno de la Corte a la ciudad en 1606, previo pago de 250.000 ducados para la Corona y la correspondiente mordida del Duque; los precios en Madrid volvieron a subir, y el Duque ganó una fortuna. Fue así como se convirtió en el hombre más rico del reino.

A la vez que labraba su fortuna, el Duque construye una imagen iconográfica de exaltación de su persona cada vez más ambiciosa y descarada, apropiándose de la iconografía tradicionalmente reservada a los monarcas hasta conseguir parecer él mismo uno de ellos. Para conseguirlo se valió de los artistas más brillantes del momento. Coincidiendo con la llegada de la corte a Valladolid, convence a Pompeo Leoni para que se traslade allí para labrar las estatuas de su monumento funerario y el de su esposa en la iglesia de San Pablo. El Duque, que no daba puntada sin hilo, no eligió a Leoni únicamente por su extraordinaria capacidad artística, sino porque unos años antes había sido el artífice de las suntuosas efigies de la familia del emperador Carlos para el panteón de El Escorial, cuyo modelo le sirvió de inspiración para hacer ahora estas otras. No pareció importarle los problemas que el milanés había tenido anteriormente con el Santo Oficio, que le encerró un año en un monasterio acusado de ideas luteranas. Claro, que tampoco lo fue para el propio inquisidor general que le encausó, Fernando de Valdés, que terminaría encargándole su propio sepulcro.

PEDRO PABLO RUBENS. Retrato ecuestre del Duque de Lerma, 1603.
Museo del Prado, Madrid. Fot. wikipedia

El resultado es soberbio. Las esculturas están realizadas en bronce sobredorado, lo que ya  constituye en sí mismo una excepcionalidad en la escultura española. Las figuras, de tamaño natural, aparecen devotamente arrodilladas, en actitud orante y grave, confrontadas una a la otra. El trabajo de Leoni y sus colaboradores, entre los que estaba el orfebre Juan de Arfe, es realmente primoroso, resulta admirable el tratamiento de las cabezas, no exentas de idealización, evidente en el caso del Duque ya que evita recordarnos su estrabismo, del que existe constancia documental. Destaca igualmente el tratamiento preciosista de las ricas vestiduras y joyas que portan, elementos que se configuran determinantes para subrayar la importancia de sus personas. El Duque, viste armadura de gala cubierta por el manto ducal forrado de armiños. Dª Catalina de la Cerda, conforme al ilustre abolengo que le correspondía como hija del Duque de Medinaceli no le iba a la zaga y luce igualmente joyas, manto con colas de armiño y un elegante tocado. Son exactamente imágenes a imitación del rey.

Ese mismo año, el Duque se hace retratar por Pantoja de la Cruz, y nuevamente opta por una representación propia de un rey. En esta ocasión el modelo a imitar será el retrato de Felipe II por Tiziano, en el que el italiano se había esforzado especialmente en exaltar la dignidad del aún príncipe, hasta tal punto que se convirtió en el modelo de representación áulica durante el siglo siguiente. En esta ocasión, sin embargo, sí que se aprecia el estrabismo del Duque.

Seguro y confiado de su poder, Lerma da un paso más, y encarga el retrato por el que más se le recuerda. Será también su apuesta más arriesgada, porque hasta entonces el retrato ecuestre, con su capacidad evocadora de la Antigüedad clásica, era un género tradicionalmente reservado para la realeza. En 1603 llega a Madrid Rubens, encabezando una delegación diplomática del Duque de Mantua, a cuyo servicio como pintor de corte se encontraba entonces el pintor flamenco. Su trabajo aún no era muy conocido en España, pero tras ver el retrato que pinta de Felipe III, el Duque de Lerma le encarga el soberbio retrato ecuestre que hoy puede admirarse en El Prado. Las enormes dimensiones del óleo y el punto de vista bajo le hacen parecer, con su armadura de guerrero, un auténtico gigante a lomos de un formidable corcel napolitano. La posición en escorzo es todo un acierto, intensifica la sensación de movimiento. El resultado es espectacular, aunque el pintor se lamentara años después del abuso cromático de azules y platas, y de su pincelada, aún muy dibujada.

Lerma se mantuvo en el poder hasta 1618, cuando los escándalos propios y los de su círculo más cercano, unido a las ambiciones políticas de sus rivales su propio hijo el Duque de Uceda entre ellos, le hicieron caer. Su mano derecha, D. Rodrigo de Calderón terminó ajusticiado en la horca en Madrid, y Lerma evitó su procesamiento cuando consiguió que le hicieran cardenal, beneficiándose así de la inmunidad eclesiástica. Con razón se cantaba por Madrid: «Por no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado». Terminó sus días alejado de la corte, sus rentas y bienes embargadas por orden del Conde-Duque de Olivares, y recluido en sus posesiones de Valladolid y de la villa de Lerma.


Este artículo se publicó en CaoCultura el 25 de mayo de 2018

lunes, 4 de mayo de 2015

PEDRO ROLDÁN: Retablo Mayor del Hospital de la Caridad, Sevilla

SIMÓN DE PINEDA y PEDRO ROLDÁN
Retablo Mayor Hospital de la Caridad, Sevilla
La gran eclosión del barroco sevillano se produce durante la segunda mitad del siglo XVII, a partir del momento en que empieza a sentirse lejano el magisterio ejercido en los años precedentes por Juan Martínez Montañés. Desaparecen los últimos ecos del manierismo y se apodera de las esculturas un realismo más expresivo y dinámico, un mayor efectismo dramático, más acorde si cabe con la teatralidad propia del barroco. En ese ambiente se erige como gran triunfador el sevillano Pedro Roldán, sin duda la gran figura del momento, lo que se entiende fácilmente al admirar algunas de sus obras más afortunadas, como el Retablo Mayor del Hospital de la Caridad de Sevilla. 

Pedro Roldán (1624-1699) nació en Sevilla, aunque su formación como artista la hizo en Granada, en el taller de Alonso de Mena, donde permaneció hasta el fallecimiento de su maestro en 1646. Ese año lo encontramos de vuelta en la ciudad del Guadalquivir, donde pronto empieza a relacionarse con los artistas más importantes de la ciudad, entre los que se encuentran los pintores Juan de Valdés Leal y Bartolomé Esteban Murillo, con los que va a colaborar en el desarrollo del curioso programa iconográfico que les encarga el caballero D. Miguel de Mañara para este hospital sevillano.

PEDRO ROLDÁN. Entierro de Cristo
Hospital de la Caridad, Sevilla
D. Miguel de Mañara era un rico comerciante sevillano, educado en un ambiente caballeresco y despreocupado. La muerte de su esposa en 1661 va a sumirle en una profunda crisis espiritual que le va a llevar a replantearse por completo su vida, y buscar refugio en la religión. Fue ese el motivo que le hizo ingresar en la Hermandad de la Santa Caridad, una antigua institución de la ciudad que se remonta hasta la Edad Media y que se dedicaba a socorrer a los pobres y enterrar a los condenados y ahogados del Guadalquivir, cuyos cuerpos nadie reclamaba. Al poco tiempo le designaron como Hermano Mayor y acometió una reforma profunda de la Hermandad, redactando nuevas reglas y encargando la construcción de la iglesia de San Jorge y el Hospital, para lo que no dudó en recurrir a los artistas más prestigiosos que había en Sevilla. Para la construcción del templo eligió a Pedro Sánchez Falconete, y para las labores de pintura y decoración interior a Murillo, Valdés Leal y Pedro Roldán.

Mañara tuvo desde el principio muy claro el programa iconográfico que deseaba trasladar al interior del templo, y que se sustentaba en tres pilares. El primer mensaje lo encontramos  a los pies de la iglesia, en los dos lienzos de Valdés Leal, In Icti Oculi y Fini Gloriae Mundi, que nos avisan de la fugacidad de la vida y de lo vano que resulta acumular riquezas o glorias en esta vida, en lugar de prepararnos para salvar el alma. A lo largo de la nave, diferentes pinturas de Murillo, de las que sólo queda in situ Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, reflejaban cuáles eran los fines humanitarios de la Hermandad de atender y socorrer a los más desfavorecidos. Este camino que enseñaba a los  hermanos cómo alcanzar el cielo culmina en el monumental retablo, trazado por Simón de Pineda, que preside el altar, sobre el que aparecen repartidas por sus calles diferentes figuras salidas de la mano de Roldán, como San Roque, santo protector de las enfermedades; San Jorge, el santo titular de la iglesia; en el ático las figuras de la Fe, la Esperanza y la Caridad, las tres virtudes teologales; y varias parejas de niños atlantes sosteniendo las columnas que separan las calles y que proporcionan unas gotas de dulzura al sobrecogedor conjunto.

PEDRO ROLDÁN. Entierro de Cristo (detalle). Hospital de la Caridad, Sevilla
El cuerpo central ocupa El entierro de Cristo, de Pedro Roldán, recordando que la misión encomendada a los  hermanos era la de enterrar a los ajusticiados, igual que se hizo con Jesús. La escena es una composición de gran complejidad por los diferentes planos y posturas, pero que Roldán resuelve de manera sobresaliente. A pesar del gran número de figuras, al disponerlas en torno al cuerpo yacente de Cristo, el tema principal se muestra con claridad. En un extremo, José de Arimatea sostiene el cuerpo de Jesús; en el otro, Nicodemus abraza y besa de manera teatral los pies del Maestro. En el centro, la figura de San Juan ayuda a envolver el cuerpo en el sudario. Tras ellos, en un segundo plano, las figuras femeninas de las Tres Marías conteniendo los gestos de dolor. La disposición se corresponde con las reglas de la Hermandad, que establecían que los hermanos debían recoger el cuerpo de los ajusticiados del mismo modo que lo habían hecho los Santos Varones con el de Cristo. Tras estas figuras aún es posible ver otras dos, las de dos sirvientes soportando el peso enorme de la losa que habría de sellar la sepultura y que oculta casi por completo a uno de ellos.

PEDRO ROLDÁN. Entierro de Cristo (detalle). Hospital de la Caridad, Sevilla

El fondo del grupo lo conforma un bajorrelieve con el Monte Calvario, donde aún puede verse la escalera apoyada sobre la cruz de Cristo ya vacía, y a los otros dos condenados sobre sus cruces. Sobre una de ellas un operario sube por otra escalera y se dispone a bajar a uno de los ladrones. La escenografía teatral del conjunto crea la sensación de un espacio más profundo y dilatado, casi al punto de hacerlo parecer real. A ello no fue ajena la excelente policromía que aplicó el propio Valdés Leal.

Todas las esculturas destacan por la calidad del modelado y el sentido del volumen a través de los juegos de claroscuro, especialmente en el tratamiento de los ropajes. Roldán despliega en ellas una gran libertad de formas y, sobre todo, un dinamismo muy expresivo, que captamos no sólo en los escorzos, acusados e incluso forzados en algún momento, sino también en el tratamiento barbas y cabellos movidos por el viento, en los que se perciben las maneras del flamenco José de Arce. Por todo ello no son pocos los que no tienen duda en calificar este retablo como el mejor de todo el barroco español.


BIBLIOGRAFÍA:

  • BERNALES BALLESTEROS, J., GARCÍA DE LA CONCHA, F. (1986): Imagineros andaluces de los Siglos de Oro. Barcelona: Editoriales Andaluzas Unidas
  • FERNÁNDEZ MEDINA, I., Y OTROS (2007): "Retablo Mayor de la Iglesia del Hospital de la Caridad. Investigación e intervención". En PH Boletín del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, 62, pp. 20-43
  • MARTÍN HERNÁNDEZ, F. (1981): Miguel de Mañara. Sevilla: Universidad de Sevilla


domingo, 12 de abril de 2009

Imaginería barroca en la Semana Santa de Cádiz

JACINTO PIMENTEL. Cristo de la Humildad y Paciencia, Iglesia de San Agustín (Cádiz) (Fotografía de El Pretorio)


Durante los siglos XVII y XVIII Cádiz adquirió una posición fundamental en la monarquía española. Su condición de cabecera de las flotas de Indias fue clave para el crecimiento urbano y la prosperidad económica que la ciudad experimentó durante aquellos siglos, y que nunca más ha vuelto a recuperar desde entonces.

Esa prosperidad económica, unida al desarrollo de la espiritualidad religiosa y auge de las cofradías que se experimentan por la influencia doctrinal del Concilio de Trento, son algunos de los elementos que nos permiten explicar los importantes encargos artísticos que se van a suceder en la ciudad durante esos años, como en otros puntos de Andalucía.

La mayoría de los escultores que trabajan en Cádiz pueden considerarse en el entorno de la escuela sevillana, que junto con Granada constituyen los dos grandes focos del barroco andaluz. De Sevilla se trasladará a Cádiz un buen grupo de escultores, algunos de manera provisional, como Alonso Martínez o José de Arce, y otros de forma definitiva, como Jacinto Pimentel, por ejemplo. Algunas de las imágenes de estos artistas hemos podido verla durante estos días procesionando por las estrechas calles gaditanas, como lo han venido haciendo desde hace siglos. Vamos a hacer un rápido repaso de esas imágenes elaboradas durante los siglos XVII y XVIII.


JACINTO PIMENTEL. Cristo de la Humildad y Paciencia, Iglesia de San Agustín (Cádiz) (imagen tomada de la web de la cofradía)



El primer domingo de la Semana Santa, desde la iglesia de San Agustín, inicia su desfile una de las mejores imágenes de la escultura barroca gaditana, el Cristo de la Humildad y Paciencia (1638), obra de Jacinto Pimentel. Durante un tiempo fue oficial de Francisco de Ocampo, que a su vez lo fue del gran maestro Martínez Montañés. La imagen, bellísima, fue un encargo para la antigua cofradía que integraba a los vizcaínos residentes en Cádiz. Se representa a Cristo sedente, esperando la crucifixión. La cabeza, apoyada en la mano, subraya el abatimiento que le embarga, ayudado por los signos de la pasión. El estudio anatómico, de gran calidad, sitúa a Pimentel a la altura de los mejores imagineros de su tiempo, aunque no disfrute de ese reconocimiento, probablemente porque son pocas las obras suyas que se han conservado. Una de ellas está en Sevilla, el San Juan Bautista de la iglesia de los Capuchinos, pero originariamente lo labró para el mismo templo gaditano de San Agustín. La duquesa de Osuna lo adquirió en un anticuario y lo donó al templo sevillano. Pero, como veremos, todavía tenemos otra más en Cádiz.


GIUSSEPPE PICANO. Cristo de la Vera-Cruz (1733), Iglesia de San Francisco (fotografía tomada de la web de la cofradía)


En el Lunes Santo son dos las imágenes barrocas que procesionan por las calles gaditanas. Una de ellas es la Virgen de las Penas, de la popular y viñera cofradía de La Palma. La imagen se atribuye tradicionalmente al círculo de Pedro de Mena, aunque resulta difícil de determinar, ya que está bastante retocada por la restauración de Francisco Buiza. Esta imagen procede del antiguo Convento de Capuchinos, de donde se trasladó a la Iglesia de La Palma por los años 40 del pasado siglo.

La segunda imagen del día es el Cristo de la Vera-Cruz, que tiene su sede en la Iglesia de San Francisco. Es una imagen del siglo XVIII, donada en 1733 por D. Juan de Figueroa, que la encargó de Nápoles, donde parece que la labró Giusseppe Picano. En esta época, que corresponde ya al reinado de Carlos III, la influencia italiana se intensifica y se percibe en el gusto por la suavidad y el movimiento de las figuras.

También de procedencia italiana es es el Cristo de la Piedad, que desfila el Martes Santo desde la Iglesia de Santiago. Su autor es el genovés Francisco María Maggio, y se fecha en torno a 1754, aunque la policromía original fue retocada muy poco después de su entrega, por artistas igualmente italianos, Francesco Mortola y Pedro Laboria.


JOSÉ MONTES DE OCA. Ecce-Homo (1730) Iglesia de San Pablo (fotografía tomada de la web de la cofradía)


En la iglesia de San Pablo, se guarda la figura del Ecce-Homo, que procesiona también el Martes. Se considera como una obra segura del escultor José Montes de Oca, hacia 1730, y guarda un gran parecido con otras obras del autor, como el Cristo yacente de la hermandad servita de Sevilla. Aunque también hay quien considera que pudiera ser obra de Francisco de Ocampo, uno de los discípulos de Montañés que trabajó en Cádiz, dadas las similitudes que mantiene con obras suyas.

Ese mismo día igualmente, desfila en procesión el Cristo de la Columna, desde la iglesia de San Antonio. Durante algún tiempo se le atribuyó a Alonso Martínez, pero hoy se sabe con certeza, tras la restauración llevada a cabo en 1996, que es de Jacinto Pimentel, ya que se encontraron su firma y unos documentos en el interior de la figura. Al igual que había hecho en el Cristo de la Humildad y Paciencia, Pimentel vuelve a dotar de un gran sentido del realismo en el sufrimiento de la Pasión. Posteriormente, en el siglo XVIII, se le añadieron ojos de cristal.

Para la cofradía de las Cigarreras, esculpió el toledano Francisco de Villegas en el segundo cuarto del XVII, una imagen de candelero de Nuestro Padre Jesús de la Salud, que procesiona el Miércoles Santo desde el Convento de Santo Domingo. En ella vemos otra vez un Cristo sedente, coronado de espinas y con la caña entre las manos. De este mismo autor es el Cristo del Santo Entierro, que sale de la Iglesia de Santa Cruz o Catedral Vieja, la noche del Viernes Santo. La figura fue un encargo del fundador de la hermandad, Hernando de Pareja, y en el contrato de 1624 se fijó un precio de 1.400 reales por la imagen. En 1865 se le incorporó la urna de plata y cristal con la que actualmente hace su recorrido.

FRANCISCO DE VILLEGAS. Cristo del Santo Entierro (1624) Iglesia de Santa Cruz (fotografía tomada del blog La Manigueta)


Una de las cofradías más austeras de toda la Semana Santa es la de la Capilla de Nuestra Señora de las Angustias, más conocida como el Caminito. El grupo escultórico que toma su salida el Miércoles Santo, representa a Jesús en brazos de María después de bajarlo de la cruz. Realizado a mediados del XVIII, se atribuye al círculo de la familia Roldán, quizá Pedro Roldán, su hijo Marcelino o Diego Roldán y Serrallonga, según la fuente que se consulte.


ANDRÉS DE CASTILLEJOS. Nazareno de Santa María (1596-1602) Iglesia de Santa María (fotografía tomada de la web de la cofradía)



Pocas cofradías despiertan en Cádiz la misma pasión que el Nazareno de Santa María, como prueba la enorme penitencia que lleva y la afluencia de público que se congrega a su paso, especialmente en la salida y recogida en la iglesia de Santa María, el Jueves Santo, en el barrio del mismo nombre. Su autor se descubrió durante una restauración de 1996, y es el casi desconocido Andrés de Castillejos, que debió realizarla entre 1596 y 1602. Una de las características más destacadas de esta imagen de vestir es el pelo natural que se le puso como postizo.

El mismo día que la anterior hace su desfile la hermandad de los Afligidos, desde la parroquia de San Lorenzo. La imagen del Cristo de los Afligidos y de la Virgen de los Desconsuelos, componen uno de los pasos de mayor tamaño de todas cuantas salen y son del artista de origen flamenco Pedro Sterling, y se fechan entre 1726 y 1730. Se trató de un encargo del obispo don Lorenzo de Armengual de la Mota. El misterio representa la cuarta estación del vía crucis, cuando Jesús se encuentra a María en la calle de la Amargura.


ESCUELA GENOVESA o PEDRO STERLING. Virgen de los Dolores, Iglesia de San Lorenzo

A este mismo escultor, atribuyen J. Bernales Ballesteros y F. García de la Concha, la talla de la Virgen de los Dolores, de la misma parroquia que la anterior, perteneciente a la Orden Tercera de Servitas. Otros autores en cambio, hablan de una obra anónima de la escuela genovesa. Esta imagen desfila el Viernes Santo.

Y hemos dejado para el final la que sin duda alguna es la mejor obra de todas cuantas desfilan por las calles de Cádiz en la Semana Santa, el Cristo de la Buena Muerte, de la iglesia de San Agustín. Este crucificado es una de las mejores tallas del barroco andaluz y fue un encargo de los agustinos, de cuya iglesia sale el Viernes Santo. Su destino previsto era presidir la cripta de la iglesia.

Sobre la autoría de la imagen se han barajado diferentes hipótesis como Alonso Cano, Martínez Montañés, José de Arce y Alonso Martínez sin que hasta el momento haya podido determinarse, por lo que hemos de seguir considerándola como obra de autor desconocido, aunque en la web de la cofradía se atribuye al último de los mencionados.


¿ALONSO MARTÍNEZ?. Cristo de la Buena Muerte. Iglesia de San Agustín (fotografía tomada del blog La Manigueta)


La talla, un Cristo de tres clavos, con la cabeza inclinada sobre el hombro derecho y la barba hundida sobre el pecho, resulta de una emotividad sobrecogedora, con la voluminosa corona de espinas clavada sobre la frente y una mirada llena de dolor humano. El paño de pureza, anudado sobre la cintura, permite apreciar un modelado de una calidad excepcional. Pero si impresiona en el interior del templo, su paso por las calles gaditanas supone un momento único en toda la Semana Santa. Las calles totalmente a oscuras, los penitentes de riguroso negro, y el público en un riguroso y estremecedor silencio, sólo roto por el sonido fúnebre de los fagots que acompañan los golpes de horquilla de los cargadores, nos devuelven por un instante a la esencia escenográfica y teatral de la Semana Santa barroca.

La figura del Cristo va acompañada en su desfile de una imagen de la Virgen del Mayor Dolor que, como la mayoría de las de Cádiz, es una imagen de candelero para vestir. También hay dudas sobre el autor de esta talla, fechada en 1761, y encargo del fraile de la comunidad, fray Juan de Ochoa. Para unos se trata de una obra que hay que relacionar con la escuela genovesa, y se han apuntado los nombres de Anton Maria Maragliano y Domenico Giscardi; otros, en cambio, lo relacionan con la escuela levantina, apuntándose en este caso los nombres de los valencianos Ignacio Vergara y Blas Morner.


GANDULFO / J. VACCARO. Calvario, Oratorio de la Santa Cueva (fotografía tomada de Guaykiki)

Para terminar con este repaso, citaremos un grupo escultórico de carácter procesional pero que no desfila en la Semana Santa, el Calvario de la cámara baja del Oratorio de la Santa Cueva, compuesto por una Dolorosa, Crucificado, San Juan Bautista y las dos Marías. Su composición se realiza con diferentes maestros de origen genovés, como Gandulfo y Jácome Vaccaro, a quienes Lorenzo de la Sierra atribuye respectivamente el crucificado y las Marías.

Como habeis tenido ocasión de comprobar, la mayoría de las cofradías disponen de su propia web, en ellas podreis encontrar información sobre las imágenes y otros muchos aspectos relacionados con la Semana Santa gaditana. Además disponeis de varios portales dedicados por entero al mundo de las cofradías, algunos con fotografías e informaciones muy valiosas sobre los aspectos artísticos de las tallas, como el caso de Cádiz Cofrade, La Voz Cofrade o CádizPasión.

sábado, 11 de octubre de 2008

Alonso Cano, no es oro todo lo que reluce

VELÁZQUEZ. Retrato de Alonso Cano, 1649 (Wellington Museum, Londres)

Hace unos días hablábamos en este blog de la agitada vida del pintor italiano Caravaggio. Pues bien, también en el arte español hemos tenido grandes artistas con una vida personal bastante sospechosa y poco ejemplar. Este es el caso del granadino Alonso Cano, probablemente el más completo de todos los autores del Siglo de Oro: pintor, dibujante, grabador, diseñador, arquitecto, retablista, escultor, ...

La mayor parte de la leyenda biográfica que rodea su figura procede de un libro de 1724 de Antonio Palomino, "El Parnaso Español pintoresco y laureado", donde, como hiciera Vasari, recoge episodios de la vida de algunos de nuestros artistas. El libro fue escrito 58 años después de la muerte de Alonso Cano.

Palomino dejó sentada una imagen de un Alonso Cano tan amigo de la espada como de los pinceles, pendenciero y acosado constantemente por las deudas, que le llevaron a la cárcel, a pesar de las importantes sumas de dinero ganadas a lo largo de su carrera. Un carácter que contasta fuertemente con la dulzura de sus obras.

ALONSO CANO. Inmaculada, Cat. Granada


En 1631, Cano contrajo matrimonio con su segunda esposa, María Magdalena de Uceda, sobrina del también pintor Juan de Uceda, que tan sólo contaba con doce o trece años de edad. En 1638 el matrimonio se traslada a Madrid, quizá motivado por un duelo de Cano con el pintor sevillano Sebastián Llano y Valdés, aunque es un hecho no demostrado.

Unos años después, en 1644, ocurriría el hecho más desgraciado, dramático y oscuro de su biografía, el brutal asesinato de su joven esposa en extrañas circunstancias. El artista fue detenido, acusado de ordenar el asesinato y torturado. No deja de resultar irónico que, dadas las circunstancias, sus torturadores le protegiesen el brazo derecho por su condición de artista. Cuatro días después, al no encontrarse pruebas en su contra, fue liberado y huye a Valencia.

Finalmente, tras un breve regreso a la capital, se instalará en su ciudad natal, Granada, gracias al favor que le dispensaba el monarca Felipe IV. Allí trabajó hasta su muerte. Cano murió en la más absoluta pobreza el 3 de septiembre de 1677 en el número 10 de la granadina calle de Santa Paula.
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