domingo, 2 de octubre de 2011

La iglesia jesuítica de San José, en Lekeitio

Iglesia de San José, Lekeitio (1708-1740). Fachada principal


En el ir y venir propios del verano, he disfrutado de unos días con la compañía de unos amigos entrañables en la hermosa ría de Urdaibai, un triángulo mágico, reserva de la biosfera, cuyos vértices lo componen Bermeo, Guernica y Elantxobe. Fuera de los límites del mismo, pero muy próximo a él, se encuentra la villa de Lekeitio, destino de uno de nuestros paseos.

Al asomarse al puerto de Lekeitio, poblado de embarcaciones de recreo, se aprecia con claridad cómo el turismo se ha convertido en uno de los motores económicos de la población, en detrimento de otros más tradicionales como la pesca, como recuerdan las escasas embarcaciones destinadas a ese uso que comparten el espacio con las primeras.

En el paseo por la ciudad, mis pasos me conducen hacia la iglesia de San José, construída por encargo de la Compañía de Jesús, y cuya fábrica se atiene con bastante fidelidad al modelo de iglesia que la Orden difundió siguiendo el planteado por Vignola en la iglesia del Gesú, en Roma, aunque con unas dimensiones y un interior mucho más austero en la iglesia vizcaína que en la romana.

La presencia de los jesuítas en la villa se remonta a los primeros años del siglo XVIII, cuando Joseph de Mendiola y su esposa María Pérez de Bengolea donan a la Compañía de Jesús los terrenos que ocupaba su residencia, el desaparecido Palacio Mendiola, obra de Lucas de Longa, y otros colindantes al mismo, para la construcción de un colegio y una iglesia.

  

 Iglesia de San José, Lekeitio (1708-1840). Interior

No está claro, sin embargo, quien fue el arquitecto responsable de su construcción. Jaione Velilla Iriondo, aventura la posibilidad que la traza inicial del proyecto fuese obra del mencionado Lucas de Longa, basándose para ello en la amistad que le unía con la familia Mendiola y la gran similitud que encuentra en algunas soluciones arquitectónicas entre esta iglesia y las que Longa empleó en la iglesia del Convento de Santa Clara, de Azkoitia, y en la parroquia de Elgóibar. Ninguna otra prueba parece encontrar, sin embargo, para respaldar esa autoría. Barrio y Madariaga, por su parte, señalan a Martín de Zaldúa, uno de los maestros de Loyola, que hacia 1720 estaba en Lekeitio trabajando en la iglesia de San José, y apuntan la posibilidad que el mismo fuese el responsable de la traza inicial, aunque esta es anterior, ya que las obras comenzaron en 1708. La documentación que se conserva corrobora la intervención en ella de otros maestros de Loyola como Joseph Yturbe, Joseph de Lecuona e Ignacio de Ibero.

En el interior, San José mantiene la disposición habitual de las iglesias jesuíticas, con planta de cruz latina, cabecera recta, una única nave dividida en tres tramos y capillas poco profundas entre contrafuertes. El crucero es semejante en altura y profundidad a las capillas, aunque de mayor longitud. En altura, una tribuna recorre el perímetro de la iglesia.

La cubierta de la nave es una bóveda de cañón con tramos separados por arcos fajones, y en el crucero una cúpula semiesférica que descansa sobre pechinas. La luminosidad del templo y la ausencia de decoración, permiten apreciar la pureza arquitectónica de sus líneas, como escribe Velilla Iriondo.


Iglesia de San José, Lekeitio (1708-1740). Fachada principal, detalle de la puerta

La austeridad del interior encuentra su prolongación en la propia fachada. La escasa ornamentación se concentra en la puerta y en los escudos de las familias Mendiola y Bengolea, que flanquean el propio escudo real.

La fachada se articula en dos cuerpos superpuestos. El principal está configurado por un gran rectángulo enmarcado por pilastras toscanas de orden gigante muy planas, y rematado por un entablamento. En el segundo cuerpo, de menor altura y anchura, se abren tres arcadas. Las laterales acogen el cuerpo de campanas, mientras que la central, actualmente cegada, la ocupa el reloj.

El conjunto se remata con un frontón triangular, con dos jarrones en sus extremos, similares a los que se asientan sobre el primer cuerpo y que marcan la verticalidad del edificio.

Como es sabido, la obediencia de la Compañía de Jesús al Papa, por encima de la que debían a los monarcas, terminaría con la expulsión de los jesuítas de diferentes reinos europeos. En España, el problema se agravó con la sospecha de su participación en el motín de Esquilache, y la orden de expulsión se cursó a través de la Pragmática Sanción de 1767 dictada por Carlos III. La iglesia de San José, de Lekeitio, siguió el mismo destino que el resto de bienes de la orden, fue incautada por la Corona y pasó a ser administrada por una Junta de Temporalidades.

Durante la Guerra de la Independencia la iglesia sirvió de acuartelamiento de las tropas napoleónicas y padeció numerosos daños de los que no se recuperaría hasta bien entrado el siglo XIX, cuando José Javier de Uribarren adquiere el solar de la casa colegio de los jesuítas y emprende la restauración de la iglesia.

B. BARAMENDI, S. BASTERRA, V. LARREA y A. AREIZAGA. Mausoleo de José Javier Uribarren y  Jesusa Aguirrebengoa (1886). Iglesia de San José, Lekeitio.


Uribarren es uno de los vecinos más prominentes de la villa de Lekeitio en el siglo XIX. Emigrado a México, retorna con una gran fortuna a Europa en 1824, y dos años después le vemos instalado en Burdeos y París, donde se dedica a los negocios y a la banca con gran éxito. Es uno de los grandes benefactores de su villa natal, tanto en vida como a su muerte, ya que dejó parte de su gran fortuna para diferentes obras que mejoraron Lekeitio: ampliación del cementerio, construcción del muelle de Lazunarri, traída de las aguas, establecimiento de una Escuela de Náutica, escuelas de niños, niñas y adultos en escuelas nocturnas y dominicales, etc.

Sus restos mortales y los de su esposa descansan en el mausoleo que el ayuntamiento le dedicó en uno de los brazos del crucero de la iglesia de San José. El conjunto fue obra del taller bilbaíno de Bernabé Garamendi y Serafín Basterra, y constituye una buena muestra del naturalismo escultórico del siglo XIX. Las figuras yacentes de los esposos descansan una junto a la otra bajo la figura de un ángel que porta sendas coronas de flores. A un lado del sepulcro la figura de un anciano y al otro la de una niña, sendas representaciones del dolor de las gentes que fueron más favorecidas por la filantropía del matrimonio.
"El conjunto es de lo más singular del momento pues en él se revive un eclecticismo no exento de calidad. Por un lado está el idealismo amanerado del ángel que aguarda en lo alto con las dos coronas. Por otro, el realismo de las filigranas en los ropajes y la cuidada fisonomía de los yacentes obtenida por medio de fotografías. Pero hay que destacar muy especialmente el naturalismo conmovido de las figuras compungidas de ambos lados, que están como sacadas de la percepción de modelos vivos. Una composición asimétrica, en la que reviste de dignidad a ricos y pobres, mayores y niños. Se trata, en definitiva, de una pieza que no sólo concita el sentido religioso, sino que relaciona los individuos menos favorecidos con las clases más pudientes"

Si os ha interesado el tema, podeis conocer más detalles en los trabajos citados de Joane Velilla Iriondo, Gonzalo Duo y Xabier Sáenz de Gorbea.
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