miércoles, 25 de junio de 2008

PAUL CÉZANNE, "La montaña de Santa Victoria",

Esta ha sido otra de las obras a comentar en la opción B de la asignatura de Historia del Arte, en las pruebas de acceso a la universidad, de Andalucía.

El término postimpresionismo lo empleó por primera vez, el pintor y crítico inglés Roger Fry en 1910, es decir, cuando ya habían muerto los tres grandes maestros que solemos agrupar bajo esa denominación: Cézanne, Gauguin y Van Gogh. El término, por tanto, no se refiere a un movimiento o grupo definido de artistas, con unas preocupaciones o presupuestos comunes. En realidad, resultó una denominación cómoda con el tiempo para designar a ese grupo de pintores que, sin tener mucho en común entre ellos, y habiendo pasado por el impresionismo, desarrollaron una trayectoria diferente, propia y personal. De cada una de ellas van a derivar los principales movimientos de vanguardia: Gauguin, anticipa el movimiento "nabi"; Van Gogh, el expresionismo y el fauvismo; y, finalmente, Cézanne, el cubismo.

Paul Cézanne, hijo de un acomodado banquero, se hizo pintor en contra de los deseos de su padre. Sus inicios en el arte fueron desalentadores. Empezó frecuentando el círculo parisino de los impresionistas, gracias a su amistad con Camille Pisarro, y expuso con ellos en alguna ocasión, aunque sin demasiado éxito. Quizás ese fue el motivo por el que su amigo de juventud, el escritor Emile Zola, se inspiró en él para crear el personaje de Claude Lantier, en su novela "La obra". Cézanne se reconoció en aquel pintor fracasado que acaba suicidándose, y nunca perdonó a Zola por ello, rompiendo de por vida su amistad.

Ese hecho coincidió en el tiempo con la muerte de su padre, que le dejó una herencia lo suficientemente grande como para no tener preocupaciones económicas, y su regreso a su ciudad natal en Aix-en-Provence, en el Mediodía francés. En aquel aislamiento, su pintura conoce una extraordinaria evolución, a partir de 1886, y alcanzará un reconocimiento tardío, cuando superaba los cincuenta años. Durante ese tiempo se afirmó lo que se conoce como "periodo constructivo".

Es a esa época a la que pertenecen los numerosos cuadros que pinta de su montaña mágica, Santa Victoria, un motivo que le acompañará durante toda su vida. En esta versión, pintada hacia 1900, y depositada en el museo del Hermitage, en San Petersburgo, Cézanne nos muestra en primer término, un breve camino que se pierde rápidamente en la verde espesura de la vegetación, algo poco habitual en sus paisajes, ya que por lo general anteponen una barrera al espectador, una distancia, invitando más a contemplar que a entrar en la naturaleza. A través de la yuxtaposición de colores cálidos y fríos, en pinceladas amplias, el paisaje se deja reconocer con claridad, así como la forma maciza de la montaña, que domina con su presencia todo el cuadro.

El tema de la montaña suministró a Cézanne la oportunidad de hacer visibles las características de su pintura, y que él mismo expone en una carta escrita a Paul Bernard en 1904: "tratar la naturaleza mediante el cilindro, la esfera y el cono, en perspectiva, de tal manera que cada costado de un objeto o un plano se dirija hacia un punto central. La naturaleza para nosotros, hombres, se presenta más en profundidad que en superficie". Es, sin duda, esta concepción de la imagen, la que más participa del gusto cubista, aunque los cuadros de Cézanne permanezcan alejados de lo que luego será el movimiento cubista.

En conclusión, podemos decir que Cézanne construye con el color los volúmenes, las masas, la luz, la perspectiva y, en definitiva, el espacio. No es el espacio el que estructura, sino el color a través de pinceladas amplias y prismáticas. Todas estas novedades, junto con el cubismo, llevarán a la destrucción completa de la perspectiva renacentista.
Puedes ver otras variaciones del pintor sobre el mismo tema aquí

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